Algunas veces pienso...

Algunas veces pienso...
Fotografía tomada por Gustavo L. Tarchini
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miércoles, 30 de diciembre de 2009

Nuestra cálida amistad

Habitualmente en estas Fiestas vuelven recuerdos de cosas sucedidas hace mucho tiempo. Se piensa en la familia, en los amigos, en los afectos; entonces es que decidí escribir esto, que me nació luego de reencontrarme con un amigo. (Y en él dedico este cuento a todos mis amigos, como regalo del Año Nuevo)

Casi sin pensarlo te encontré.
La vida nos quitó de un mordisco cuarenta años y un soplo de tibio viento sacudió las cosas guardadas en el arcón de los recuerdos, rescatándonos del polvo del olvido.
Volvimos a ser dos adolescentes riendo a carcajadas bajo los frondosos árboles del parque mendocino y nuestra mirada se coloreó de miel con la dulzura de la remembranza, reconociéndonos sin un atisbo melancolía.
Tengo el pelo más largo y algunas arrugas alrededor de los ojos; vos, pequeños hilos de plata que brillan con el ocaso del sol primaveral. En el reencuentro nos apretamos con ternura, nos abrazamos hasta el límite del aliento, caminamos tomados del brazo disfrutando del perfume de las lavandas florecidas.
Ha pasado el tiempo, sin embargo la juventud interior y esta cálida amistad siguen intactas, en plenitud, como antes, como siempre; como si no hubiesen pasado cuarenta años, sino cuarenta segundos.
Aquel día yo debía continuar mi viaje, tú volverías a cumplir con múltiples actividades rutinarias; pero lo habíamos confirmado dentro de nosotros, al contacto de nuestras manos cansadas de sostener amaneceres… La amistad auténtica no envejece y logra resplandecer con el tiempo.

Con todo mi cariño.
Magui Montero

jueves, 9 de abril de 2009

EL YAGUARETÉ

Dedicado a la Lucha por la vida y la defensa de las especies en extinción

No hay frontera, nada dice que es el límite de tres provincias. Los árboles, centenarios vigilantes de la selva, en apretado abrazo enlazan sus ramas, unidos por cientos de cordajes que forman las enredaderas.

Sobre la bóveda vegetal, la luna llena cubre de plata la noche, incrustando su luz como una saeta, en los resquicios que deja la fronda y salpica de lentejuelas los humedales. La quietud, solo es herida de a ratos por el grito de algún pájaro nocturno, el sonido del cascabel de una víbora, o las breves carreras de los ratones.

Una mullida manta de hojarasca, restos de corteza y pastizales, amortigua el sonido de los pasos; aquí está en su mundo, libre y silencioso. El yaguareté, detiene sus movimientos, ha elegido quedarse cubierto por una mata de hojas, cerca del desnivel del terreno. Desde allí puede observar la aguada, donde van a abrevar los animales. El instinto le dice que encontrará sustento adecuado y permanece agazapado esperando a la presa.

Debajo del negro antifaz que ofrece la noche, sus ojos brillan con destellos esmeralda. Nada hace percibir que está vivo, con las orejas enhiestas, el hocico en alto tratando de ventear algún animal que le permita alimentarse.

De pronto, una guasuncha (1) - el cervatillo del monte - se acerca al lugar; mira hacia los lados oteando y se encamina con precaución al charco. El yaguareté aguarda, es la eterna lucha por la subsistencia, no hay odio, no hay perversidad, solo hambre.

Triunfa la sagacidad, y de un solo zarpazo somete al venado. Meticuloso rasga, muerde y traga hasta quedar saciado; toma un poco de agua y queda descansando a un lado de los restos de su pitanza; nuevamente quieto, pero esta vez adormilado, con el apetito satisfecho.

A la luz nocturna se pueden percibir las manchas oscuras en su piel dorada. Es un ejemplar adulto, bien alimentado, el entorno selvático le brinda todo lo necesario para mantenerse. Nunca se acercó al poblado, conoce a los hombres y trata de mantenerse alejado de ellos; solo los vio a la distancia, pero su natural intuición le dicta que es peligroso; es la cautela del que sabe sobrevivir en un medio donde el descuido puede costar la vida.

Pasan las horas, la moneda de plata ha rodado hacia el oeste en el firmamento, está comenzando a amanecer, y con ello, la búsqueda de sustento. De pronto, alza la cabeza, olfatea y se mueve inquieto.

Hay un rumor distinto que hiere el aire. Los pájaros se alzan con chillidos de miedo, siente el golpetear de cientos de patas atropellándose en tumultuosa estampida y un olor diferente. Voces humanas, ruido de maquinarias; los seres humanos, en su afán de lucro, están limpiando terreno, no respetan límites; están hiriendo sin saberlo o a sabiendas, el habitad de este y otros animales. Pero el espontáneo sentido de supervivencia del yaguareté, lo lleva, junto a los que como él, eligieron la senda del que lucha por sobrevivir, a desplazarse más hacia el norte y seguirse procreando.

El yaguareté no está derrotado, es un animal que no puede ser fácilmente vencido. Buscará algún lugar, donde aun el hombre no pudo invadir; jornada a jornada, se internará más en la selva, alejándose de las apetencias humanas, llegará a pozos y vertientes inexploradas… hasta que un humano alcance ese paraje y decida, que la fertilidad de esa tierra es buena para sembrar, o que los árboles de la zona representan un negocio rentable.

El hombre continúa destruyendo. Poco a poco sigue aniquilando la naturaleza e inexorablemente va signando su propio futuro. No lo sospecha, pero está ligando el presente al momento en que comiencen a desaparecer muchas otras especies; porque en su feroz apetito irracional por la riqueza, terminará matándose a si mismo.

(1) guasuncha también conocido como guasuncho ó corzuela

Magui Montero

miércoles, 17 de diciembre de 2008

CUENTO DE NAVIDAD

En el silencio nocturno la mujer permanecía con los ojos abiertos, mirando a sus dos hijos dormir plácidamente. La luz de la luna le permitía observar con claridad sus cuerpitos, durmiendo en el catre, bajo el alero del rancho.
Suspiró mientras pensaba, que faltaba solo un día para la Navidad. Al menos, la venta de la manta tejida en el telar, le había proporcionado el dinero necesario para tener una cena con pan dulce incluido para la Nochebuena; pero los niños no tendrían regalos, aunque nunca los había escuchado quejarse.
Oía de a ratos el ruido de los vehículos que pasaban y frenaban, cuando tomaban la curva, en la ruta cercana y se fue durmiendo, acunada por los sonidos del monte.
Amaneció, los pequeños murmuraban y soltaban risitas de complicidad. Iban y venían corriendo entre los cabritos que jugueteaban con ellos.
-Oye Manuel, quizás el Niño Jesús no nos trae juguetes porque no adornamos nuestra casa.
- Si Alicia, busquemos cómo decorarla, esta noche a las doce nacerá, debemos pensar en algo.
Los hermanitos corrieron al monte, trajeron un gajo de garabato(*) y lo pusieron en el costado de la galería, fijándolo dentro de una lata que llenaron con tierra húmeda y apretaron, para que quedara erguido.
Juntaron flores del campo amarillas, azules, blancas y rojas que fueron incrustando en cada una de las espinas; con restos de lana que su mamá teñía para luego tejer las mantas anudaron frutos de algarroba y mistol que colgaron de las ramas. Un grupo de arañitas se sumo a la fiesta; tejieron su trama hacia uno y otro lado ayudándolos en la decoración.
Al caer la oración el rocío nocturno fue depositando pequeñas gotas en las flores y en la tela de araña; la luz del candil las hacía brillar como cientos de caireles de cristal. Las luciérnagas se posaron sobre las ramas encendiendo y apagando sus linternas formando una visión maravillosa.
Como broche final Alicia y Manuel limpiaron un muñequito, lo envolvieron con trapitos de colores, lo colocaron sobre un puñado de yuyos recién cortados y pusieron arriba la estrella tejida con hojas de chala. (**)
La madre sirvió la cena, mientras su angustia crecía. Los niños jugaron y rieron divertidos; agradecieron a Dios por la dicha de tener un plato de comida y rogaron por aquellos que no podían tenerla.
Los grillos hicieron coro con su cri-cri acompañando las voces infantiles que junto a la mamá entonaron villancicos.
Se acostaron felices, con la ilusión de que el Niño Jesús les dejaría un presente, pues habían vestido de fiesta la casa en honor de su nacimiento.
La madre siguió acomodando platos y cubiertos, mientras los niños dormían plácidamente. Luego se alejó un poco, quería caminar, pensar como les explicaría cuando despertasen, porqué no había regalos.
Sus pasos la llevaron hacia el camino, la claridad nocturna le permitía ver la ruta como una cinta plateada, miró hacia arriba mientras oraba, y miles de estrellitas parpadeantes convirtieron el cielo en un terciopelo cubierto de lentejuelas. Una bella Nochebuena terminaba y se iniciaba la Navidad.
A la vera del camino le llamaron la atención las cajas diseminadas cerca de la curva. Seguramente habían caído de algún vehículo que pasara. Las levantó y volvió en dirección al rancho.
En el firmamento, la Cruz del Sur brillaba, mientras unas lágrimas surcaban el rostro de la mujer. Nítidamente pudo percibir en la cara de la luna, esa imagen del Nacimiento que su madre le enseñara a ver cuando era niña. Sus hijos tendrían regalos de Navidad! El Niño Jesús se los había traído…
La mujer comenzó a cantar suavemente “Noche de Paz, Noche de Amor, todo duerme en derredor…”

Magui Montero
NOTA: Imagen extraída de internet
(*) garabato: especie de arbusto espinoso (**) chala: hojas que recubren el choclo, se usan para hacer artesanías vegetales.

sábado, 25 de octubre de 2008

TIEMPO DE RONDAS (en el Barrio Centenario)


Dedicado a mis amigas de la infancia

Tiempo de juegos y ronda, tiempo sin dolores y sin penas, tiempo de candor e inocencia. Tardes de verano, en que regar la calle de tierra era un rito, para corretear al ponerse el sol, divertirse con “el pisa pisuela”, “las estuatas”, “la pilladita” o “la panadería”. Nuestros padres jóvenes, sentados en las amplias veredas en busca de un respiro a las jornadas agobiantes, mientras se entretenían mirándonos y algunas veces participando en los juegos del “al don pirulero” y “la prenda escondida”.
Fines de semana en la calesita de Don Marcaccio y licuados en “El Rey del Tutti” o paseos a la plaza San Martín, donde unas pocas y muy osadas nos sacábamos los zapatos para mojar los pies en la fuente de la Casa de Gobierno.
Tiempo de faldas almidonadas, muñecas de trapo y moños en el pelo, de excursiones para el campo a comer empanadas en la casa de la “abuela Pura”, del café con leche y tostadas con manteca en casa de “la Chelita”, de las mandarinas jugosas en la casa de “tía Zoila”. De la yapa de maní florcita en el almacén de Don Zarco, de las rodillas con raspones y palmadas en el trasero por llegar cinco minutos después del horario establecido.
Tiempo en que se tenía miedo al “cuco”, al fogonazo de una cámara de fotos de magnesio y al castigo de quedarse sin postre, si cruzábamos la calle Rivadavia, o nos metíamos a jugar en la acequia de avenida Belgrano.
Tiempos de dar vueltas un ratito cada una en la bicicleta, compartiendo lo que solo una de nosotras tenía, porque así era más lindo. De ver el pesebre reflejado en la luna –porque ahí estaba Diosito- o un eclipse tras una radiografía vieja –sino te quedarás ciega-.
Tiempos de salir corriendo para no llegar tarde a la escuela del barrio, quedarnos en la cama calentita un día de invierno y disfrutar cuando escuchábamos cantar “Aurora” en la escuela Centenario.
Tiempos de inexistencia tecnológica, nada de Juegos cibernéticos, DVD, ni Compact Disc ¿Cómo hubiesen hecho para tenernos sentadas más de diez minutos? Éramos un grupo de ardillas inquietas que escuchábamos música en la radio o los tocadiscos.
¿Hamburguesas? Nunca hubiésemos cambiado los tallarines amasados con el espeso y aromado tuco que comíamos los domingos, en las largas mesas familiares, por semejante cosa extraña.
¡Ah! Si tan solo pudiese mágicamente regresar al tiempo de puertas sin llave, de racimos de uvas cortadas en el parral de las casas y tomar nuevamente la mano de mis amigas, todas de mejillas rojas y sonrisa ancha, para hacer la ronda allí, justo en la esquina, debajo de la vieja tala y cantar de nuevo… juguemos en el bosque mientras el lobo no está!!


Magui Montero

NOTA: Imagen extraida de internet

sábado, 18 de octubre de 2008

MADRAZA

En el Día de la Madre dedicado a una amiga y a todas las madres solteras

¡¡Eras tan niña!! Dieciséis años descubriendo sensaciones de mujer. Delgada, espigada, de pechos incipientes, carita dulce y un lunar pequeño en el pómulo que ponía mayor belleza en tu rostro. Alguien dijo que tenías el cuerpo ideal para modelar, y así fue… Quienes te conocíamos, soñábamos con que nuestra amiga, la pequeña muñequita pudiese lograrlo. No sabías de la ferocidad del mundo, pero bebías los vientos a raudales, deseabas volar y el barrio ya era poca cosa… Querías ser una estrella, de esas que juntas mirábamos parpadear en las noches de verano. Y los hombres! Ah los hombres, que estaban al acecho, e intuían tu inocencia disfrazada, bajo la apariencia de mujer mundana. Uno de ellos, - después nos contaste – te decía palabras bellas al oído, susurraba que eras “su princesa”, que te haría su mujer, que eras lo más hermoso que conociera… y te rendiste.
Al paso de los meses, un día, que aun tengo muy presente, buscaste refugio en nosotras, las que seguíamos aferradas al barrio, a las cosas simples, y aun no sabíamos mucho de la vida; te vimos llorar y nos confesaste temblando que esperabas un bebé. La familia no te había dado muchas opciones…
Elegiste lo que gritaba tu corazón, porque por dentro seguías siendo la colegiala de rodillas lastimadas; solo que está vez la herida estaba en el centro del pecho. Decidiste irte…, ser madre, a costa de alejarte de familia, compañeras de colegio y amigas de la infancia. Pero nunca sospechaste que esas lágrimas amargas que derramabas, se convertirían en perlas de felicidad y orgullo al paso de los años.
Te levantaste con toda la estatura de los valientes, y seguiste adelante, con tu orgulloso vientre apuntando al futuro. Respondiendo preguntas mirando a los ojos de quienes te inquirían - ¿te casaste?
- No, no me casé, pero espero un hijo y es solo mío.
Y continuaste… terminaste la secundaria con el guardapolvo desprendido, pues el cuerpo delgado se te había llenado de redondeces, por un hijo que crecía en tus entrañas. La escuela nocturna tampoco fue un estigma, trabajabas duramente en las mañanas forjando un futuro para ese pimpollito por la que serías responsable el resto de tu vida.
Renunciaste a ser mujer, para ser un proyecto de madre, con más hombría que algunos que se las daban de “machos”. Forjaste un hogar siendo padre y madre al mismo tiempo de esa bella hija producto de tu empecinada tozudez por defender la vida. La pequeña niña fue haciéndose mujer; tan mujer como su madre, sin que le faltara ni cariño ni contención.
Y tú??... Seguiste creciendo, si es que se podía más, la dama admirable en que te convertiste, aun pudo mucho… dio cobijo y abrió sus brazos a quienes la hicieron a un lado, tuvo espacio para todos. Sí, tenías mucho amor para dar, tu corazón no había envejecido, ni se había amortiguado, trabajaste duro; te abriste camino, desafiante y rebelde.
Hasta que conociste un hombre bueno, que te dio respeto, amor y el lugar que siempre debiste tener, lo que merecías, como ser maravilloso.
Hoy eres feliz, completa, íntegra!! En mis recuerdos, guardaré siempre el ejemplo que dejaste: niña, mujer, MADRAZA!!
Magui Montero
NOTA: La imagen fue extraída de internet

martes, 14 de octubre de 2008

CONFESIÓN

Autor: Enrique Santos Discépolo
Intérpretes: Andrés Calamaro - Enrique Bunbury


Década del 30, la pequeña adolescente de blondos cabellos y ojos turquesa, cumplía con su rito. Como todas las tardes puntualmente, a las 17,00 abría el balcón del comedor y se paraba allí. Sueño de adolescencia, a la hora que las comadres tomaban mate con bollitos dulces,
Esperaba ver al moreno que cortésmente se tocaba el borde del sombrero, cuando pasaba por la vereda del frente y le dedicaba una sonrisa.
Así corrieron los meses, mientras la niña aguardaba al joven de sonrisa seductora, hasta que llegara la ansiada fiesta; el acontecimiento social de gala al que anualmente concurrían las niñas de sociedad, acompañadas por sus padres. Los jóvenes aprovechaban la oportunidad para bailar y elegir a la mujer que al paso del tiempo podría llegar a ser su esposa, si contaba con la aprobación familiar.
Josefina preparó para la fiesta un vestido de celeste intenso que hacia resaltar su piel rosada, los ojos parecían brillar más aun, cepilló el cabello arreglándolo con una sencilla cinta de raso y lo dejó caer suelto sobre la espalda, finalmente se perfumó con agua de azahar. Sonreía cuando partió junto al grupo familiar rumbo al evento. Subió las escaleras del salón, teniendo especial cuidado de no pisar el borde del vestido y arruinarlo. Estaba nerviosa, era su primera fiesta, había venido preparándose durante mucho tiempo; con ayuda de los hermanos aprendió en la intimidad del hogar unos pasos de vals y tango que la ayudarían a salir airosa de la prueba.
El salón parecía una colmena por su actividad, la orquesta en vivo interpretaba música selecta y las mesas estaban repletas de comidas sabrosas.
Josefina sintió una mirada posada en ella. Desde la distancia los ojos del joven moreno la observaban con intensidad. Se inició el momento del baile, un hermano la tomó de la mano, conduciéndola hacia la pista, bailaron por un rato y volvieron a sentarse. Su madre la reprendió afectuosamente –Niña, un poco más de recato! La gente comentará, al ver tanta sonrisa…
Pocos minutos más tarde se acercó el dueño de sus sueños y con respeto se dirigió a su madre –Disculpe señora, sería tan amable de permitirme bailar con Josefina? La dama sonrió forzadamente y respondió: sí caballero, pero solo dos piezas, es demasiado joven aun para bailar tanto.
La orquesta interpretó dos tangos. Mientras la tenía enlazada por el talle, le susurró: Josefina, me gustas mucho, estás hermosa. La muchacha sintió que el rubor cubría su rostro, no respondió, las rodillas le temblaban. Volvieron a la mesa, dijo muchas gracias y se sentó.
Su hermana mayor se veía enojada, y ella no sabía el motivo. ¿Acaso se había comportado imprudentemente? No lo creía, pero el resto de la noche habló poco hasta la hora de regresar.
El domingo, como todas las tardes, se dirigió presurosa al balcón, pero la detuvo la voz del padre a sus espaldas. ¡No quiero que vuelvas a estar en el balcón! Anoche me dijeron que te miraba en el baile ese “negro”, que se atrevió a bailar contigo. No permitiré que mi hija se enrede con un criollo, menos aun porque es de familia pobre. Debes pensar en buscar el hombre adecuado, un gringo que te haga feliz y te brinde todo lo que corresponde.
Josefina bajó la cabeza, se retiró a la habitación, esforzándose por contener el llanto.
Pasó el tiempo, los hermanos se fueron casando, ella continuaba sus días en la vieja casona, aprendió a cocinar y ser anfitriona en reuniones familiares, cuando sus padres ya no estuvieron. Todos la oían cantar muy bajito algunos tangos mientras diligentemente hacía las tareas de la casa. Había dos que eran sus preferidos “el pañuelito blanco” y “confesión”.
Cierta tarde, cuando yo era pequeña, tía Pepita se encontraba jugando con nosotros en el jardín. Un distinguido señor de cabellos blancos se acercó a la reja y le dijo, hola Josefina, estás tan hermosa como siempre, que sigas bien. Mi tía temblaba, ruborizada, los ojos claros cubiertos de lágrimas pugnando por salir, quedó mirándolo en silencio; mientras el caballero se tocaba el ala del sombrero como saludo y se alejaba.
Ella siguió soltera, rodeada del afecto de sus sobrinos, cocinando manjares sabrosos y prodigándose en mimos. Recuerdo haberla escuchado cantar esos dos tangos hasta que el día en que murió anciana, aun bella en su dignidad.

Magui Montero
Nota: Dedicado con todo mi cariño a mi tía Pepita.

domingo, 12 de octubre de 2008

VACACIONES PARA HELENA

Helena había empezado precozmente a tomar responsabilidades demasiado grandes… y estaba harta. Su vida estuvo enmarcada en una sucesión de hechos que fortuitamente o no, la hicieron arrogarse obligaciones muy joven, apenas concluida su carrera.
El prematuro retiro del padre por efectos de la enfermedad coronaria, hizo que tomara para sí el titánico esfuerzo de llevar adelante la compañía, con toda la obstinación que le permitía su carácter, impulsada por el ejemplo del tesón paterno, para dar a la familia lo mejor.
Es cierto que vivía confortablemente. Los negocios, les permitían realizar distintas actividades sin presiones económicas. Los hermanos menores continuaron yendo a la universidad, luego dedicaron el tiempo a corretear chicas y divertirse; sus padres iban a eventos sociales o recorrían paisajes. Helena había optado por comprar un confortable piso, a pocas cuadras de la empresa, para tener su propio espacio, no pasar largo tiempo conduciendo en la autopista por las mañanas, o al término de la jornada; pero ya era una mujer adulta, percibió que estaba renunciando a mucho.
Hacía algunas semanas que se reuniera con sus compañeras de promoción; todas en mayor o menor grado, comentaban acerca de los logros de sus pequeños hijos, de la última disco que se había inaugurado, o lo bien que la pasaban en compañía de su pareja, según fuese la situación personal. Ella escuchaba con una sonrisa, pero se comparaba con sus compinches de la etapa adolescente. ¿Cuales eran los momentos más agradables? ¿Acaso los fines de semana, comprando cosas en un shopping? ¿Las cenas a que se veía obligada a concurrir, para no afectar la sensibilidad del personal de la empresa? ¿Los viajes por negocios, que apenas le dejaban tiempo para conocer aeropuertos de otras ciudades? Es cierto que había tenido oportunidades, aunque siempre las desechaba; el temor de que algo no funcionara bien en la compañía, era más fuerte que las ganas de darse un descanso.
Por fin, luego de que la idea diera vueltas en la cabeza durante algunos días; llamó a reunión gerencial, escuchó el informe periódico confirmando que las cosas se encontraban encausadas y les dijo a los asombrados miembros de la junta: - El médico me aconsejó tomar un descanso -cosa que era mentira, pero necesitaba dar una explicación lógica –, permaneceré alejada por un tiempo, espero que continúen con responsabilidad sus tareas y sigan adelante, pues conozco de su capacidad, sé que sabrán responder a la confianza depositada.
Dicho esto, se retiró sin girar la cabeza, sabiendo que muchos pares de ojos la observaban, levantó las cosas personales, dio órdenes a su secretaria, dejando indicado que solo fuera molestada en caso de una situación imposible de resolver; habló por teléfono con la familia para explicarles y despedirse; a lo que su padre respondió:
- ¡Mira hija, ya hace largo tiempo que tendrías que haberlo hecho! Con tu madre nos sentíamos culpables por no haberte permitido una oportunidad de disfrutar. Vete tranquila, la gente que trabaja con nosotros es de absoluta confianza; todo irá bien. Es hora de que tengas tu descanso.
Respiró hondo, ahora más calmada, sin un atisbo de culpabilidad se dedicó a preparar sus maletas. Desechó la ropa que acostumbraba a llevar cuando viajaba por negocios, eligió zapatillas, jeans, remeras y sweeters de vivos colores, trajes de baño, camisas livianas; vestimenta que no era habitual, salvo en aquellos días, en que iba con los hermanos al campo.
Y partió. Había elegido como destino, un pequeño pueblo de pescadores, lejos de la ciudad. Después del aterrizaje en el aeropuerto viajaría varias horas más, para llegar hasta donde la esperaban, con todo dispuesto. Las indicaciones que le dieran, resultaron suficientes. Bajó en la parada del bus, cuando aun era de madrugada. El silencio era impresionante, solo rasgado de rato en rato, por algún vehículo que pasaba.
Por fin, apareció el automóvil que la trasladaría hasta la cabaña que alquilara. Aun tenía un poco de temor, porque no conocía nada más que las fotografías que había visto en la propaganda que encontrará en Internet. Cuando llegó al lugar, el resquemor se evaporó mágicamente. Los dueños del predio eran un matrimonio maravilloso; pequeñas construcciones se sucedían aquí y allá, en medio de un césped lleno de flores. A poca distancia se adivinaba el mar, que a esta hora solo era una mancha aceitosa en la penumbra, con picos de espuma más claros lamiendo la arena.
Rosa, le entregó las llaves, pasó junto a ella, mostrándole la hermosa terraza que daba al mar, le dio indicaciones acerca de adquisición de provisiones, horarios, comodidades, transportes y se fue, dejándola sola.
La cabaña era pequeña, confortable, construida en madera, dos habitaciones, un lindo baño, cocina con todo lo necesario, decorada con buen gusto y calidez.
Desarmó la valija, ordenó la ropa, tomó un suculento desayuno que Rosa le había dejado preparado y se sentó a hacer la lista de cosas que debía comprar en el pueblo, distante a tres kilómetros siguiendo la costa, según le indicara Francisco, el esposo de Rosa.
Se calzó zapatillas, jeans, camisa de algodón y gorra de visera. De pronto se había transformado en una de las tantas jóvenes que estaban de vacaciones. Tomó un bolso que cruzó en bandolera, para traer con comodidad la mercadería y partió hacia el pueblito, caminando a la vera de la carretera. Tenía a su derecha la costa, aspiraba con fuerza el frío viento salobre. Sus ojos, acostumbrados al paisaje metropolitano, se perdían en la inmensidad, tratando de llegar al horizonte. Frente a ella, se levantaban suaves lomas y serranías salpicadas de casitas que miraban hacia el mar.
Llegó al pueblito de Guanaqueros, a pocos kilómetros de Coquimbo y La Serena, quizás mucho antes de lo que esperaba. Las barcazas pesqueras habían regresado de su labor diaria, permanecían hamacándose al compás de las olas en el pequeño muelle, mientras algunos pescadores rezagados, aun acomodaban redes y canastas en cubierta.
Se detuvo a respirar el aire marino que le inundaba el pecho, vio en una de las barcas al joven que fumaba, con el torso desnudo, apoyado en uno de los mástiles, el rostro vuelto hacia el horizonte.
Sabiendo que no era observada, pudo disfrutar de la hermosa figura que se recortaba en el paisaje matinal. Espaldas anchas, morenas por el sol marino, pantalón de jeans ajustado en la cintura, enrollado en las piernas a la altura de las pantorrillas y el pelo moviéndose con el viento. Helena percibió dentro de si, el llamado de los sentidos que creía dormidos hace tiempo. Le hubiese gustado estar en los brazos de ese hombre.
Sacudió la cabeza, miró hacia otro lado y siguió con rumbo a la proveeduría. Allí compró todo lo necesario, encaminandose nuevamente hacia el lugar donde se alojaba; pero el sol a esta hora, castigaba con fuerza, las bolsas pesaban demasiado y a pesar de su buen estado físico, sintió un poco de cansancio. A escasa distancia, leyó un cartel algo despintado que decía “cantina” , sin pensarlo demasiado, abriendo la puerta pasó al reparo de la semipenumbra del bar.
Una veintena de pares de ojos miraron hacia ella, cuando el tintinear de los caireles de la puerta anunció su entrada. Quedó parada, tratando de acostumbrarse a la mortecina luz que filtraba desde la calle; luego avanzó, murmurando un - buenos días – a los sorprendidos parroquianos reunidos de a dos o tres en pequeñas mesas de madera.
El cantinero, algo turbado por la entrada de una mujer en ese lugar que era casi exclusivamente visitado por los pescadores locales, la recibió con una sonrisa y el consabido - ¿Qué se va a servir señorita? mientras intentaba limpiar inexistentes manchas del mostrador, con un trapo húmedo.
- Una cerveza fría, por favor, respondió en voz alta, propia de su acostumbrada autonomía. El hombre rápidamente levantó un jarro grande de vidrio desde la fila que estaba al costado y comenzó a verterlo desde la máquina que expendía el ambarino líquido.
Helena dejó las bolsas a un lado, se sentó en el taburete vacío, mientras observaba a los clientes; con rostros apergaminados por el agua y el sol, nervudos, de manos curtidas; si, la mayoría eran hombres de mar. Hacia un costado, a pocos metros, encontró al pescador que admirara en la mañana; éste, tomaba cerveza mientras fumaba con los ojos entrecerrados, ahora llevaba puesta una camisa a cuadros suelta. Helena sintió que el rostro se le arrebolaba, tomando el mismo color de sus rojizos cabellos, como si el distraído hombre pudiese saber lo que ella había experimentado al observarlo.
Se concentró en beber la espumosa cerveza, o comer maníes desde un pequeño recipiente, tratando de calmar su inquietud. La música, alegre, se entremezclaba con las risas de ese puñado de hombres que todos los días arriesgaba la vida para traer el pan al hogar. De pronto, fue sobresaltada por un saludo que sonó a sus espaldas.
Giró la cabeza, se encontró con los ojos oscuros del pescador, que la miraban fijamente – perdón, me llamo Joaquín, creo que no me oíste. ¿Te molesto? - dijo mientras extendía su mano hacia las de ella, en actitud amistosa.
- No, no me molestas, soy Helena, no te escuché acercar – respondió mientras estrechaba su mano.
- Vivo aquí desde hace cuatro años y nunca te vi. No eres del lugar?
- Efectivamente, vengo desde Argentina a descansar, llegué hoy.
- Mmm, debes estar alojada en lo de Rosa y Francisco, o en alguna de las casas de la zona, pues no hay un hotel cómodo en este pueblo.
- Si, estoy en las cabañas, vine a comprar provisiones; me cansé, no estoy acostumbrada al sol tan intenso – respondió.
- Bien, entonces, te acompañaré, pues veo que estás con demasiada carga encima – comentó mientras reía.
- ¡¡No, por favor, no te molestes!!
Joaquín siguió riéndose como si no hubiese escuchado, cargó las bolsas sin esfuerzo y caminó hacia la salida, luego de pagar la consumición de ambos.
Iban uno al lado del otro, como si fueran viejos conocidos, Helena miraba de reojo el perfil de Joaquín; pudo observar que a pesar de lo alta que se consideraba, el le llevaba por cerca de una cabeza. Hablaron durante el camino, así pudieron saber lo mucho que tenían en común. El se había cansado de la vida de la ciudad, había dejado todo, para comprarse una pequeña barcaza donde pasaba sus días alimentándose del producto de la pesca y consiguiendo lo necesario para vivir con la reventa del excedente. Sintió una sana envidia por la libertad que él había logrado de esta forma y comentó que ansiaba tener la valentía de tomar una decisión similar. Llegaron a la cabaña más pronto de lo esperado, lo invitó a tomar algo fresco en la terraza que daba al mar, debajo de la amplia sombrilla, como forma de retribuir su actitud.
Con el correr de los días, Joaquín se fue convirtiendo en una compañía habitual para Helena; quien pasaba las jornadas entre el sol, el agua, la lectura de libros, la música y las visitas del joven pescador.
Una tarde, cuando regresaba de la playa, el viento comenzó a hacerse más fuerte, las altas olas lanzaban cataratas de agua y espuma casi hasta la carretera, y la tormenta se abalanzó con furia sobre la costa. Llegó corriendo a la cabaña, se quitó la ropa mojada y luego de tomar una ducha tibia se tiró en la cama, donde quedó dormida hasta el amanecer. Se despertó asustada oyendo a lo lejos el ulular de sirenas. El viento había amainado, pero las olas eran altas, seguían rebeldes tratando de quedarse en la playa. La mañana estaba gris, se vistió rápidamente y fue a averiguar que sucedía.
Rosa le contó, con los ojos muy abiertos por la angustia, que a pesar del mal tiempo, muchos pescadores se habían hecho a la mar y algunos de ellos no regresaban aun. En ese instante Helena pensó en Joaquín… Una punzada de terror se le instaló en el pecho y se dirigió corriendo hacia el pueblo. Cuando llegó, buscó entre las barcazas aquella tan conocida, que llevaba en la popa pequeñas banderitas de vívidos colores; esforzó la mirada, pero no la pudo encontrar.
Temiendo lo peor, se dio paso entre la gente amontonada en la pequeña cala, buscaba entre los pescadores algún rostro amigo. Cerca de ella, abrazado a su mujer, se encontraba un compañero de Joaquín. Estaba mojado, agotado por las penurias, con el rostro cubierto de lágrimas; repetía incesantemente perdí mi barca, perdí mi barca… Ella se acercó, temblorosa y preguntó: ¿Viste a Joaquín?
El hombre con la voz quebrada, le dijo: lo vi hoy en la madrugada, se rompió el timón de Juan; él trataba de llegar para ayudarlo, luego no lo volví a encontrar. Murmurando unas palabras de agradecimiento, se alejó, parándose con la mirada perdida en el mar, rogó que estuviera bien. Tomó conciencia que en el tiempo que compartieran, su afecto por Joaquín se había transformado en algo más intenso. ¿Es posible que ahora, cuando descubriera el amor ansiado, la naturaleza lo arrancara de su lado?
La gente seguía esperando, los vehículos se cruzaban llevando y trayendo noticias, pero ella no escuchaba, lloraba sin parar con el rostro vuelto hacia el horizonte. Hasta que sintió unas manos que la tomaban fuertemente de los hombros y la ronca voz tan conocida -¿Qué estás haciendo aquí? Helena giró y colgándose de su cuello comenzó a sollozar, sin responder nada.
¿Lloras por mí? ¿Tuviste miedo por mi? - Le preguntaba sin pausa mientras la abrazaba pegándola contra su pecho todavía húmedo.
-Preferí no volver a esta cala, ayudé a Juan, y nos dirigimos a un puerto seguro, algunos kilómetros más alejado pero fuera de la zona de tormenta. Tomó con sus ásperas manos la barbilla de la joven e inclinándose, la besó suavemente en los labios, hasta que Helena respondió al llamado de sus sentidos y el tierno beso se convirtió en un grito de gloria largamente esperado por ambos.
Aun recuerda cuando llamó a la familia, para avisar que se quedaría a vivir allí, lejos de la ciudad. Uno de sus hermanos, tomó las riendas de los negocios; era lo suficientemente maduro para hacerlo y la carrera que estudiara le había dado la formación adecuada.
Ha pasado el tiempo, ella está más quemada por el sol y camina descalza en la terraza de la casa, mientras prepara el desayuno. El chiquillo de pelo rojizo, juguetea a pocos pasos, le sonríe con ternura. Helena espera el regreso de su hombre. Ya nada queda de la dura ejecutiva de antaño, tan solo es una mujer enamorada. La mujer de un simple pescador de pueblo.

Magui Montero

Nota: Dedicado con especial afecto a Rosa y Francisco propietarios del Complejo Cabañas Nenita - Guanaqueros - Chile.
Las fotografías que ilustran el cuento fueron tomadas en la localidad de Guanaqueros - Chile

miércoles, 10 de septiembre de 2008

SABER BAILAR

Siempre sucede lo mismo. No sé porqué, cuando es día no laborable y me acurruco en la cama demorando el momento de levantarme en mi pequeño departamento, extraño la casa paterna, grande, luminosa, como cuando éramos niños.
De un salto me levanto a bañarme, presurosa acomodo un poco y parto. Compro cosas en el supermercado de la esquina, sigo camino; tengo urgencia, quiero ver a mis viejos.
- Hola!! Me acordé que no viene la empleada, hoy cocino yo…
Se ríen festejan mi ocurrencia, y revolotean como chicos mientras irrumpo en el santuario de mi “mamma”…la cocina.
El aroma a tuco lo invade todo, mientras ella me alcanza unos mates, va y viene con pasos cortos husmeando lo que hago y papá lee el diario.
Tiendo la mesa, nos sentamos a disfrutar de la pasta, el vino tinto y la charla, con música de tango que llega de la radio.
La conversación fluye naturalmente, se iluminan sus ojos cansados recordando anécdotas juveniles y travesuras de los nietos. Suelto carcajadas y comentarios, pero no dejo de observar los rostros con marcas que el tiempo fue registrando en la piel de los dos ancianos. La historia vivida en común, sonrisas de felicidad y lágrimas vertidas por los golpes de la vida quedaron plasmadas allí. Rememoro la niñez.
Ambos eran jóvenes, fuertes, con la mente y el corazón puestos en proyectos de futuro. Puedo ver claramente mi pequeña imagen corriendo hacia papá cuando abría los brazos diciendo “Venga la novia del papilo a bailar conmigo!” y mamá seguía el juego colocándome en el pelo su tocado de novia –que aun guarda en una caja- para que mi padre me hiciera girar por el patio al ritmo de un tradicional vals vienés.
Después ya no me alzaba; solo murmuraba despacito el uno, dos, tres, cuatro… un giro, una quebrada. -¡Que lindo! Ya bailas tango como tu mamá. Luego fueron pasodobles y milongas. Con mi madre aprendí chacareras, escondidos, gatos y otros ritmos folclóricos. Era un juego donde me enseñaron a amar las danzas tradicionales. –Una santiagueña tiene que saber al menos bailar chacarera –decían. Y así fui aprendiendo; con la ternura que los padres ponen en cada cosa que enseñan a sus hijos.
Ahora, cuando el peso de los años los obliga a caminar lento, aun disfrutan de la música como dos adolescentes.
En la sobremesa enciendo un cigarrillo para acompañar el humeante y sabroso café negro. Los miro y por fin me atrevo…
- Papá ¿Bailamos un tango?
- ¡Pero hija! Ahora ya me canso, mis rodillas no son las de antes.
- Dale, solo un poquito, mirá la mami también quiere!
Me toma por el talle, se para erguido; se escucha rotundo el ritmo del dos por cuatro, sonríe cuando apoya su rostro contra mí, mientras mamá nos mira arrobada. Hago algunos pasos, giro y digo – Vieja, vení… quiero verlos bailar.
Él la abraza aferrándola contra su pecho y lentamente comienzan a deslizarse cadenciosamente.
El almanaque parece saltar hacia atrás, mientras desde la radio se escucha a Alberto Castillo cantando “Así se baila el Tango”…

Magui Montero
NOTA: Imagen extraida de internet

viernes, 22 de agosto de 2008

NUESTRA ESTRELLA

Recordar, recordar… parece que fue hoy…
Siempre lo mismo!!! Había que pagar derecho de piso… Por fin había encontrado un trabajo razonablemente remunerado, pero tan lejos de la familia!!!
Desde hace varios meses que estaba en esta ciudad y me había resignado a no tener vacaciones. La Nochebuena hice guardia en el Sanatorio de 22,00 a 6,00 horas. ¿¿Y ahora?? ¿Que hago?? Sola.. ¡¡Ni loca pasaría el Año Nuevo brindando frente al televisor, y mirando el minúsculo arbolito de Navidad parpadear desde la mesita rinconera!
¡Ya sé! Me regalaré una noche distinta. Reservaré mesa en un lujoso restaurante con espectáculo, al menos estaré rodeada de gente, habrá música, cenaré bien… y todo será menos deprimente.
Y llegó el día 31 de diciembre… Listo!! Salí del trabajo, estoy desocupada. En unos minutos vendrá a buscarme el remisse. Miro por última vez la imagen que me devuelve el espejo. Si, este vestido de fiesta que me puse era el adecuado. Sugerente, marcaba un poco la figura y dejaba ver lo necesario. El maquillaje hizo su tarea y mis ojos resaltan y parecen más brillantes; un toque de perfume detrás de las orejas y en el nacimiento de los senos.
Ja ja, ja!! Estoy loca! Me preparé como si fuera a una cita de amor… pero me siento mejor, estoy bien!! … gastaré parte del aguinaldo; si no tengo vacaciones, al menos tendré la ilusión de que me sobra el dinero… Una noche como La Cenicienta.
Suena el timbre y me saca de los pensamientos, es el chofer… - Ya bajo!!!
Aquí estoy, todo es como lo había pensado; hermosa decoración, gente bulliciosa, buena música. Me siento una “Lady”, mientras saboreo el sorbo de champaña frío, con la copa en la mano, aprovecho para mirar a mi alrededor.
¡Qué tipazo el de la mesa cercana al jardín, y está solo! ¡Uy!! ¡Se dio cuenta que lo observaba! Está mirando y viene hacia aquí. ¡Qué papelón! ¡Glup!!
- Perdón por el atrevimiento, pero veo que está sola. ¿No quiere compartir la mesa y cenar conmigo? No piense nada extraño, las circunstancias me obligan a pasar esta Fiesta también solo, y pienso que a usted le sucede algo similar.
- Hum… bueno… no hay problema, muchas gracias por su ofrecimiento.
¡Que noche maravillosa! Champaña, comida deliciosa, confituras riquísimas… y el mejor regalo: una buena compañía en la cena.
- ¡Feliz Año Nuevo! – musitó en mi oído y me besó en la comisura de los labios, como al descuido. Yo sonreía mientras giraba en sus brazos al ritmo de la música, un poquito mareada por el efecto del alcohol y apoyé mi cabeza en su hombro.
Bailamos casi hasta el amanecer. Cuando la gente comenzó a retirarse, levantó dos copas y la botella de champaña, invitándome a seguirlo.
- ¿Te parece si antes de volver a nuestras vidas, hacemos un brindis a la orilla del río?
- Está bien, es una buena idea… la noche está preciosa.
Acodados en la costanera, mirábamos las luces desdibujándose con el amanecer. La brisa de la madrugada arremolinaba mi cabello y acariciaba su rostro, mientras bebíamos las últimas copas y se iban apagando las estrellas.
- Sabes? Tal vez nunca volvamos a vernos – me dijo luego de besarme apasionadamente – pero, mira esa estrella… estemos donde estemos, piensa que yo también la estoy mirando, no puedo darte más, tengo ataduras. Seré un tonto romántico, pero tampoco te pediré nada, es mejor así… No hay pasado, ni futuro, vivamos el presente; este momento perfecto…
Ha pasado el tiempo. La vorágine de la ciudad está en todo su esplendor, decorada en dorado verde y rojo, por la cercanía de las fiestas. Solo conozco su nombre, nunca lo volví a ver; sin embargo, veo en las noches claras esa estrella, y conservo la ilusión de que en algún lugar, está “él”. Quizás, ciertas veces cuando mira el cielo estrellado, aun se acuerda de mí...
Magui Montero

sábado, 16 de agosto de 2008

VOLVER DEL INFIERNO

Dedicado a todos los que luchan por salir de su propio infierno.
Es el momento de hacer una evaluación. Sí, como cada etapa, cuando está cerrando el ciclo del año viejo. Lo que pensaba, iba más allá de lo que podía analizar en cada período que transcurría.
Estaba decidido a desenterrar recuerdos tristes, que venían de antaño; desde la adolescencia. Un período mágico para muchos, aunque en mi caso había significado el inicio de la destrucción. Asados con los compañeros de escuela, salidas a bailar a los lugares de moda, todo parecía esplendoroso!! La fama, de chico “piola”, del que aguantaba un montón tomando alcohol, el que nunca se mareaba, jamás pasaba papelones de quedarse dormido o vomitar, como muchos amigos. Sabía comportarme, y parecía más maduro…
No negaré que veía aflicción en la cara de mis padres, cuando regresaba oliendo a vino o quien sabe que otra mezcla que me permitía ingerir. Las palabras repetidas, recomendaciones y hasta amenazas veladas, se reiteraban. Yo sonreía con suficiencia. Por supuesto!! Todavía tenían creencias de la enseñanza antigua, pero me sabía lo suficientemente adulto para controlarme.
Entré a trabajar en una fábrica, donde conocí a la mujer de la que me enamoré. Hermosa, dulce, con trinos de pájaro en la voz; sin embargo, y a pesar de todo lo que me daba, yo escapaba, cada vez con mayor frecuencia, con los amigos de la noche, en busca de placeres; marginalidad que trataba de esconder tras mentiras cada vez menos convincentes. Ella fue apagando su brillante mirada, tras los párpados caídos y su cabeza inclinada, cada ver que mi regreso tambaleante la acechaba.
Pasó el tiempo, la redondez de su vientre fertilizado desapareció tras la llegada de nuestro hijo.
Los silencios elocuentes cada vez que la cacheteaba sin un porqué al término de mis bacanales, fueron creando un abismo mayor, hasta que se esfumó de mi lado, tan silenciosamente como había permanecido, llevándose con ella al niño. En mi egoísmo, terminé por convencerme que no me amaba, que se había cansado y era una desagradecida!
Como una película de imágenes vertiginosas, mi vida pasaba en recuerdos hilvanados poco a poco. Tuve problemas en el trabajo, y terminaron por cancelarme el contrato, “solo” porque algunas veces llegaba más tarde de lo habitual; exagerada medida - conforme a mi criterio - pues no se tuvo en cuenta mis largos años en la empresa,
Empecé a malvender muebles de la casa, que no consideraba imprescindibles, para seguirme manteniendo. Había días en que me quedaba en la cama mirando hacia el techo, sin ganas de comer. Los amigos que encontraba accidentalmente rehuían de mi presencia, aunque siempre me daban unos pesos para que tuviese con que alimentarme. Hallaba en sus ojos tristeza, donde antes percibiese la admiración.
La mala suerte, parecía perseguirme. Cada momento sentía que la vorágine de las circunstancias me iba tragando. Una noche, me tiré en el revoltijo de sábanas y frazadas, casi inconsciente luego de haber gastado las últimas monedas en alcohol. Tenía una poco clara imagen de la expresión de aprensión del quiosquero cuando puso en una botella vacía, un resto de vino, pues no alcanzaba para más y la tapó con un corcho viejo…
No recuerdo cuanto tiempo pasó… abrí los ojos, y desde la cama, intenté alcanzar la botella. Estaba despierto, acuciado por el deseo, me dolía el estómago, la sed corroía por dentro. Miré mis manos, temblaban descontroladamente, sabía que debía beber un solo sorbo para que todo se calmara. Me estiré, tomé la botella sucia de tierra, quería destaparla. No tenía fuerzas para sacar el corcho, y una terrible ira se apoderó de mí. Golpeé el pico contra el piso hasta que se quebró. Lo llevé con avidez hacia la boca, y un dolor quemante surgió en mis labios. Sangre y vino, vino y sangre.
Asustado, estrellé la botella en la pared y quedé quieto mientras sentía deslizarse por la comisura el tibio líquido que provenía de mi cuerpo. Ese fue el momento en que enfrenté la realidad. Temblaba, aterrorizado por lo que me golpeaba como un mazazo! Tomé conciencia. Ese no era yo, era un títere que se había dejado tragar por las oscuras fuerzas de la tentación y había perdido todo… Necesitaba ayuda, aunque no sabía si alguien me la daría, estaba enfermo; enfermo de cuerpo y alma. Miré los restos de lo que fuera mi hogar. Mugre maloliente lo cubría todo, sillas caídas, ropas por doquier.
Me arrastré hasta el baño; el reflejo de un ser desconocido, barbudo, pelo enmarañado, ojos inyectados en sangre, miraba desde el espejo. El dolor quemante del estómago se agudizaba, pero no le hice caso. Abrí la ducha y me metí debajo. No sé que sucedió, necesitaba sentirme limpio. Me bañé, afeité, salí desnudo chorreando agua, limpie los restos miserables que me rodeaban. Lavé platos y saqué las sábanas de la cama. Era un fantasma, apenas la sombra del hombre que recordaba haber sido.
Tiraba papeles y diarios viejos, hasta que tropecé con un panfleto que alguien había olvidado quien sabe cuando en la mesa. Decía Alcohólicos Anónimos y una dirección. Miré el reloj de la cocina, que milagrosamente funcionaba aun. Faltaba media hora para el inicio de esa reunión… ¿Habría alguien que hubiese pasado por situaciones como la mía? ¿Me entenderían, o juzgarían y despreciarían por lo que había hecho? No lo sabía, pero debía terminar con esto, y no tenía donde más recurrir. Mis padres hacía muchos años que estaban muertos; a mi mujer y mi hijo los había perdido, los amigos se esfumaron por los resquicios de mis errores.
Me encaminé hacia el lugar indicado; temblaba de miedo y vergüenza. Cada paso que daba aguijones de dolor me acuchillaban en el vientre, y la sed seguía creciendo dentro de mí. La puerta estaba entreabierta, sillas de madera puestas en fila y una veintena de personas sentadas, de todas las edades y ambos sexos. Un hombre viejo les hablaba, cuando reparó en mi llegada. Caminó a mi encuentro, mientras tendía su mano y dijo: “bienvenido, hermano”.
Ha pasado más de un año. He aprendido que soy un enfermo… que debo saber vivir con mis miedos. He tropezado, caí, pero supe levantarme y continuar. Conocí seres con historias de vida peores que la mía y hoy son personas que apuestan al futuro. Ahora nuevamente trabajo, tengo un hogar humilde y decente.
En las mañanas no pienso en pasar todo el día sin beber, me enseñaron a ponerme pautas de: solo la próxima hora; y el día transcurre en la sucesión de horas con esa meta. Para darme fuerzas y no caer en la tentación rezo mentalmente la consigna que aprendí con mis nuevos amigos; los que comprendieron y supieron ponerme el hombro, porque también volvieron del infierno. La llaman “Oración de la Serenidad”, son palabras de San Francisco de Asís. “Señor, concédeme serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar; valor para cambiar aquellas que puedo y sabiduría para reconocer la diferencia.”
Esta noche se celebra la llegada del Año Nuevo. No estoy solo, siento el cálido abrazo fraterno de alguien que como yo es un enfermo, y convivimos con ello. Levanto mi copa para el brindis, tiene jugo de naranjas. Jamás algo fue tan dulce! Ha transcurrido una hora más; y aun estoy sobrio.


Magui Montero

NOTA: Imagen extraída de internet

miércoles, 13 de agosto de 2008

ELEGIA PARA UN SUICIDIO FRUSTRADO

A mi amigo John Médico Salcedo

Pensar… analizar y decidir…
Tanto tiempo erguida! Diferentes razones fisuraron la pétrea estampa que la gente veía, sin percibir que se trataba de una fachada creada a tal efecto; pero la obra teatral estaba llegando al final, la urdiembre que lograra tejer Silvia, ahora mostraba sus agujeros aquí y allá. Marcas de resentimiento silencioso, dolor, rencores escondidos y soledad habían hecho mella.
Del mismo modo, sabía, porque no era tonta, que existían hechos que estaba en condiciones de catalogar o juzgarlos como “sus triunfos”. Más bien eran pequeñas conquistas y satisfacciones personales, que quizás hubiesen pasado desapercibidas tanto para allegados como gente extraña, pero significaban nutrir el ego con la dosis necesaria de esa droga que alimenta la estupidez del orgullo humano, aunque personalmente, no se llamaba al engaño.
Luego de meditar la situación a la luz de una crisis por la que pasaba, decidió que su vida no era necesaria; poco y nada su presencia – o ausencia – modificaría o afectaría la vida de otros. Cada uno construía el propio camino como mejor lo consideraba, o como podía… quizás incluso, estaba en condiciones de solucionar muchos inconvenientes si simplemente se esfumaba de la vida terrenal, y por fin acabaría todo. No más problemas ni molestar a nadie. No demostrar a diario que era una mujer que trataba de hacer las cosas bien y honradamente; - o al menos nunca se enteraría de los comentarios mal intencionados y de las elucubraciones de aquellos que conseguían trepar sobre los restos del decente – estaba diciendo basta!! De la mejor forma que se le ocurría; si no podía ser feliz, al menos conseguiría que los que estaban detrás de si lo fueran, o eso era lo que intentaba…
Y lo decidió…, tranquila, muy tranquila después de largo tiempo. Escribió dos cartas, donde explicaba razones, dejaba paz sobre la conciencia de aquellos que le importaban. Se bañó y perfumó, eligió un lindo camisón, llevó las cápsulas y la botella de whisky con el vaso, que acomodó cuidadosamente en la mesa de luz.
Miró la hora, era demasiado temprano, alguien podría llamar o golpear la puerta y sospecharía que las cosas no estaban bien; mejor esperar el momento de dormir…
Encendió la computadora y puso música suave. María Marta Serra Lima le regalaba “A mi manera”, tema que le trajo recuerdos, pero los desechó de inmediato. Sin embargo las palabras también reflejaban su historia.
Finalmente, decidió curiosear en Internet, dejar que transcurrieran los minutos. Las caritas de los contactos estaban grisadas, dormidas, nadie conectado… y aun faltaba media hora para la medianoche. Estaba por apagarla cuando una de ellas se coloreó de anaranjado y sonrió…
A un lado del icono se leía “Andree - Deco” y se esforzó por recordar de quién se trataba. Buscó por un momento en su memoria. Era un tímido jovencito del Perú con el que conversaba algunos días, le gustaba jugar fútbol y estaba enamorado de una chica de Buenos Aires.
Cliqueó sobre la imagen y le dijo hola! De inmediato, él respondió y hablaron un rato: también estaba triste por algún motivo.
Cuando puso nuevamente los ojos sobre el reloj, marcaba las 00,30 a.m. y se despidió de Deco.
- Hasta mañana, amiga.
- Adiós Deco.
- ¿Cómo adiós?? No entrarás mañana?
- No, no entraré.
- Espera… que pasa?
- Nada, no sucede nada, adiós.
Silvia apagó la computadora, y se fue a la cama, sacó las píldoras del blister, y las ordenó prolijamente. Puso la bebida de ambarino color en el vaso, se sentó en la cama y apagó la luz. La luna daba un tenue color celeste a la habitación cubriéndola de paz, cuando tomó las primeras dos cápsulas y un sorbo de la bebida. Respiró hondo, tenía tiempo… lo iría haciendo poco a poco. Levantó otras dos cápsulas, cuando el sonido del teléfono la sobresaltó.
¿Qué sucedía? ¿quién podía ser? A esta hora solo la llamarían si hubiese algún problema… Levantó el tubo,…sonido de ocupado. Seguramente alguien se había equivocado de número; pero nuevamente sonó…
- Hola, quien habla?
- Soy yo, Deco. No lo hagas amiga!! Sé lo que estás intentando, te lo ruego no lo hagas!
La sorpresa la dejó callada un instante, mientras pensaba… como podía saber el número? ¿Cómo intuía lo que intentaba hacer? ¿Por qué se había comunicado con ella?
El muchacho no dejaba de hablar, decía que debía seguir adelante, que la vida era bonita y no importaba lo que tuviera que afrontar. Las palabras le salían a borbotones, trataba de calmarla y darle fuerzas. Conversaron durante muchos minutos, hasta que le arrancó una promesa…
- Quédate tranquilo, no lo haré. Mañana conversaremos. Gracias por tus palabras, yo también te quiero mucho, amigo…
Ha pasado el tiempo, Silvia sigue fluctuando entre buenos y malos instantes, pero este incidente le dejó una enseñanza…
Nadie está tan solo como para que no le importes a alguien, todos tienen momentos difíciles. La vida es un largo y escabroso sendero, pero siempre merece la pena transitarlo (*).
Si no quedan esperanzas, fe y sueños, igualmente hay motivos para seguir; aunque más no sea tenderle una mano al amigo, a ese que en algún instante puede estar dirigiéndose hacia el abismo; lugar del que ella pudo escapar, porque hubo quién la volviera al camino.

(*) “La vida tiene sentido y vale la pena siempre de ser vivida” Víctor E. Frankl
NOTA: La imagen que ilustra el cuento fue extraída de internet

Magui Montero

miércoles, 6 de agosto de 2008

ARRANCARSE EL CORAZÓN

Ya estaba hecho. Todos los momentos felices y los recuerdos bonitos, los había destruido en un solo instante que no duró más de veinte minutos.
Ahora estaba satisfecha. Se había arrancado el corazón de un solo tirón y en el lugar quedaba un cuenco vacío.
Rondaban en su cabeza los versos de aquel viejo tema “ódiame” que reflejaban palmariamente lo que su sensibilidad gritaba “…odio quiero más que indiferencia, porque el rencor hiere menos que el olvido.” Simplemente había precipitado los acontecimientos.
Pertenecían a mundos distintos, ciudades diferentes y el azar los reunió enlazando de forma extraña sus vidas. Desde que se enamoraron, se habían amado durante casi dos años y la distancia solo lograba acrecentar los sentimientos que tenía por ese hombre-niño. El amor los desbordaba en los pocos días en que podían encontrarse y cada separación significaba un nuevo suplicio para ambos. Luis fue el bálsamo que curara su maltrecho espíritu en los días más difíciles que le tocó atravesar. Tan dulce, protector; con algunos miedos, pero inmensamente maduro en la plenitud de su juventud.
Ella? Exactamente al revés; terca, orgullosa, aunque igualmente temerosa de lo que la obligada lejanía física, pudiese hacer con ese amor tan extraño y silencioso a causa de las trabas que imponía la diferencia de edad y una despiadada sociedad pueblerina.
El paso del tiempo hizo mella en la soledad de ambos, que habían luchado contra eso. Eliza se volvió absorbente y desconfiada. Luis era joven, su sangre corría demasiado rápido. Finalmente, el amor escapó tras una mujer cercana a él, que le brindaba calor y pasión en el instante que lo deseara, sin esperas ni postergaciones. Sin embargo, internamente necesitaba de su primer amor, como una droga a la que volvía una y otra vez.
La mujer madura lo supo; sin que le dijera una sola palabra, se dio cuenta del cambio. La experiencia que guardaba dentro de sí, le permitía obtener respuestas durante las conversaciones que seguían sosteniendo a través del teléfono, aunque él se obstinara en negarlo y ella se hiciera la desentendida.
Inicialmente Eliza lloró mucho, dolía profundamente; había jurado conservar ese amor, aunque para ello tuviera que esconderse, humillarse o perder su dignidad, pues lo amaba demasiado. Cuando estuvo al borde de la desesperación, en lugar de buscar refugio en sus fuertes brazos y aferrarse a él, optó por viajar muy lejos; necesitaba un poco de paz para aclarar sus pensamientos y tomar una decisión, sin la presión de los llamados telefónicos y la locura de ese sentimiento tan fuerte que rayaba en lo indecente, borrando en ella cualquier viso de decoro o mesura.
Pasó un largo mes… regresó y se encontró nuevamente con frases cálidas y afectuosas, con su requerimiento de siempre, pero ella ya estaba decidida. Trocó la dulzura por acíbar y se comunicó con Luis.
Las palabras duras, hirientes y ofensivas fueron su arma; sabía que él nunca hubiese esperado algo así, pues siempre la relación transcurrió sin problemas.
Quien hablaba no era la mujer que Luis conocía; la agresividad y el sarcasmo en las expresiones sorprendieron y lastimaron profundamente al joven. Optó por retirarse de la conversación anonadado, persuadido de que era distinta a lo que suponía,…había sido un iluso.
Terminado el diálogo, Eliza suspiró; lágrimas amargas surcaban el rostro; pudo lograr hacerlo. Luis la odiaría para siempre… pero construiría su futuro sin lastres; la pesada cadena del amor lejano no estaría poniendo dudas dentro suyo, porque rechazaría su recuerdo.
Eliza, que íntimamente lo quería solo para si, que lo amaba más que a la vida, renunciaba a ese Amor, para que él pudiese ser feliz.
Por propia elección, quedaría como un triste remedo de la mujer de Lot, convertida en estatua de sal; por haberse atrevido a volver la vista hacia donde no debía; por ansiar nutrirse de la juventud de Luis que la había llevado a beberse los vientos como una adolescente. Ahora debía pagar por su osadía; era el precio que la vida le cobraba a cambio de dos años de buen amor.
Cuando se sacó el corazón del pecho, Eliza vio con sorpresa que manaba lentamente, dorada y cristalina miel desde el lugar lacerado en su lado izquierdo. La dulzura de Luis había dejado su huella para siempre, aunque se quedara irremediablemente sola.
Aprendería a vivir así, alimentándose del maravilloso AMOR que permanecería endulzando con su recuerdo, la soledad definitiva de Eliza.

Magui Montero
NOTA: Imagen extraída de internet

lunes, 14 de julio de 2008

CELOS

Ramiro estaba con los labios apretados, los surcos de sus mejillas semejaban dos paréntesis circundando la boca, los ojos se habían convertido en dos ranuras pero aun así se podía notar el brillo afiebrado de la mirada.
Dorita, había renunciado a todo lo que significaba ataduras de su vida anterior. Dejó el pueblo y la familia para irse con él; las comodidades que le permitieran sus buenos ingresos, los había trocado por el amor a lado de ese hombre, que tenía un humilde empleo. Les alcanzaba para vivir con lo imprescindible; a ella no le importaba, no se quejaba, era feliz.
Ramiro veía la aflicción reflejada en el rostro de su amada desde hacía un tiempo; cuando servía la comida o conversaban, escondía la cara y evitaba mirarlo.
Los feroces celos se fueron clavando cual espinas dolorosas en lo profundo del joven, más aun pensando que todas las noches la dejaba sola para ir a trabajar como sereno de una empresa. Imaginaba que quizás hubiese conocido a otro; tal vez cansada de esa vida simple, habríase reencontrado con los amigos de antes, cuando no le faltaba nada.
Cansado de hacer conjeturas, un día pidió permiso, alegando dolor de estómago y regresó rumbo a la humilde casita que compartía con Dora. No llegó, quedó en la esquina esperando; algo le decía que esa noche sabría la verdad.
Pasó más de media hora, ya estaba por abandonar su idea, cuando la vio salir con un abrigo impermeable negro; la capucha le cubría el cabello ensortijado, alcanzó a distinguir los jeans y las zapatillas blancas, llevaba un paquete que apretaba en los brazos.
Estaba lloviznando, el empedrado sacaba ecos mortecinos del rápido andar. Ramiro trataba de mantenerse a la distancia, pero sin perderla de vista. Quizás iba a encontrarse con un amante y llevase ese hermoso conjunto de encaje que guardaba para las noches que él descansaba y ella se convertía en una gata sensual. Tal vez otro hombre tocaría esa suave piel y despertara su ardiente temperamento como cuando estaban juntos.
A medida que transcurrían los minutos, mientras la seguía, la rabia fue encegueciéndolo. Dora giró repentinamente en una calleja angosta, su andar fue haciéndose más lento, mientras Ramiro apresuraba el paso hasta alcanzarla justo cuando posaba la mano en un picaporte.
Allí debía estar ese maldito hombre con quien su mujer se revolcaba cada vez que iba a trabajar para traer el jornal!! Sin pensarlo dos veces, sacó el cortaplumas que llevaba apretado dentro del bolsillo, la llamó y alcanzó a ver la mirada sorprendida. Dora abrió la boca para decir algo, pero las palabras fueron ahogadas por un borbotón de sangre, cuando hundió el arma en su pecho.
Ahora acabaría también con ese ricachón que seguramente la estaba esperando!
Abrió la puerta, y encontró una mujer sentada hamacándose con las piernas cubiertas con una frazada. Rosa le sonrió, el fuego de la chimenea marcaba más aun las ojeras oscuras.
– Hola Ramiro – dijo – te conozco porque Dorita me mostró una fotografía donde estaban juntos. ¿Por qué no vino mi ahijada? ¿Acaso se enfermó?
Ramiro sintió que algo le oprimía el pecho, giró la cabeza y miró hacia la puerta entreabierta. Las zapatillas blancas se veían nítidamente con la luz de la calle, destacando los lunares carmesíes de la sangre que las manchaba. La muerte se reía a carcajadas de sus celos infundados.
Magui Montero

jueves, 3 de julio de 2008

LA CASA DE NERUDA (II)

Partí rumbo a la última etapa de mi viaje. Había escuchado tantas cosas de Isla Negra!! El amanecer me encontró caminando por las calles silenciosas rumbo a la Terminal de Valparaíso. El viento de la madrugada fría castigaba mi rostro con su hálito marino, mientras la tenue luz rosada del alba pintaba los cerros de claroscuros.
Me arrellané con la nariz pegada al vidrio, tratando de percibir el paisaje que apenas podía divisar, a través del cristal empañado; pero aun las sombras estaban espesas. Sentí la tibieza de unas manos amigas en las mías, infundiéndome parte de su calor y confianza, pero aun así, temblaba…
La emotividad de los últimos días era demasiado perceptible, trataba de mantener la mesura para no ser catalogada de demente. Cada pequeñez que sucedía hacía brotar mis lágrimas, para sorpresa de las personas que me rodeaban. Nadie podía saber lo que por dentro bullía y dolía como una herida quemante. La percepción de sentimientos de tal intensidad me había golpeado íntimamente.
El panorama que observaba, comenzó a definirse a medida que corría el tiempo. El sol tintaba las suaves colinas a los lados de la carretera de un intenso color verde, pero a medida que la luz crecía y el vehículo avanzaba; iba desapareciendo, dando lugar a vegetación más agreste, jalonada de manchones marrones y grises de piedra. A la distancia o en algún recodo, de pronto, el mar se anunciaba y volvía a esconderse. Los pueblos se sucedían, aumentando mi ansiedad, con el trayecto.
Al fin escucho las ansiadas palabras: “próxima parada: Isla Negra”, y nuevamente el golpeteo ya conocido del corazón pugnando por salir del pecho… me acercaba paso a paso a la casa de Neruda.
Era un pequeño poblado, de casas bajas y humildes, que se extendía a ambos lados de la carretera, dividiendo lo que eran suaves colinas de pastizales duros, del pronunciado declive que llevaba a la costa. Callecitas de tierra, algunas posadas, ventas de artesanías y cafeterías, anunciaban que ese lugar estaba cambiando sus costumbres ancestrales de vivir de la pesca por el beneficio que dejaban los turistas, quienes en reducidos grupos, caminaban curioseando y tratando de registrar todo con sus cámaras.
Mi joven y silencioso compañero, disfrutaba escuchando los comentarios propios de una extranjera que ignoraba los hábitos y las palabras usuales de la zona; soltando una carcajada, cuando decía algo inconveniente o de dudoso significado para los habitantes chilenos.
Me tomó la mano, mientras con el otro brazo extendido señaló un cartel que indicaba el camino. La calle bajaba custodiada por grandes árboles y minúsculos jardines cubiertos de flores; para mi asombro éstas brotaban aquí y allá abigarradas, entre macizas rocas en un bello desorden que parecía el capricho de un loco pintor. Una cerca de madera, puso fin a nuestra caminata.
El limitado jardín con algunas esculturas e indicaciones para el turismo, me puso casi en alerta, Un amplio vestíbulo de madera, piso cerámico, chimenea, restaurante, agencia de turismo, venta de recuerdos. ¿Dónde estaba? ¿Qué habían hecho? Quedé silenciosa, miraba alrededor, con un creciente malhumor, hasta que se acercó un guía y explicó… La casa de Neruda, estaba un poco más atrás. Se podía ir en grupos de no más de diez personas, respetar las indicaciones y no sacar fotografías. Recién ahí suspiré aliviada… Nadie había roto la magia que el poeta creara en su entorno.
Y fuimos entrando en su mundo; la sala apenas dejaba lugar para estar de pie. Alrededor de una gran chimenea rodeada de cómodos sillones y poltronas, se apiñaban los mascarones de proa de diferentes barcos. Bellas mujeres de cabellos al viento, angelicales criaturas de brazos extendidos que antiguamente se sumergieran en mares lejanos, hoy estaban custodiando esa sala, formando parte de los caprichos del hombre que quiso tener el mar dentro de su hogar.
Pasábamos de una a otra habitación sin poder definir si era el interior de un barco o de una casa, las puertas pequeñas, los corredores angostos y de piso a techo, cientos y cientos de cosas recogidas en sus viajes. Caracolas, máscaras indígenas, tallas de madera y piedra, instrumentos de música, pipas, etiquetas, chapas con grabados antiguos. Llegamos a una sala más alta que el resto de la casa, y para mi sorpresa, me encontré frente a un inmenso caballo de madera, con su montura y brida, listo para ser montado; una muestra más del buen humor y las bromas que el artista se acostumbraba a hacer con sus compañeros de andadas.
El comedor tenía dos de sus paredes, íntegramente transparentes, hacia un lado se veía el jardín y los setos con flores, hacia el otro el mar. La casa daba el aspecto de haber sido construida de a pedazos, pero llevaba su marca, gritaba la personalidad del antiguo dueño.
Una habitación grande, decorada, como si fuera fonda marinera, con mesas y sillas, mostrador, bebidas y propagandas, daba también hacia la costa. Allí recibía a sus amigos, tomaban grandes cantidades de alcohol y luego… se subían a la barcaza que nunca navegaba, colocada a tal propósito frente al mar, cantaban y solía decir que la marea los mecía según el alcohol que bebían.
Giros y contra giros, escaleras que subían y bajaban, ¿Desde adentro?? Madera lustrada y barniz. ¿Desde afuera? celeste y blanco los colores del mar y la espuma que coronaba las olas; pero también piedras formaban la torre, donde el dormitorio parecía estar flotando en la brisa, en una réplica de todo lo que era propio del lugar. Esa casa respiraba alegría, el sol se colaba por los vidrios, y casi se podían escuchar las risas.
Finalmente salimos al jardín trasero; pude comprobar que la casa estaba en la parte alta de la costa. Desde allí se podía bajar hasta la playa, unos veinte metros más abajo, donde el agua de un turquesa profundo rompía con fuerza contra las rocas en rugidos rabiosos de espuma.
A pocos pasos, se extendía una terraza que daba al océano; en el medio un mástil, los bordes rodeados de cadenas, todo construido en piedra sacada de ahí mismo. Simulaba la proa de un barco, en actitud de navegar hacia el infinito. En el centro, un rectángulo de tierra cubierta de flores y la placa de mármol negro. Allí descansaba, con su amada Matilde, la última esposa y compañera final. Él mismo pidió que estuvieran juntos en ese viaje a la eternidad.
Contemplé la belleza bravía del Pacífico, que se extendía a mis pies; temblaba y las lágrimas caían entremezclándose con el agua que salpicaba mi rostro. Sin haber siquiera intentado, ese peculiar hombre, extraordinario hasta en su patriotismo, a quien solo conociera por sus escritos, me estaba indicando el camino. Sentí la calidez de un abrazo protector que cubría mis espaldas, del frío intenso de la tarde.
El regreso a mi patria sería duro, debía colocarme nuevamente la máscara de férrea voluntad, hacer lo que el destino había marcado. ¿Volar? Solo con la mente y el corazón. No tratar de hacer realidad lo que los sueños me gritaban; pero a cambio, podría darle alas a quienes aún tenían fuerzas y juventud para hacerlo por mi; para concretar lo que yo había ansiado siempre… Volar en busca de un mañana en libertad.
Magui Montero

Nota: Fotografía tomada en la parte trasera de la Casa de Isla Negra, donde se encuentra la tumba del poeta.
Relato dedicado a Luis Gallardo Cortéz.

domingo, 29 de junio de 2008

LA CASA DE NERUDA (I)

El alma de viajera incansable me había llevado a recorrer innumerables lugares.
Los paisajes se sucedían a lo largo del tiempo; buscaba un sitio, un nido, un hogar que me cobijara, que pudiera sentir propio. Mis ojos devoraban con avidez ciudades, playas, montañas, y campo.
¿Dónde debía guarecerme? ¿Cuál era mi destino? Los años pasaban, y este espíritu inquieto no hallaba la ansiada paz. La travesía se prolongaba, cuando ya creía encontrar lo más adecuado para mi indómita y aventurera esencia, nuevamente partía…
Estaba insatisfecha, el hastío se había apoderado de mí; solo los buenos libros, la poesía y la música lograban por momentos calmar la sensación.
Seguían volando las hojas del calendario, ya casi había abandonado mi sueño, solo quería descansar. En una de esas largas noches vacías, cayó en mis manos nuevamente un poema de Pablo Neruda. Recordé que había leído con avidez su exótica vida de aventurero, entonces lo decidí; deseaba conocer donde había morado aquel maravilloso poeta, que admiraba tanto. Sentía un especial fervor por la intensidad con que expresaba el amor, la pasión, y su obsesión por los ambientes marinos. Sabía que su vida había estado marcada por tres mujeres importantes, a pesar de las muchas que pasaron por su existencia. Una de ellas, la segunda, había sido argentina.
Levanté nuevamente las maletas; llevada por el impulso crucé las montañas, casi sin haber definido a ciencia cierta lo que buscaba… y llegué a su casa de Santiago, dedicada a la tercera mujer. “La Chascona” estaba impregnada del indómito espíritu nerudiano, la poesía brotaba por doquier, tenía su marca a cada paso, pero era demasiado mediterránea, a pesar del sonido del agua que corría y la visión de la cordillera; no encajaba en lo que yo suponía anidaba y emanaba a borbotones de sus versos.
Continué mi travesía y me encontré en Valparaíso, la mágica y antigua ciudad de los extraños ascensores, con sus viejos edificios recubiertos de afiligranados sobrerrelieves, las casitas de madera de innumerables y vivos tonos colgaban cual caireles de sus cuarenta y dos cerros hacia la concavidad que se extendía como una hermosa cuna, coronando la bella bahía. La gente, agradable, sencilla, pescadores con la piel curtida por el sol y el duro trabajo; hermosas mujeres de sonrisa franca y andar leve.
Trepé por sinuosas calles, con curvas tan pronunciadas como las gráciles caderas de las chilenas. A medida que ascendía en medio de la fría brisa de esa tarde gris, los colgajos de niebla se disipaban y el mar se veía matizado de guiños irisados en aquellos sitios donde el sol lograba herirlo con su dorada espada.
…Y llegué a destino. Agitada, con el corazón latiendo en mi pecho como el tam tam de un tambor que anunciaba ese momento tan importante para mí. …Allí estaba, imponente y en todo su esplendor “La Sebastiana”, asomándose desde lo alto hacia el océano.
Parada frente a la reja que me separaba de la residencia, pude observar los caminos de piedra que llevaban a la casa, sólida, orgullosa. En el jardín, los malvones estallaban con sus matices de rojo entre el verdor de las hojas, el perfume de los árboles embriagaba la tarde, largas guías de flores colgaban de una enredadera meciéndose al compás del viento marino, llamándome cual si fueran pequeñas manos que invitaban a entrar al mundo de los sueños.
La construcción no tenía ángulos para mí. Curvas y escaleras que serpenteaban y giraban hacia uno y otro lado descubriendo o presagiando sorpresas en cada vuelta, y decenas de ventanas grandes o pequeñas que semejaban ojos asombrosamente abiertos y curiosos; mientras la voz de Neruda se escuchaba en todos los rincones recitando sus versos. Desde cualquier ambiente al que accedía podía regocijarme con la visión de las pequeñas casitas que pincelaban de infinitos colores los cerros,…y el mar, siempre el mar. ¡El sitio semejaba un barco encallado en la montaña!! No en la forma, sino por el ambiente que se respiraba en ella. ¡Era el lugar ansiado!
Toqué la cama, de bronce bruñido, donde tantas veces dejaran su huella los cuerpos del poeta y la mujer; me sentí como una intrusa, por saber de aquellas noches de lujuria tan bien descriptas por él. En el vestidor, miré sus ropas, debajo asomaban unos zapatos rojos de tacones de la que fuera su tercera compañera, emparejados a los masculinos, acordonados, de cuero negro brillante, que me hicieron pensar en lo que habían caminado por el mundo buscando nuevos horizontes, a través de extraños países.
Por fin, llegué hasta su refugio, situado en el lugar más alto de la casa, desde donde se divisaba un paisaje indescriptible. Allí el cautivante chileno, pasaba largas horas oteando hacia la distancia, descansando y volcando en papel sus sentimientos. Acaricié con ternura la mesa pequeña, aun manchada con tinta, en la que tantas veces se sentara a escribir; pasé mis dedos suavemente sobre el trozo de papel que estaba cubierto por vidrio, y pude reconocer el original de uno de sus poemas, con tachas, correcciones y letra saltarina. Allí estaban su caballo de calesita, la colección de botellas de distintas formas y tamaños, el lavatorio de porcelana, caprichosamente colocado cerca del escritorio, el sillón desde donde quizás contemplara durante horas, hacia el ilusorio punto donde cielo y mar se funden.

Quedé aletargada, ya no había turistas revoloteando, el silencio me rodeaba. Mientras permanecía olvidada del tic tac de los relojes, el sol bajaba rápidamente en el horizonte, y un camino de fuegos naranjas cruzaba el mar hacia el infinito. Pensaba… Estaba viendo el mismo paisaje que Don Pablo había mirado cientos de veces. Percibía en ese lugar una calidez que envolvía; y tuve la certeza que allí se encontraba el refugio para la inquietud que me afectara durante tanto tiempo.
Suspiré… el sueño estaba concluyendo, Valparaíso era demasiado intenso para mí; aunque su gente me tratara como una de ellos, aunque tuviese los sentimientos a flor de piel e interiormente deseara quedarme, aunque la tristeza me partiera en dos, debía seguir mi camino… La mesura indicaba que debía buscar el equilibrio y la paz en el mundo seguro y mediterráneo de mi patria y mi terruño. Era tarde para empezar de nuevo… Era demasiado tarde para todo, el ocaso avanzaba.
De pronto, me sobresaltó la voz inquisidora de una de las empleadas del museo…
- ¿Qué hace aun aquí? El museo ya está cerrando…
Y yo respondí con voz ahogada… Nada, solamente conversaba con un sueño.
Aun restaba por conocer la última etapa de la vida de mi amado poeta Neruda; la casa dedicada a una mujer argentina, veinte años mayor que el seductor escritor. Representaba el amor de la mujer madura con un Pablo Neruda, joven, impulsivo, vigoroso. Sin embargo allí estaba enterrado, junto a la joven mujer con la que vivió hasta el final. Matilde significaba toda la intensidad del amor pleno. Debía visitar Isla Negra.
Magui Montero
Nota: Casa Museo "La Sebastiana" Valparaíso Chile. Instántanea realizada por un turista. Año 2005

viernes, 13 de junio de 2008

HOY TE VI

Día sábado, ya es más de mediodía, casi la siesta… regreso tranquila, con paso cansino desde la zona comercial, las calles quedaron vacías y la 24 de Septiembre es un camino no habitual, pero elegí volver por ahí.
Pienso en todos los proyectos literarios que hice en la mañana de hoy con amigos, hasta que algo me saca de las reflexiones.
De pronto se cruza una figura conocida; su mismo andar, remera blanca – que llamabas graciosamente “polera” - , bermudas deportivo, zapatillas. El pelo negro juega con la brisa, reconozco el ademán eterno de acomodar ese mechón rebelde cayendo sobre la frente; observo los hombros anchos, los muslos fuertes, y ese ligero balanceo de los brazos.
Concientemente se que es imposible, vives a miles de kilómetros, no es razonable verte en mi ciudad, sin embargo, caminas delante mío y hasta puedo imaginar que te diste cuenta que voy en tu misma dirección; imagino que tus negros y rasgados ojos me observan detrás de las gafas de sol cuando dos o tres veces giras la cabeza.
Apuras el paso, y maldigo los zapatos de tacón que me impiden correr tras de ti y rodearte con mis brazos; sin embargo sigo andando y nadie puede intuir que el corazón me late más fuerte.
Te perdiste a la vuelta de una esquina cualquiera. Yo sigo el trayecto hacia mi casa. La ilusión permitió que te viera y fui feliz por algunos instantes; no importa que todo haya sido un juego de la fantasía; sigues aquí, estás en mi mundo, transitas mis calles, vives en mi interior, allí continúas, nada es imposible en los sueños.
¿Qué importa la murmuración de la gente! ¿Qué importa lo que digan? Se que te amo y soy capaz de gritarlo. A pesar del tiempo, a pesar de la distancia, de todo lo que nos separa; tu intensa juventud y mi naciente vejez, no serán aceptadas por la sociedad pueblerina, no podremos andar juntos en la senda de la vida. ¿Me amas o no? ¿Alguna vez me amaste? No sé, no importa… Nadie elige el momento, el motivo, el porqué, ni de quién enamorarse.
Hoy te vi, puedo moldear tu rostro con mis manos, pude vislumbrar tu sonrisa luminosa; hace tiempo que volviste a tu país, pero te quedaste en mis sentimientos. Nuestras manos permanecerán unidas.
No me robaste la vida, le diste un sentido, me ofrendaste tu juventud y yo te regalé el corazón.
Magui Montero

lunes, 9 de junio de 2008

AQUELLA PERLA

Nieves eternas, en lo alto, cubren montañas oscuras. Lluvia y rocío. Agua pura y cristalina, que el viento frío compacta, presiona, estruja y fractura; forma hielo silencioso, lívido, ajeno a los sucesos del llano.
Endurece su textura y es casi piedra, igualando la montaña que lo sostiene. Un cálido aliento de primavera besa la superficie. El hielo se torna poroso, frágil, se fisura. Por los huecos internos el agua escurre en finas y cosquilleantes gotas.
Desborda la minúscula vertiente, se une y entrecruza en saltos, cascadas y torrentes. El agua vuela, se expande en el aire, trepa en búsqueda del sol, vapor tenue, golpea las nubes con música celestial se posa recostándose en los bloques de piedra. Roce de agua puliendo agudas aristas, redondea bordes.
Piedras que se desmoronan transfórmanse en arena suave, son lecho del río de aguas dulces, mansas. Descanso y laxitud, aparente paz superficial.
Por dentro van gestándose oscuros remolinos, restos de tenebrosas y sórdidas rocas, enturbian las cristalinas aguas, arrastran todo a su paso.
Tierra, raíces, basura. Turbulencia, espuma oscura en los remansos.
Horizonte, horizonte intensamente azul, golpes de agua salobre se mezclan apaciguando al sombrío y contaminado río en su llegada. Profundidades marinas lavan los restos sucios.
La valva yace en el fondo se abre hambrienta de alimento sano que nutre. Calma, satisfecha y feliz, no intuye que también la traspasaron restos de arena; las impurezas enferman su interior… y reacciona, se protege.
Anticuerpos generados cubren la basura, capas y más capas una sobre otra aíslan del veneno que hiere. Se torna dura, tan dura como la primigenia roca, la perla nacida sorbió colores irisados del agua de torrente como aquellas gotas tocadas por el sol.
Duerme!! duerme tu sueño singular, gema engendrada con dolor; en un camino de golpes y caídas, rodaste de la cumbre hasta la sima marina, mixturando agua dulce y salina. Es hora de la mesura. Descansa!! Madura!!
Espera al pescador de perlas que se atreva a llegar a las profundidades. Él redescubrirá tu cuenco de nácar. Nuevamente la luz del sol arrancará destellos refulgentes de tu interior lacerado, resucitada a la vida…

Magui Montero
Nota: Fotografía de Magui Montero - Febrero 2007

martes, 3 de junio de 2008

EL INMIGRANTE


Un lugar lejano de Europa, apenas comienza el siglo XX. El chiquillo delgado, de ropas sencillas está sentado en una roca de la playa. El viento despeina su corto cabello claro, mientras achica los ojos tratando de otear el horizonte y suspira en silencio…
La guerra se cierne sobre el país y hacia donde gira la cabeza, encuentra restos de maderos, trozos de hierros retorcidos, guiñapos sanguinolentos esparcidos, rodando en tétrica danza llevados por el arremolinado soplo marino. Parece permanecer ajeno al escenario dantesco, si bien sus labios están apretados en un rictus de amargura. Recuerdos del hogar rodeado de gigantescos olivos, el aroma de pan recién horneado por la madre, las risas cascabelinas de los hermanos, lo han transportado a otro paisaje donde la dulzura y el amor cubrían su mundo placenteramente. Ahora, el horror del presente solitario y amargo cae sobre él, estrepitosamente.
Nada hay que haya quedado en pie, solo negruzcos muñones que tiñeron la otrora luminosa casa, enlutando para siempre el futuro.
Con furia seca lágrimas que dejan surcos húmedos en el rostro. Si tan solo hubiese estado presente… si no hubiese ido en búsqueda de la cabra extraviada que les brindaba la leche diaria, tal vez la propia muerte le habría evitado el dolor de dar cristiana sepultura a sus seres queridos y ser testigo de la espantosa visión que lo golpeara.
Ya no existe que lo ate a este lugar; quiere huir lejos, donde la distancia lo ayude a cubrir con un manto de olvido todo lo que sus ojos vieron.
Lenta y trabajosamente se puso de pie y comenzó a caminar por la costa, no vuelve la cabeza ni por un instante, tiembla repetidamente aun pasmado por la intensidad de lo vivido.
Anduvo por la húmeda arena durante horas, hasta llegar al pequeño pueblo de pescadores, donde no hace mucho, venía la familia a compartir la misa dominical o un lindo paseo.
Hoy ya no se escucha el eco de música saliendo de la taberna. Explosiones, gritos de órdenes, civiles y soldados corriendo hacia uno u otro lado han modificado la tranquila fisonomía pueblerina.
La cala donde acostumbraba a ver ancladas barcazas pescadoras de multicolores gallardetes ondeantes, está cubierta de lanchones de desembarco y a la distancia puede divisar grandes buques que transportan tropas y vituallas para la guerra.
Sus ojos turquesa se empequeñecen para atisbar mejor, pues el sol de la tarde lo hiere. Los reflejos rojizos sobre el agua golpean el corazón cuando le recuerdan otro rojo bermellón injustamente vertido.
Nadie parece reparar en su presencia, está agotado y el ardor de su piel le recuerda que ha caminado todo el día, pero eso no lo hace cejar en su intento de irse para siempre.
Mordisquea el trozo de pan que llevaba en el bolsillo, y continúa caminando. A un centenar de metros observa un buque de carga del que siguen bajando provisiones hacia barcas más pequeñas, que van y vienen al fondeadero como hormigas obreras acarreando comida.
Finalmente las sombras lo ayudan; puede esconderse dentro de una que regresa hasta la nave mayor. Confundido entre los portadores asciende a ella y
se introduce en las entrañas del navío. Un lugar húmedo, sombrío, le da cobijo detrás de cuerdas y toneles vacíos; por fin se deja caer y rato después el acompasado sonido de los motores se hace sentir.
El movimiento del inmenso monstruo de acero lo acuna en su vientre hasta que poco a poco el sueño llega.
Siente de pronto un tirón en las ropas; seguramente es su madre despertándolo porque se ha dormido… pero, al abrir los ojos, la realidad lo golpea como un mazazo. El tosco marinero de piel morena, le habla en una lengua desconocida…
Se hace un ovillo, temeroso de recibir castigo, aunque el inmenso hombretón solo le acaricia el pelo con ternura, lo toma de la mano y tira de él, obligándolo a seguirlo. Caminan por estrechos pasillos, suben y bajan escaleras, finalmente abre una puerta donde hay dos literas; le alcanza una toalla, jabón, señala un pequeño lavatorio, luego sale dejándolo solo.
Cuando el marino regresa, encuentra al casi niño envuelto en la toalla, aun con el pelo húmedo, sentado en un rincón; las ropas sucias dobladas a su lado y una expresión de angustia pintada en el rostro.
Comprensivamente el hombre sonríe, indicándole que se pusiera las prendas que le traía. En una bandeja, colocó una jarra con agua, queso, galletas y dos manzanas que el muchacho hizo desaparecer en instantes, mientras lo seguía mirando.
Pasaron los días, quién sabe cuantos! Giusseppe aprendió a decir: hola, buen día, gracias, no comprendo, en español. Diariamente esperaba la llegada del hombre que lo protegía; supo que se llamaba José, y lo sorprendió la coincidencia, pues llevaban el mismo nombre en distintos idiomas.
Algunas veces, durante la noche José se sentaba cerca cuando lo oía llorar y le murmuraba palabras que no comprendía pero lo calmaban.
Los oídos de Giusseppe se habían acostumbrado al sonido de las máquinas, hasta que un día escuchó que su ritmo cambiaba, se hacía poco a poco más lento, y finalmente quedó todo en silencio.
Risas en el aire, gritos en español. El barco había llegado a destino. Pasaron las horas, cuando ya bajaba el sol, José levantó su bolsa marinera y la puso al hombro, invitando al joven a que lo siguiera.
Subieron a cubierta, el marinero saludó con la mano en alto a un solitario compañero que hacía guardia, quien le respondió de igual modo, dirigiendo al mismo tiempo un gesto amistoso al jovencito.
Giusseppe miró a su alrededor… el agua tenía un color gris amarronado que desconocía. Hacia occidente, donde sus ojos siempre vieron azul mar, ahora se recortaba el perfil de una ciudad con altos edificios y luces que comenzaban a encenderse en el atardecer. Había cruzado el Atlántico, un marino, decente y bueno le había ayudado; ahora dependía de sus ganas de seguir viviendo y del propio esfuerzo para forjarse un futuro.
La vida estaba brindándole una nueva oportunidad del otro lado del océano, en un país desconocido. Argentina le estaba abriendo los brazos.

Magui Montero

Nota:3º PREMIO Cuentos.
Concurso SALAC. 2007 “Nenúfar Niró”3º Provincial, 2º Nacional y 1º Internacional.
Fotografía gentileza de Luis A. Gallardo Cortéz. Costa de Chile. Año 2005

Amo el mar

Amo el mar
fotografía tomada en la costa de Chile por Luis A. Gallardo Cortéz.