Algunas veces pienso...

Algunas veces pienso...
Fotografía tomada por Gustavo L. Tarchini

sábado, 24 de mayo de 2008

NUESTROS PADRES

NOTA ACLARATORIA: He decidido copiar las palabras que encontré en un power point que me enviaron. Hace algunos días se festejó el Día de la Madre en algunos países, y en el próximo mes de Junio es el Día del Padre.
Esto es para que aquellos que aun tenemos la dicha de tenerlos entre nosotros sepamos valorarlos y comprender muchas cosas que nos negamos a asimilar.
El archivo del que copié las palabras que están a continuación dice en las propiedades del documento
Sic: “el Texto es de Autoria de Marha Medeiros, formatado por Paulo Benites, em Piracicaba-SP, em 18 de outubro de 2005, ás 07:42 horas.”
Magui Montero

NUESTROS PADRES

Padres héroes y madres heroínas del hogar. Pasamos buena parte de nuestra existencia cultivando estos estereotipos. Hasta que un día el padre héroe comienza a pensar todo el tiempo, protesta bajito y habla de cosas que no tienen ni pie ni cabeza.
La heroína del hogar comienza a tener dificultades en terminar las frases y empieza a enojarse con la empleada.
Que hicieron papá y mamá para envejecer de un momento a otro?
Envejecieron... Nuestros padres envejecieron. Nadie nos había preparado para esto. Un bello día ellos pierden la compostura, se vuelven más vulnerables y adquieren unas manías bobas.
Están cansados de cuidar de los otros y de servir de ejemplo: ahora llegó el momento de ellos de ser cuidados y mimados por nosotros.
Tienen muchos kilómetros andados y saben todo, y lo que no saben lo inventan. No hacen mas planes a largo plazo, ahora se dedican a pequeñas aventuras, como comer a escondidas todo lo que el médico le prohibió. Tienen manchas en la piel. De repente están tristes. Mas no están caducos: caducos están los hijos, que rechazan aceptar el ciclo de la vida.
Es complicado aceptar que nuestros héroes y heroínas ya no están con el control de la situación. Están frágiles y un poco olvidadizos, tienen este derecho, pero seguimos exigiendo de ellos la energía de una usina. No admitimos sus flaquezas, su tristeza. Nos sentimos irritados y algunos llegamos a gritarles si se equivocan con el celular u otro electrónico, y encima no tenemos paciencia para oír por milésima vez la misma historia que cuentan como si terminaran de haberla vivido.
En vez de aceptar con serenidad el hecho de que adoptan un ritmo más lento con el pasar de los años, simplemente nos irritamos por haber traicionado nuestra confianza, la confianza de que serian indestructibles como los super -héroes.
Provocamos discusiones inútiles y nos enojamos con nuestra insistencia para que todo siga como siempre fue. Nuestra intolerancia solo puede ser miedo. Miedo de perderlos, y miedo de perdernos, miedo de también dejar de ser lúcidos y joviales.
Con nuestros enojos, solo provocamos más tristeza a aquellos que un día solo procuraron darnos alegrías.
¿Por que no conseguimos ser un poco de lo que ellos fueron para nosotros? Cuántas veces estos héroes y heroínas estuvieron noches enteras junto a nosotros, medicando, cuidando y midiendo fiebres!!
Y nos enojamos cuando ellos se olvidan de tomar sus remedios, y al pelear con ellos, los dejamos llorando, tal cual criaturas que fuimos un día.
El tiempo nos enseña a sacar provecho de cada etapa de la vida, pero es difícil aceptar las etapas de los otros...
Mas cuando los otros fueron nuestros pilares, aquellos para los cuales siempre podíamos volver y sabíamos que estarían con sus brazos abiertos, y que ahora están dando señales de que un día irán a partir sin nosotros.
Hagamos por ellos hoy lo mejor, lo máximo que podemos, para que mañana cuando ellos ya no estén mas... podamos recordarlos con cariño, de sus sonrisas de alegría y no de las lágrimas de tristeza que ellos hayan derramado por causa nuestra.
Al final, nuestros héroes de ayer... serán nuestros héroes eternamente...
Gracias!!

LA SEÑORITA ALEJANDRA

La anciana se encontraba de pie, destilaba dignidad y orgullo, mientras escuchaba el Himno Nacional Argentino. Regresaba a ese lugar querido después de muchísimos años; sus ojos azules estaban húmedos por la emoción, El viejo Hogar Escuela del que en su lejana juventud había sido docente hoy festejaba las Bodas de Oro.
Las imágenes antes tan borrosas, comenzaron a volverse nítidas y se vio de nuevo en aquel mes de mayo de 1949, joven, con el delantal prolijamente planchado entonando ese mismo himno, con el cabello suelto en doradas ondas, rodeada del abigarrado grupo de niños morenos y asustados ojos. El edificio adornado con banderas argentinas y las autoridades presentes. Las tejas rojas brillaban, los pisos estaban relucientes, aun percibía nítidamente las galerías con inmensos dibujos infantiles, el castillo de Blancanieves, la señora Osa con su delantal de cocina, rodeada por pequeños ositos en la casita del bosque. Olor a pintura, madera nueva y cera. Los dormitorios infantiles lucían alegres con una alfombra de estera, camas prolijamente arregladas, coloridas cortinas, En la parte central de la galería, estaba el inmenso cartel con las palabras “Los únicos privilegiados son los niños”
Una sonrisa se dibujó en el rostro apergaminado. Tenía 26 años cuando comenzó la maravillosa tarea en aquel sitio. Debía ayudar a forjar el futuro de esos pequeños que la vida había maltratado tanto. Todos ellos provenían de hogares con problemas estructurales, padres alcohólicos, madres solteras, maltratados, abusados, o tan pobres que era imposible su crianza y educación. Su misión no era estrictamente docente, pues debía formar, educar y contenerlos, darles cariño, enseñarles a jugar. Temía no poder cumplir con todo lo que esperaban de ella. Los niños habían pasado demasiadas dificultades y desconfiaban de quien se acercaba; estaban en todo su derecho.
Se propuso entregarles un poquito de alegría. En las horas que pasaran juntos, les enseñaría poco a poco a demostrar sus sentimientos; ella tenía Amor para brindarles y hacer que olvidasen en parte, el resentimiento, las carencias materiales y afectivas que siempre habían tenido.
Y así fue; la señorita Alejandra acompañaba a sus chicos a lo largo de las jornadas, les enseñaba a leer y escribir, a sumar y restar, compartía la hora del almuerzo, jugaba con ellos, solucionaba pequeños inconvenientes y les ayudaba a soñar.
Muchas veces decía: “me gustaría que cuando sean grandes puedan tener un título que les abra las puertas del futuro”. Solía preguntar que les agradaría estudiar y sonreía con las diferentes respuestas que recibía.
Su jornada concluía en el Hogar – Escuela al atardecer, luego que los chiquillos recibían la cena, les daba un beso y regresaba a su casa, donde aun tenía muchas responsabilidades y tareas que realizar.
Pasaron los años; la señorita Alejandra fue viéndolos crecer, los chiquitines se hacían adolescentes, algunos volvían a visitarla una o dos veces, mientras continuaba con su labor.
Algunos años después, por razones políticas del país, la castigaron arrancándola de la maravillosa tarea que tanto amaba, para cumplir funciones administrativas, pero ella nunca olvidó a los traviesos infantes que fueron casi sus hijos.
Ahora, no sabía de que lugar habían rescatado su nombre y el de algunas otras compañeras, que orgullosamente estaban en la primera fila del homenaje a quienes fueron pioneros en ese maravilloso lugar, donde los niños, de alguna forma, podían tener algo que les había sido negado en la vida.
Los aplausos al término del Himno Nacional, la sacaron rápidamente de las cavilaciones; hubo palabras alusivas, entrega de pergaminos, canciones interpretadas por el Coro de la Provincia y algunas danzas folclóricas. Se dio por concluido el acto; saludó viejos amigos que había perdido de vista hace algún tiempo, y comenzó a dar los primeros pasos, aferrada al brazo de su nieta, mientras se apoyaba firmemente en el bastón con la otra.
De pronto, un grupo de personas se acercó y la hizo detenerse; los miró extrañada, no creía conocerlos, y aunque sus ojos no la ayudaban demasiado, dudó, porque sus rostros tenían algo familiar.
- Señorita Alejandra! ¿Cómo está? ¿Se acuerda de mí? Fui su alumno cuando tenía 9 años, dijo el hombre con la voz entrecortada.
La anciana abrió sus brazos y apoyó su cabeza, en el pecho de ese caballero maduro, con el pelo corto entrecano, vestido de impecable traje gris, mientras las lágrimas corrían por su rostro.
- ¡Hola mi chiquito! ¡Nunca más te vi! Estás tan grande!
El hombre se rió un poco turbado por las palabras. Le recordó que habían pasado muchos años, que hacía más de 30 años se fue de la provincia, pero había aprovechado la oportunidad para cumplir una promesa que le hiciera cuando era su alumno y venía a mostrar lo que eran sus logros.
- Me costó mucho, es cierto que tuve que esforzarme, nada fue fácil, pero aquí estoy, soy profesor de Literatura. Trabajo en la docencia, porque usted me enseñó a amar lo que hacía, ella es mi esposa, y estos son mis hijos, la más chica tiene 16 años y se llama como usted. He cumplido; nunca olvidaré las palabras que nos dijo el día que terminé la escuela primaria. “Si uno de todos ustedes lo logra, mi misión estará cumplida y podré saber que lo aprendido dio sus frutos”.
La ex docente sonrió, tratando de mantenerse serena, le agradeció por haberla recordado y por permitirle saber como había concretado sus sueños, lo abrazó nuevamente con ternura, y se despidió de la familia.
Mientras caminaba hacia la salida reflexionaba; hay cosas que no les había enseñado a los pequeños alumnos; …debían buscar dentro de si mismos.
Era parte de cada ser humano; sin saberlo, ese niño lo había encontrado. Pensó que de nada hubiese servido sembrar miles de semillas, si el terreno no era fértil. Ella solo había ayudado a educarlos. Aquel pequeño tuvo dignidad, tenacidad, había puesto sacrificio y esfuerzo, pero tenía el sabor del triunfo, de lo conseguido por propio mérito.
Era cierto, se sentía satisfecha; aunque fuera mínimamente había logrado cumplir con la consigna que leyera en las paredes del viejo Hogar – Escuela: “Los únicos privilegiados son los niños”. No sabía si alguno más lo había conseguido, pero al menos “la señorita Alejandra” había colaborado, dándoles la oportunidad de serlo.
Magui Montero
Nota: Dedicado a mi madre en su cumpleaños. ¡Felices 85 años, mamá!

miércoles, 21 de mayo de 2008

BRUMA

Bruma blanca, algodonosa, donde se concentra el silencio. Los ruidos se tornan suaves, desaparecen; el entorno se envuelve con pinceladas fantasmagóricas. En un grito inaudible, pero presente, la boca nubosa absorbe los sonidos.
El paisaje es grisado como si un gnomo travieso hubiese pasado un esfumino. Las figuras se tornan lejanas, vagas, casi intangibles, tragadas por el vaho.
Fantástico mundo de niebla, asfixiante, húmeda; textura de gasa que aletarga y libera. Bocanadas tenues de un místico cigarrillo invisible cuyas volutas se expanden sutilmente.
Caminantes rutinarios oyen el eco de sus pasos diluyéndose, apagado roce en la mullida alfombra de grava de la plaza. El motor de los vehículos resuena a través de una sordina, amortiguando el rumor a la distancia.
Caricias con aleteos de ángel desvaneciéndose alrededor de la edificación urbana. Hálito vivificante y suspiro infinito, brisa apenas perceptible lamiendo la piel que se estremece con la frescura del amanecer.
El manto silente empieza a rasgarse, los rayos mágicos del sol comienzan a esgrafiar los árboles, las casas, las flores de los jardines.
La neblina que asciende girando en espirales, se esconde tímidamente. Poco a poco, pausadamente, la bruma va disipándose. Respiro hondo, nuevamente la ciudad comienza a recuperar sus colores.

Magui Montero
Nota: Fotografía tomada por Magui Montero en noviembre de 2005 - Cielo santiagueño

lunes, 19 de mayo de 2008

LA POMPA DE JABÓN

Caminaba dando pequeños saltitos mientras miraba las vidrieras iluminadas con luces multicolores. Llevaba en su mano una paleta dulce que saboreaba con deleite y la carita sonriente mostraba restos de “melcoche” almibarado.
Las calles se veían bulliciosas, melodía alegre salía de algún lado; el vendedor disfrazado de arlequín soplaba una cañita de la que surgían innumerables burbujas brillantes de distinto tamaño que se esparcían por el aire, flotando y elevándose al compás de la brisa mañanera.
La pequeña quedó parada mirándolo con asombro, mientras el arlequín sonreía y nuevamente comenzó a soplar pompas de jabón. Una de ellas grande e irisada, giraba alrededor de la nena acercándose cada vez más, hasta que la curiosidad le hizo apoyar los deditos en la burbuja. De pronto se encontró sentada en el interior y su risa estalló en pequeños gorjeos, mientras se elevaba suavemente sobre la gente.
El sol entibiaba el rostro risueño, en tanto ella miraba con curiosidad las copas de los árboles que se hamacaban graciosamente a su paso; los ocasionales espectadores señalaban el cristalino globo que jugaba con el viento elevándose.
El arrobo y la sorpresa ponían chispitas en los ojos de la pequeña, mientras observaba el paisaje que cambiaba de colores, a medida que la ampolla transparente recorría distancias, alejándola de la ciudad. Vio la carretera como cinta plateada que refulgía con la luz, un serpenteante río mostraba en sus lados manchones verde azulinos de vegetación costera, casitas rurales parecían pequeños recortecitos rectangulares, y a lo lejos vislumbraba montañas salpicadas de nieve.
Bandadas de golondrinas en vuelo emigratorio acompañaron el trayecto por un rato, retomando nuevamente su rumbo y ella reía ante los vaivenes juguetones de esa burbuja que la llevaba con rumbo desconocido. Los picos parecían inmensas parvas de chocolate, cubiertos de merengue, vistos desde arriba, la fronda era celofán jaspeado donde pastaban pequeñas ovejitas. Se fueron sucediendo pueblos y comarcas, hasta que comenzó a definirse la costa del mar.
Olas rugientes rompían fuertemente en las rocas, mientras la pompa de jabón seguía las formas costeras. Barcos veleros agitaban sus coloridas telas saludándola en su recorrido, que se hacía lento. Nuevamente estaba sobre una ciudad; una bahía mostraba naves de gran porte y la esfera flotaba suavemente. Llegaron a una plaza, donde fue descendió hasta rozar el césped.
La niña tocó nuevamente la cristalina y suave cápsula y esta se abrió dejándola bajar. Un árbol enorme extendía sus ramas y daba fresca sombra protegiéndola de la intensa luz solar; allí se sentó a descansar, en tanto admiraba ese lugar maravilloso y aspiraba con fuerza el aire marino.
Parpadeó repetidas veces porque el sol se filtraba entre las hojas del inmenso gomero, hasta que abrió de nuevo los ojos y se encontró en el dormitorio. En las manos no tenía ya la dulce golosina, estaba abrazando su querido osito de peluche. Había sido un hermoso sueño.

Magui Montero
Nota: Fotografía realizada por Antonio Flores en el año 1959. La niña es Magui a los 6 años

lunes, 12 de mayo de 2008

LA PIEDRA

Era un sueño largamente postergado. Había pasado diferentes etapas de mi vida hilvanando proyectos, que pensé no llegarían a hacerse realidad. Estaba en un momento crucial en que debía tomar decisiones, necesitaba reflexionar sobre cual sería el camino a seguir; la experiencia me decía que para ello debía irme lejos, el contacto con la naturaleza y los restos de una civilización por la que sentía profunda curiosidad, orientó mis pasos hacia el centro espiritual de los primigenios sacerdotes de Macchu Picchu.
Mi camino fue pausado, los ojos y el corazón se inundaban de colores, perfumes y sensaciones que superaban en mucho las expectativas que llevaba. El conocimiento de seres parcos y piel color bronce, paisajes diferentes, ciudades antiquísimas, ríos caudalosos, lagos de plácidas aguas, islas de increíble belleza fueron plasmando hitos en mi espíritu, preparándome para el momento trascendental.
A medida que transcurrían los días sentía que dentro de mí, se iba produciendo una transformación, por la percepción diaria de ese pueblo extraño y aferrado a tradiciones, mientras continuaba adentrándome en el Cusco (1). La gente aun conversaba fluidamente en lengua quechua, el idioma de sus mayores; las costumbres ancestrales eran diferentes a lo que conocía hasta entonces de otras regiones; los antepasados habían logrado construir palacios, templos y fortalezas de una belleza indescriptible, con diseños y ubicación en equilibrio cósmico tan perfecto que resultaban inexplicables muchas de ellas, aun para la ciencia actual.
Con el transcurso de los días, me sentí sorprendida, por los relatos de los guías locales, sobre la destrucción y humillaciones a que se los había sometido en nombre de una catequización hecha a látigo y punta de espada, sin respeto por los que demostraban mayor sabiduría a la europea de aquel momento, solo que la cultura Tahuantisuyo había honrado la naturaleza.
Entonces entendí el dolor de un pueblo al que se obligaba a festejar el “Día de la Raza”, cuyo significado era para ellos conmemorar el martirio de los suyos en defensa de sus creencias y costumbres.
Macchu Picchu era como la coronación del espíritu de aquellos seres, una ciudadela que representaba el santuario perfecto, la demostración de que a pesar de las muchas centurias transcurridas, aun persistía tercamente, diciendo aquí estoy; este es el mundo que nosotros quisimos.
En el amanecer de Macchu Picchu, el rostro del Inca se perfilaba a la salida del sol, perfectamente dibujado por la propia naturaleza. La creencia popular decía que quien se atrevía a escalar el Wayna Picchu (2) – la nariz del Inca – para que los rayos del sol lo tocaran al amanecer en la cumbre, tendría la paz que ansiaba y la protección de sus pasos futuros. Era el momento indicado; sin estar planeado, había llegado justamente entre el solsticio de verano y el equinoccio. A las siete de la mañana, cuando aun Macchu Picchu estaba en semipenumbras y rodeada de una densa neblina, comencé a escalar.
Sabía que me llevaría más tiempo que a los jóvenes y los deportistas, mis años de fumadora empedernida, me decían que no era adecuado hacerlo, pero eso aumentaba la obstinación por emprender el ascenso. Había aceptado los consejos de guías y gente avezada con la sugerencia de no llevar mucho peso. Mi mochila tenía una provisión de agua mineral, linterna, capa de lluvia, una fruta y dos sándwiches.
El trayecto no era difícil, un sendero angosto, muy escarpado y empinado pero perfectamente delimitado llevaba a la cumbre, en algunos tramos todavía resistían el paso del tiempo escaleras talladas en la roca por los antiguos habitantes de la ciudadela. El espacio no era mayor a los sesenta o setenta centímetros, salvo en pequeños lugares, donde se ensanchaba un poco, permitiendo descansar durante la ascensión, de un lado la pared montañosa, y del otro el vacío. En medio de la cerrada vegetación podía observar por momentos el caudaloso río Urubamba, afluente del Amazonas, y la ciudadela, que iba empequeñeciéndose a medida que trepaba.
Varias personas iban escalando, algunos se ayudaban con bastones, otros tomándose de las piedras; eran pequeños grupos de risueños jóvenes en busca de aventuras y buenas fotos, que habían viajado desde distintos países y se intercambiaban bromas.
Yo seguía trepando en silencio, respiraba agitada, me temblaban las piernas, descansaba cada vez con mayor frecuencia, hasta que finalmente llegue a la cumbre. Un majestuoso entorno se extendía a mis pies, la vegetación tenía matices azulinos y realicé el rito que me habían indicado, abrí los brazos en cruz, y puse mi rostro hacia el este para que me llegara de lleno la luz del sol. Luego bajé unos pocos metros, para sentarme a descansar en un lugar resguardado del intenso viento que soplaba, me ubiqué al cobijo de una piedra, comí la fruta y tomé un poco de agua.
Permanecí con los ojos cerrados, deseando poder compartir con alguien, estos instantes tan intensos. Quedé algo adormilada, hasta que el viento se hizo más fuerte, silbaba y pequeñas gotas de agua empezaron a caer. Cuando abrí los ojos; ya nadie quedaba en la cumbre, todos habían emprendido el regreso hacia la ciudadela, ante la inminente tormenta que se gestaba, tornando peligroso el descenso.
Estaba desorientada; la lluvia y el viento ya caían con fuerza, y comencé a buscar el sendero, para volver. Giré hacia el lado derecho, vi una pequeña flecha casi desdibujada, y supuse que tomaba el camino correcto. Lenta y cuidadosamente hacía los pasos, no se veía mas allá de los dos metros de distancia, el agua bajaba con fuerza desde la cumbre formando pequeñas cascadas que corrían arrastrando piedras, tornando más riesgoso el trayecto. Noté la vegetación espesa y algunos árboles que crecían en el precipicio, cubrían con su fronda el camino, formando un túnel sobre mí, haciendo que me sintiera más protegida.
Anduve durante aproximadamente una hora, hasta que llegué a la planicie, de no más de cien metros de lado. Sobre la pared de la montaña se abría una caverna, y un poco más allá los restos de una pequeña construcción “el Templo de la Luna”, y otras edificaciones, luego solo el precipicio, rodeado de árboles y lianas, y fue allí donde me di cuenta del error. Había bajado la montaña, pero hacia el lado opuesto, no había posible retorno sin escalarla nuevamente. Estaba agotada, el agua se había colado bajo la capa de lluvia dejándome empapada y seguía lloviendo. Decidí guarecerme en la gruta que tenía un cartel indicador, decía “La Gran Caverna”, era lugar sagrado, y según antiguas creencias la Luna protegía a las mujeres.
Mordisqueé un sándwich, tome algo de agua y me senté, mientras miraba, lo que parecían antiguas catacumbas. El silencio era roto solo por el sonido de la lluvia ó el aletear de algún pájaro buscando refugio. Los músculos dolían por el esfuerzo de más de tres horas de camino desde que salí de la ciudadela, y el temor comenzó a surgir. ¿Tendría fuerzas para enfrentar otra caminata? En este último tramo había cruzado frágiles pasarelas de madera, atadas con sogas, que se balanceaban sobre el vacío, sentía que la voluntad me estaba abandonando, pero apelé nuevamente a mi tozudez.
La lluvia estaba amainando, era hora de volver. La entrada a ese sector cerraba a las cinco de la tarde, y luego se verificaba si quedaban personas registradas sin regresar, para iniciar la búsqueda. Había escuchado que pocos meses antes un extranjero se perdió y no se pudo recuperar el cuerpo.
Levanté la mochila, la puse en mis espaldas, y comencé a caminar. Cada paso significaba un esfuerzo tremendo, las botas de escalar, parecían pesar toneladas, la ropa húmeda incomodaba; pero decidí hacer caso omiso a esos detalles y continué ascendiendo. Estaba arribando a la punta, cuando encontré un jovencito, sentado en uno de los descansos donde se ensanchaba la senda, los ojos mostraban angustia, tenía el jeans y una remera sin mangas totalmente mojados, los labios morados le temblaban por el frío y pude notar su alegría en cuanto me vio aparecer.
- Hola! - le dije - ¿qué haces aquí a esta hora? ¿Necesitas ayuda, te sucede algo?
Las palabras brotaban a borbotones, no quería demostrar mi alivio de encontrar otro ser humano en esa desolada senda, pues suponía que todos los visitantes habían regresado.
- Me sorprendió la lluvia, no traje equipo y hace frío. Yo entendí que la cumbre estaba más cerca, que solo eran unos minutos, mi familia está esperándome abajo.
- Toma mi capa de lluvia, ya dejó de llover, pero vos necesitas ponerte algo encima. ¿quieres un sándwich y un poco de agua?
- Si, gracias, tengo sed.
- Bien, es hora de continuar, ya es muy tarde. Vas por el camino equivocado, debes girar hacia atrás. Tenemos que ir la cima, y descansar un rato, para iniciar el descenso.
- No se preocupe, hace una hora que estoy sentado aquí, caminaré delante suyo y aviso que ya baja, así puede volver despacio, muchas gracias por su ayuda.
- Adiós amigo, nos vemos abajo.
Cuando llegue a la cumbre, ya no se veían rastros del muchacho, me senté agotada por el esfuerzo, pero ahora más tranquila, pues esperarían mi llegada.
La niebla aun cubría todo con un manto algodonoso, el viento helado parecía acariciarme, el sol se filtraba de ratos formando un arco iris majestuoso. Bajaba lentamente y desde lejos oí el lastimero sonido del erke, acompañado de parches y cascabeles. Recordé que ese día había un acto en que Macchu Picchu se postulaba a ser elegida como una de las maravillas del mundo; la emoción me superó e hizo el resto; ya no había lluvia, pero sentí el rostro húmedo por las lágrimas. Sabía que no debía levantar nada de la ciudadela, pues estaba prohibido; pero no me indicaron nada respecto a este lugar. Me agaché y recogí una piedra pequeña, no mayor que el tamaño de mi puño, desde la montaña sagrada de Wayna Picchu. La música interpretada con instrumentos legendarios me acompañaba envolviéndome mágicamente, y se perdía a lo lejos con el eco; pensaba en lo que había ocurrido e hice una promesa, al tiempo que apretaba fuertemente el trozo de roca.
Si había logrado atravesar este escollo, no habría en el futuro situación difícil que fuera insuperable. Cada angustia, cada pena, que afrontase; con solo mirar esa piedra – que acompañó mi regreso – podría resurgir el ánimo, me infundiría valor. Tenía la más absoluta convicción, que no existirían imposibles, si en ello ponía mi esfuerzo y voluntad.
Nuevamente estaba llegando a la ciudad sagrada; las nubes iban abriéndose. Macchu Picchu se veía hermosa al atardecer y los rayos del sol hacían resplandecer la Ciudad Dorada de los Incas…

(1) Cusco: En 1933, el XXV Congreso de Americanistas opta por el nombre CUSCO con ¨S¨, tomando como base el vocablo quechua QOSQO, que significa Centro u Ombligo de la cultura Inca o cultura del Tahuantinsuyo. También Cosco. En Perú se lo escribe con s.

(2) Wayna Picchu constituye un espolón que forma parte de la montaña, cuya base está bañada por el río Urubamba. Su nombre quechua significa “montaña aguja” o montaña joven” también llamada la nariz del Inca. Desde allí se pueden apreciar las construcciones de Macchu Picchu.

Magui Montero
Nota: Foto lograda por Magui Montero durante la trepada al Waina Picchu en el año 2007

domingo, 11 de mayo de 2008

ESBOZO DE UN FANTASMA


El sol comenzaba a levantarse en el horizonte. Las nubes iban tomando un suave color rosado ruborizándose por la tibieza de los rayos que acariciaban cálidamente sus bordes. Los sauces movían la melena perezosa y cadenciosamente al soplo de esa brisa fresca que preludia la aurora.
Permanecía laxa, apoyada en el césped aun húmedo por el rocío nocturno; en tanto, las estrellas se esfumaban en el cielo brindando los últimos chispazos estertóreos en inútil rebeldía, negándose a desaparecer. Jirones de mi aura se esfuman y se concentran en ondulantes dibujos de tonos pastel y me hacen sonreír.
La belleza y el silencio de la noche quebrado por el desafinado cri-cri de los grillos, estaba dando paso raudamente al majestuoso paisaje mañanero, la claridad avanza. La luz se intensifica minuto a minuto y los pájaros inician su coro de bienvenida al Astro Rey.
Solitaria espectadora del nacimiento del nuevo día, a la orilla del río, de mi amado río; vislumbro el agua, engañosamente mansa; la misma que esconde en su vientre remolinos y concavidades, atrapando en su seno a todos aquellos que se atreven a dudar de esa bravura. De rato en rato escucho chasquidos de peces que saltan y vuelven a hundirse en el lecho, poniendo chispas de plata en la superficie del agua.
Lejos, en la semipenumbra matinal se intuyen isletas grisáceas cubiertas de matas, que recuerdo de un intenso verde a la luz solar.
El hermoso paisaje de inmensa paz me hace feliz, la naturaleza se brinda en todo su esplendor y agradezco en silencio a Dios por la posibilidad de disfrutarlo. No hay mayor goce en mi espíritu que haber podido despojarme de la vestidura corporal en este sitio tan bello, mientras dejo para siempre la tierra que me vio nacer.
Los pies de pronto adquieren levedad, ya no siento el pastizal besándome los tobillos, el contorno de lo que fuera mi cuerpo se disuelve lánguidamente y comienzo a elevarme. Enredándome en la copa de un árbol, jugueteo formando serpentina alrededor de dos palomas que revolotean haciéndome cosquillas.
Por fin, mientras Santiago se despereza, me recuesto en la algodonosa nube que me sustenta, cobijándome en este viaje de eternidad.
Soy y no soy. Mixtura de nube y alma, de sentimientos y sentidos que se van evaporando. Fluyo hacia el infinito. ¿Dónde voy? ¿Hay trascendencia en la muerte – vida? Ahora tengo la respuesta. Solo que cada ser deberá encontrarla en el preciso instante en que deje de ser fantasma para transformarse en luz.


Magui Montero
Nota: Fotografía de Néstor Miño - Cristo Blanco del río - Ciudad de Santiago del Estero - Argentina

viernes, 9 de mayo de 2008

LA CAJA DE CUBIERTOS

Los recuerdos se entremezclan. ¿Quién sabe que es verdad o fantasía? pero gran parte de mi relato ocurrió hace ya muchos años y nos dio una lección de vida a mis hermanos y a mi.
Si vuelo en el tiempo, aun puedo ver la mesa tendida de nuestra casa y los reflejos que el tibio sol invernal ponía sobre los vasos prolijamente ordenados, a un lado la servilleta y el pan oloroso y crujiente colocado en la panera, esperando la hora del almuerzo.
Nosotros, jugábamos a los tirones, mientras aguardábamos la llegada de papá, quién exactamente a las 13,15 bajaba de la bicicleta con el mameluco enrollado en el porta-equipajes.
Corríamos a su encuentro, peleándonos sobre quién recibiría el primer beso (por supuesto, se las ingeniaba, para que llegáramos juntos). Mamá observaba el cotidiano juego, sonriendo, y comenzaba a servir humeantes platos de la infaltable sopa.
Desde pequeña sentí un especial orgullo por el trabajo de mi padre en los talleres de la vieja Usina de Agua y Energía; me agradaba el olor de su mameluco y de sus manos, mezcla de gasoil y otros desconocidos elementos para mí. Yo siempre decía “olor a trabajo”; sentía que su labor era importante. En mi inocencia, imaginaba que si mi padre no cumplía con su tarea, toda la ciudad quedaría a oscuras, pues los motores de la Usina, nunca debían dejar de funcionar. Al paso del tiempo, llegué a comprender que ese sentimiento me lo había transmitido él mismo, por la alegría y responsabilidad con que hacía su trabajo de mecánico tornero.
Fue durante la conversación de un almuerzo, (en la cual no debíamos hablar y solo escuchábamos lo que se decía) que comentó acerca de la ruptura de la maquinaria en una hilandería que había en la provincia.
Se lo notaba preocupado, la fábrica estaría parada y allí trabajaba mucha gente humilde, que necesitaba ese jornal.
La pieza debía ser traída desde Alemania (donde había sido adquirida la máquina hilandera) o hacerla en Buenos Aires, pero debían desmontarla y no había elementos con que llevar a cabo algo tan complicado, por las dimensiones que tenía.
Los días pasaban hasta que alguien comentó que Santiago contaba con personas capacitadas para desmontar y hacer la nueva pieza, pero solo había una pluma adecuada y un torno capaz de construirla, y pertenecían a Agua y Energía Eléctrica de la Nación.
Llamaron a mi padre para preguntarle; y les respondió que él mismo podría hacerla, fuera de su horario habitual, pero era solo un obrero y se necesitaba permiso de la máxima autoridad del Organismo.
Los responsables de la Hilandera hicieron los trámites, y la autorización llegó. Mi padre pidió a otro compañero que lo ayudara y se abocaron a la difícil labor.
Durante dos semanas, lo veíamos llegar cuando ya había oscurecido, agotado por las largas jornadas, con la vista enrojecida, porque era un trabajo de precisión y debía salir perfecto. Hasta que una tarde llegó feliz y dijo – ¡Ya está! ¡La hilandera funciona nuevamente!
Supimos por mamá que le preguntaron cuanto cobraría por esa labor, y con su humildad de siempre respondió que no correspondía, porque lo había realizado con herramientas del Estado.
Algunos días después, estábamos sentados tomando de merienda, nuestro mate cocido, cuando golpearon la puerta.
- ¡Papá, te buscan dos señores de traje! Papá fue a recibirlos y luego llamó a mi madre. A los pocos minutos pasaron al comedor. Mis hermanos y yo curioseábamos desde la cocina y escuchamos estas palabras… - Señor, sabemos que no quiso cobrar por su trabajo, pero la Hilandera y muchísima gente está en deuda con usted; permítanos al menos hacerle un presente a su esposa. Mi padre aceptó, y los hombres pusieron en manos de mamá una caja grande, envuelta en papel de seda, con un lindo moño dorado y tarjeta.
Cuando se retiraron, mis padres colocaron el regalo en la mesa y rompieron la envoltura; era una caja con cubiertos labrados prolijamente y colocados en su lugar sobre gamuza azul.
Mamá abrió muy grandes sus hermosos ojos azules y murmuró – Es bellísimo, muy fino, no sé si alguna vez tendremos oportunidad de usarlos… Durante años, la caja estuvo guardada arriba del ropero de mis padres. Ya adultos, cuando se casó la menor de mis hermanos, mis padres resolvieron regalárselos, pues nunca los habían sacado del estuche. Era como una fina joya en las manos de un obrero, algo demasiado lujoso para nuestra sencilla mesa.
Hoy vi la caja en casa de mi hermana, la abrí y pasé los dedos suavemente por el labrado que tan bien recordaba. Aun sigo creyendo que nunca serán usados. Para nuestra familia no es un estuche con vajilla; es un diploma al honor, una medalla a la hombría de bien, la humildad y la decencia de un obrero santiagueño.


Magui Montero

miércoles, 7 de mayo de 2008

LA TORRE


Caminaba de regreso, la jornada había transcurrido llena de tensiones. El trabajo se estaba acumulando; las fuerzas y la voluntad le jugaban una mala pasada, sutilmente todo se volvía poco a poco anodino, gris, descascarado. Era el mediodía, la gente se agolpaba en las paradas de colectivos, los automóviles pasaban rápido y tocaban bocina nerviosamente, cada uno con el apuro de llegar a su casa.
Tenía los pasos cansados; se dejaba besar por el viento y el sol, sin tener conciencia de que la rozaban. Miraba las vidrieras sin verlas, los cristales parecían azogados; en ellos, podía observar su propia figura reflejada, erguida, con un toque de orgullo, para quienes se cruzaban en el camino, porque no conocían el peso que cargaba en las alforjas invisibles de su espíritu. No había urgencia por llegar, nadie esperaba, solo el pequeño perro negro, que olfateaba y movía la cola cada vez, que abría la puerta de la casa, dando su bienvenida.
La vida se deslizaba, seguía su curso, sin embargo, parecía que ella había quedado a un lado. Nada lastimaba demasiado, ni la alegraba más allá de lo razonable. Seguía un ritmo marcado por las horas que continuaban pasando y la rutina calcaba, reiterando iguales mañanas, tardes y anocheceres.
En su eterna búsqueda de equilibrio, fue abandonando poco a poco todo lo superfluo, ni mucho llanto, ni mucha risa, hasta trastocarse en una caja de pocas aristas, pequeña, hueca y vacía. Su otrora brillante mirada se había opacado, manejándose a tientas, llevada solo por la intuición.
Ya no existían los suspiros, ni los gemidos; el nexo con las personas que amaba y estimaba se iba diluyendo, pero aun estaba. Cada vez un paso más atrás, seguía al alcance de sus brazos; tratando de mantenerse cerca cuando tropiecen, y así poder evitar que se lastimen.
Era un difícil destino, signada a ser apoyo de todos; palabra amiga, compañía, consejera en momentos angustiosos, pero ella también necesitaba respaldo; el bastión de la entereza estaba cayendo.
Los cimientos iban perdiendo sustento y poco a poco ganaba la tristeza. La suficiencia y el meticuloso prestigio de ser la más fuerte, fueron aislándola, como una torre que se yergue en el desierto.
Su soledad era arena de un páramo que la rodeaba y estaba sorbiendo el agua de la vida; la torre podría derrumbarse y no quedarían vestigios de lo que alguna vez fue.
Hasta que la mujer comprendió con el paso del tiempo que no estaba sola, había personas, que ella no supo percibir… Después de largas cavilaciones y dudas, descubrió que en realidad todos esos seres formaban su basamento; no debía caer, la estructura de la torre aun tenía fortaleza, a pesar de los vaivenes de la vida, debía mantenerse intacta.

Magui Montero

martes, 6 de mayo de 2008

hay que seguir

Si… hay que seguir.
Problemas domésticos,
dramas cotidianos,
me arrastran en un vórtice sin fin;
pretendiendo que no ocurre nada,
que todo está perfecto,
construyendo un mundo
de cartón pintado
y felicidad fraudulenta.

Y por dentro?
Y el agujero en el alma?
Y las oquedades como cavernas
oscuras y resecas??
Eso no debe verse…,
no está permitido mostrarlo.
La gente vuelve la cara,
porque es demasiado fuerte
ver en otro el agobio y el dolor,
que quizás también por amor
sufren ellos calladamente.

Los ríos de lava candente
que corrían por adentro
se han secado aquí en mí pecho,
formando corteza dura,
y ningún cincel logra romper
esa perfecta armadura.

Tu amor lejano y perfecto
como la brisa de abril,
es solo hermoso recuerdo.
Fui un alegre barrilete
Que acariciaba las nubes
tratando de llegar al sol,
y en mi afán por alcanzarlo,
cortó el sedal desgastado,
y el cordaje quedó suelto.
Siento que me estoy cayendo
en espirales violentos
que anuncian mi destrucción
al llegar a tierra, rauda.

¿Y tú? ¿Acaso ignoras lo que sucede?
Tu voz cálida, pausada, tranquila,
impulsándome a seguir calmada,
a confiar en el futuro,
a continuar esperando…
el tiempo de los brotes,
o la estación de la cosechas.
Y el tiempo sigue su curso…

No!! No puedo!!
Muero por gritarte que no alcanza!!
Necesito tus brazos, tu piel,
tus ojos como saetas de ébano
traspasando mis entrañas,
haciendo manar nuevamente
el geiser de mi amor salvaje, bravío,
estoy sedienta como la arena del río.

Más… estás tan lejos!!
No escucharías mi grito.
Problemas domésticos,
dramas cotidianos
cubren tus sentidos.
Simulas que no ocurre nada,
Que todo está perfecto…

También estás armando
tu mundo pequeño…
de cartón pintado
y felicidad fraudulenta.

Magui Montero

viernes, 2 de mayo de 2008

EL NIÑO CIEGO

Tibia jornada de otoño, la plaza luce solitaria pero tan bella!! Los árboles están desnudando su cuerpo poco a poco y un manto dorado cubre las veredas que resplandecen bajo el sol mañanero.
La brisa juega con mi cabello, mientras permanezco sentada, con los ojos entrecerrados, como intentando esconder la mirada; pero en realidad esto sirve solo para fijar dentro mío lo colorido del paisaje. Las aves revolotean en amplios círculos disfrutando de los vaivenes del suave viento otoñal.
En la caja de arena, cercana a los juegos infantiles, un niño balbucea y sus gorjeos se entremezclan con el de los pájaros. La joven que aparenta ser su madre, un poco alejada, lee un libro, pero sin dejar de levantar la vista de a ratos para mirar al infante.
Desde este lugar, puedo observar todo sin ser descubierta, mi inmovilidad hace que no pueda ser percibida fácilmente. El niño de cabello oscuro, regordete, tiene un peluche entre las manos y lo acaricia con suavidad; despertando mi interés. ¿Por qué no corretea hacia donde están los juegos? ¿No le llaman la atención? Su boquita roja y húmeda besa el muñeco, lo mece y lo toca, mientras sigo haciéndome preguntas silenciosamente.
La curiosidad me fue ganando poco a poco, y luego de titubear, temerosa de romper el hechizo del momento, voy acercándome con lentitud; con miedo a que el pequeño se sorprenda y rompa en llanto; pero sigue con toda su atención puesta en el juguete. De a ratos lo pasa por su carita y ríe nuevamente.
La mujer se levanta cuando me ve cerca de la criatura, y saluda con un cálido – hola! y una linda sonrisa, que me hace responderle de igual forma.
- Que hermoso niño, digo casi susurrando.
- Sí, es hermoso, contesta llena de orgullo.
- Me despertó mucha ternura ver la forma en que acaricia su muñeco.
- Lo está conociendo – dijo.
- ¿Cómo? No comprendo.
- Es la manera que tiene de explorar el mundo, el juguete es nuevo y mi hijo ciego. Lo es desde el día que nació, por eso tiene una forma especial de tocarlo.
Avergonzada, acaricié el rostro del chiquitín, me despedí de su madre y comencé a alejarme lentamente, mientras trataba de asimilar el impacto que me causara la conversación.
Reflexioné sobre el vínculo del dulce chiquillo con el animalito de peluche, sus gestos afectuosos y la conducta diferente de los adultos.
Las personas vivimos cubiertas por una fachada que nos impide exteriorizar lo que sentimos. Si tan solo tuviésemos actitudes y manifestaciones de AMOR en cada cosa que hacemos, si expresáramos abierta y libremente nuestros sentimientos, si la ternura fuese un nexo habitual para relacionarnos, quizás eso nos fortalecería. Podríamos encontrar la energía necesaria para seguir adelante, en un mundo superficial, donde la urgencia por crecer económicamente y la anarquía del orbe moderno, nos ha extraviado la coherencia por las cosas importantes.
Ciego? El niño era ciego? Quizás si, para percibir colores, para mirar objetos; pero la ceguera del mundo era mayor. Nos negamos a irrumpir en el mundo de los sueños, desplazando la calidez de los sentimientos por la hipocresía de parecer, del que dirán; y en nuestra ceguera eterna, permanecemos solos y aislados, pero fieles a la concepción de vida que la sociedad nos impone… parecer más que ser.
El tenue viento se hizo más intenso, me estremezco. No sé si es por el frío, o por la impotencia de vivir encarcelada por los escrúpulos, atrapada por la mojigatería, como siempre y para siempre el: “Ser correcta hasta la tumba…” Podemos elegir entre parecer o serlo verdaderamente…

Magui Montero

martes, 29 de abril de 2008

Silueta Nocturna

Quieta, semeja una sombra de tan relajada,
el cuerpo plegado tendido en la cama
La mujer espera y el reloj avanza,
mientras el silencio nocturno la atrapa

Ella está soñando con su amor secreto,
aquel que se esconde tras de los celajes
Al que no se nombra ni aun en susurros
y templa su cuerpo con besos salvajes

No debe intuirlo ninguna persona,
la envidia la acecha y el temor renace
El vendrá a escondidas, desde allá, muy lejos
es amor prohibido, pase lo que pase.

“La noche está oscura…
Ni una estrella late…”
Dulzones jazmines rozan con su aroma,
sugieren y besan la boca insinuante,
La brisa acaricia su vientre desnudo
y arranca suspiros al cuerpo que arde.

Por dentro lo sabe, no es vana la espera
él siempre estará, aunque ella lo guarde
porque entre los sueños de dulces quimeras
ya tuvo en sus brazos al fogoso amante.

Magui Montero

lunes, 28 de abril de 2008

PENSAMIENTOS LIMPIOS

Cuantas veces hay sucesos o palabras que se leen y despiertan reflexiones. Los libros abren puertas al conocimiento, hacen soñar, recuerdan seres queridos, imaginar situaciones vividas, y lo maravilloso que tiene la vida. Las alas de la ilusión que uno creé que están rotas o no existen, siguen ahí, aunque tienes miedo de golpearte de nuevo cuando sufres desilusiones.
Y piensas; puede suceder que no estés de acuerdo con lo que otros autores escriben, o los razonamientos sean diferentes; sin embargo eso te hace observar mejor, limpias la mirada y encuentras que todos desde los diversos ángulos en que opinemos, tenemos cosas comunes. Es tratar de mejorar, no hay quien haga las cosas, apostando a lo que es incorrecto o malo para sus amigos o su familia. Algunos tenemos más pudor o nos cuesta compartir sentimientos, pero eso no depende de lo que esté dentro del corazón, sino de la facilidad con que uno cuente para expresarlo.

Hace poco leí que a las cosas viejas hay que tirarlas u olvidarlas, ¿Por qué? No necesariamente lo que es viejo es sinónimo de inservible. Las tarjetas que se guardan te hacen recordar momentos gratos compartidos. Es maravilloso poder ver ancianos disfrutando a lado de sus nietos, y a la gente adulta transmitiendo sus experiencias a los más jóvenes.

Se puede rescatar todo lo que la gente madura nos enseña; el trayecto, el ejemplo, o incluso los desaciertos propios o ajenos, son buenos para no repetir errores al paso del tiempo. Allí nos dirigimos, al nudo principal de este tema, la Educación. Cada acción de un adulto es ejemplo, bueno o malo para los más jóvenes.

Al que tropieza, se lo debe ayudar a incorporarse. Si así no fuera, ¿Cómo nuestros niños aprenden a caminar? La enseñanza debe ser realizada por medio de la ternura y la palabra grata; los gritos asustan, la agresividad de palabra o de hecho lastiman el alma y dejan cicatrices que son difíciles de borrar. El cariño aunado a la firmeza, como método de educación, permiten conseguir idénticos resultados.

Los seres humanos debemos aprender a comunicarnos, la belleza de la convivencia sin agresiones nos permite crecer a todos. Lo que se debe exigir, es respeto, tener ideas claras, pero inevitablemente no se puede renunciar a normas de conducta y es dentro de la familia donde se aprende a desarrollar nuestro comportamiento en sociedad. La verdadera libertad reside en hacer las cosas correctas, siendo uno mismo y respetando a cada uno de los seres que nos rodea.
Se debe continuar creciendo, para el bien de todos, buscando un equilibrio, evitando lastimar a quienes son parte de nosotros.
Magui Montero

viernes, 25 de abril de 2008

EL YAGUARETÉ

No hay frontera, nada dice que es el límite de tres provincias. Los árboles, centenarios vigilantes de la selva, en apretado abrazo enlazan sus ramas, unidos por cientos de cordajes que forman las enredaderas.

Sobre la bóveda vegetal, la luna llena cubre de plata la noche, incrustando su luz como una saeta, en los resquicios que deja la fronda y salpica de lentejuelas los humedales. La quietud, solo es herida de a ratos por el grito de algún pájaro nocturno, el sonido del cascabel de una víbora, o las breves carreras de los ratones.

Una mullida manta de hojarasca, restos de corteza y pastizales, amortigua el sonido de los pasos; aquí está en su mundo, libre y silencioso. El yaguareté, detiene sus movimientos, ha elegido quedarse cubierto por una mata de hojas, cerca del desnivel del terreno. Desde allí puede observar la aguada, donde van a abrevar los animales. El instinto le dice que encontrará sustento adecuado y permanece agazapado esperando a la presa.

Debajo del negro antifaz que ofrece la noche, sus ojos brillan con destellos esmeralda. Nada hace percibir que está vivo, con las orejas enhiestas, el hocico en alto tratando de ventear algún animal que le permita alimentarse.

De pronto, una guasuncha (1) - el cervatillo del monte - se acerca al lugar; mira hacia los lados oteando y se encamina con precaución al charco. El yaguareté aguarda, es la eterna lucha por la subsistencia, no hay odio, no hay perversidad, solo hambre.

Triunfa la sagacidad, y de un solo zarpazo somete al venado. Meticuloso rasga, muerde y traga hasta quedar saciado; toma un poco de agua y queda descansando a un lado de los restos de su pitanza; nuevamente quieto, pero esta vez adormilado, con el apetito satisfecho.

A la luz nocturna se pueden percibir las manchas oscuras en su piel dorada. Es un ejemplar adulto, bien alimentado, el entorno selvático le brinda todo lo necesario para mantenerse. Nunca se acercó al poblado, conoce a los hombres y trata de mantenerse alejado de ellos; solo los vio a la distancia, pero su natural intuición le dicta que es peligroso; es la cautela del que sabe sobrevivir en un medio donde el descuido puede costar la vida.

Pasan las horas, la moneda de plata ha rodado hacia el oeste en el firmamento, está comenzando a amanecer, y con ello, la búsqueda de sustento. De pronto, alza la cabeza, olfatea y se mueve inquieto.

Hay un rumor distinto que hiere el aire. Los pájaros se alzan con chillidos de miedo, siente el golpetear de cientos de patas atropellándose en tumultuosa estampida y un olor diferente. Voces humanas, ruido de maquinarias; los seres humanos, en su afán de lucro, están limpiando terreno, no respetan límites; están hiriendo sin saberlo o a sabiendas, el habitad de este y otros animales. Pero el espontáneo sentido de supervivencia del yaguareté, lo lleva, junto a los que como él, eligieron la senda del que lucha por sobrevivir, a desplazarse más hacia el norte y seguirse procreando.

El yaguareté no está derrotado, es un animal que no puede ser fácilmente vencido. Buscará algún lugar, donde aun el hombre no pudo invadir; jornada a jornada, se internará más en la selva, alejándose de las apetencias humanas, llegará a pozos y vertientes inexploradas… hasta que un humano alcance ese paraje y decida, que la fertilidad de esa tierra es buena para sembrar, o que los árboles de la zona representan un negocio rentable.

El hombre continúa destruyendo. Poco a poco seguirá aniquilando la naturaleza e inexorablemente va signando su propio futuro. No lo sospecha, pero está ligando el presente al momento en que comiencen a desaparecer muchas otras especies; porque en su feroz apetito irracional por la riqueza, terminará matándose a si mismo.

(1) guasuncha también conocido como guasuncho ó corzuela
Dedicado a la Lucha por la vida y la defensa de las especies en extinción
Magui Montero

MIS CIELOS

Me revuelvo en la cama, noche de calor intenso y chicharras, las voces que dicen frases desde una emisora radial y hacen retroceder en el tiempo, a otras veladas en que por una razón diferente, también quedaba pegada a las locuciones que susurraban cosas, menos bonitas, más angustiosas.
Invierno, frío intenso, el mate que acompañaba largas madrugadas sin sueño, pensando en seres que estaban allá, muy lejos de su provincia, defendiendo un pedazo del arrebatado suelo argentino; esperábamos una señal, noticias buenas, algo que nos dijera que todo estaba bien y lo que mi mente perversamente imaginaba, eran solo pesadillas.
Mis chicos debatiéndose entre el frío, el miedo y la oscuridad, aferrados a las armas, mientras sus labios resquebrajados murmuraban los nombres de sus seres queridos o musitaban la protección de Dios en oraciones que fortalecían el espíritu, totalmente convencidos de hacer lo correcto, defendiendo ideales profundos; con la convicción de saber dentro de si, que no importaba entregar su juventud, ni su sangre, si ello era necesario, para defender la Patria.
Los gritos, los ayes, las explosiones, la humedad de ese suelo barroso, tan extraño y tan suyo. La incongruencia de lo desconocido y lo intensamente amado, del hambre atenazando las entrañas y los dedos agarrotados esperando un nuevo amanecer, suspirando por un día con sol que les recordara la tibieza del terruño, mientras la niebla lo cubría todo.
Y me sentía junto a ellos, los pensaba. Ya estaba hecho, errores acumulados por quienes decidían el futuro. ¿Que importaba de quien eran las culpas? Eso no era concluyente.
Ha pasado el tiempo, vuelvo al intenso calor del verano santiagueño y las Malvinas lejanas y profundamente insertadas dentro mío.
Me revolvían las entrañas las burlonas risas de quienes no entendían nada, porque no tenían el mínimo respeto por mis héroes muertos, aquellos que descansan en las profundidades del mar o en cientos de anónimas cruces blancas, en medio del eterno viento del sur; rodeadas también de un cerco blanco; y el sol que no entibia ni un poquito ese pedacito de tierra argentina.
Ha vuelto la Paz, pero a través del tiempo he aprendido a aceptar a los irresponsables, a los inmaduros de corazón, a los poco o nada enamorados de nuestra tierra, y sin embargo la diaria convivencia con ellos me enseña que también son hermanos argentinos.
Aunque hay quien no lo llegara a valorar, un puñado de otros muchachos nunca volvería junto a los suyos; habían quedado para siempre en nuestro usurpado Territorio Nacional, por el que dieron su vida. Estaban bajo un igual cielo hermanándonos a todos, porque aun lejanas, Las Malvinas ES MI PAÍS, ARGENTINA.

A los soldados de mi patria
NOTA: LA FECHA EN QUE LO PUBLICO, NO ES UNA MERA COINCIDENCIA.
Magui Montero

miércoles, 23 de abril de 2008

DEBAJO DE LA PIEL

¿Qué me hace elegir el tema sobre el que escribo? No lo sé. Puedo llamarla signos: una palabra, una persona, un sonido, una imagen, un recuerdo y de pronto es un rayo de luz en la mente; entonces la idea fructifica rápidamente.
A veces tengo dentro de mí una nebulosa, otras es como el mar que arrastra, nunca sé dónde o cómo culminará un cuento, un relato, una reflexión. Probablemente la mayoría de los que acostumbramos escribir apasionadamente, sin mayores conocimientos de la técnica literaria, tengamos similar forma de iniciar un manuscrito, orientados por la necesidad de volcar en papel lo que poseemos en el corazón, y Dios nos lo susurra al oído.
De pronto me transformé en un árbol, en el paisaje, o en otra persona. Desde allí puedo contar las experiencias de tantos seres diferentes, mimetizándome bajo su piel. Algunas son las cosas bellas que la vida ofrece; contrariamente, otras dolorosas y difíciles, surgen pugnando por salir del pecho.
Quizás pueda explicarlo con un ejemplo muy vívido. Hay unas palabras que suele repetir mi madre, quien a su vez las escuchó de la suya; cuando le preguntan a cual de todos sus hijos quiere más o quién es su preferido, ella siempre responde del mismo modo: Mira mi mano, mis dedos son diferentes, pequeños o grandes, finos o gruesos, pero si me das un golpe en cualquiera de ellos, la intensidad del dolor será igual; lo cual de otra manera manifiesta las palabras que una vez nos dijo Jesús “En verdad les digo que cuando lo hicieron con alguno de los más pequeños de estos mis hermanos, me lo hicieron a mi” (*)
Creo que es la forma más clara que encontré de expresar el porqué voy cambiando de apariencia para narrar o explicitar sensaciones y hechos que ocurren en cualquier lugar del planeta.
Las plantas, los animales y las personas sentimos, sufrimos o amamos; al meternos dentro de su piel, es como podremos asimilar nosotros mismos su sensibilidad y explicar lo que diferentes seres viven. La percepción es confusa hasta que comprendo y las palabras me permiten describir emociones que no sabía se encontraban dentro mío.
Mis escritos solo tienen un sentido; llegar a las fibras íntimas de cualquier persona, sensibilizar a todo aquel que tiene oportunidad de leer mis impresiones, ayudarles a recordar que la naturaleza debe ser respetada porque todos formamos parte de ella; si intentas destruirla, no olvides que aquí estamos y somos parte suya.
La mejor sugerencia es ponerse en el lugar del prójimo tratando de sentir lo mismo; si lo consigues, estarás cumpliendo una misión en la vida y por humilde que la contribución sea, igualmente tendrá la consistencia de lo trascendente, pues ayudará a forjar un mundo mejor.
(*)Cita de La Biblia – Mateo 25. 40
Magui Montero

martes, 22 de abril de 2008

LA IMAGEN

Las personas imaginamos diferentes cosas de acuerdo a lo que nuestros sentidos perciben. Los gestos que puede ver una persona sorda, las sensaciones través del tacto o el oído en los ciegos; hacen que tanto para quien transmite el estímulo como para aquel que lo capta, puedan ser percepciones diferentes o similares, de acuerdo a la emotividad de cada individuo, la manera en que lleguen los estímulos y el conocimiento que tengan uno del otro.
Esto puede suscitar que el mensaje corporal, táctil, auditivo o gestual sea advertido de forma confusa o exagerada; aunque generalmente sucede que quién repara en ello, está mejor preparado, porque al ser conciente de que no puede usar uno de sus sentidos; se acrecienta la capacidad de captación a través de los restantes y tiende a equilibrar la desventaja.
Esto mismo sucede con las personas que cuentan con todas sus aptitudes sensoriales, pero por diferentes motivos no pueden “ver” a quien transmite el estímulo; sin embargo cuentan con algo que puede suplir perfectamente este sentido, construyendo una imagen mental de acuerdo al timbre de voz, los requiebros, las pausas, la entonación, las palabras y frases que emplea.
La situación que refiero ocurre cuando se conversa telefónicamente con alguien a quién no se conoce, o cuando escuchamos a un locutor o locutora radial. Exactamente a la inversa sucede al leer una frase escrita, en una conversación de Chat, ésta puede tener diferentes interpretaciones o ser sacada de contexto si no escuchamos la fuerza o entonación, dadas solamente por la voz, ello no puede ser reemplazado ni compensado, con signos de puntuación o exclamación; aunque la sensibilidad hace que igualmente pueda crearse un puente de comprensión.
Cuando oimos una voz femenina suave, agradable, bien timbrada, la imagen mental que se crea es la de una chica joven, educada y bonita. En consecuencia, cuando escuchamos palabras groseras, soeces, torpezas que intentan ser graciosas, o se trata en forma desconsiderada a quien oye, inmediatamente lo imaginamos desagradable.
En otras ocasiones, quizás equivocadamente, uno piense en alguien serio y formal, pues es la “imagen” que trata de mostrar, pero siempre que la persona receptora sea sensitiva, podrá descubrir el verdadero ser.
No importa en realidad como sea físicamente quien está del otro lado emitiendo un mensaje; su repercusión dentro de otro ser, está dada por lo que emana de su interior, la calidez y las inflexiones de la voz, el cariño, el respeto y la consideración, las bromas dichas con tono agradable y divertido. De esta forma, la idea proyectada hacia quien la percibe, será siempre hermosa, porque lo que está forjado con el corazón y el espíritu une más allá de todo lo que los ojos puedan visualizar.
Magui Montero

jueves, 17 de abril de 2008

LA TRAMPA

Me gustan los desafíos, acuso los golpes, pero puedo responderlos. Probablemente la manipulación de la que soy objeto, para diversión o entretenimiento de algunos aburridos, no afecta mi espíritu, sin embargo sirve para acompañar tardes sin demasiadas cosas por hacer, o mucho por realizar pero pocas ganas, porque significa renunciar a otras banalidades.
Creo que la principal idea parte del porque sigo este juego; cual es el sentido que tiene responder a las situaciones que enfrento. La mente es algo extraño, nos hace sacar lo guardado dentro, mezcla de sentimientos y pensamientos; esto puede ser bueno o malo, depende de cada uno, probablemente surja todo simultáneamente, ayuda al análisis que habitualmente se realiza en silencio, fuera de lo que otras personas puedan opinar.
Al poner estas ideas por escrito, uno mismo se enfrenta con sus miedos y hasta la indiferencia con que actuó frente a determinadas situaciones. Puedo afirmar que realmente sirve para poder crecer como ser humano; de nada valen las amenazas, simplemente expreso lo que creo mejor tanto para las personas que amo, como para quienes son parte de mis afectos. Aquí no es importante la actitud de “los otros” importa cual es mi forma de vida, cambiar actitudes y ser ejemplo; no solo a través de lo bueno, sino para que lo malo no envenene nuestra existencia.
Cuando repito palabras, cuando elijo sinónimos y no los encuentro, cada hoja del diccionario en un chispazo, que parpadea frente a mi, puedo elegir captar la idea o pasarla por alto, pero inevitablemente debo ver que es lo que se sugiere.
¿Esto significa que puedo ser moldeada y obligada a hacer lo que yo no deseo, o lo que otros quieren que haga? No lo sé, supongo que quiera o no, finalmente terminaré aceptando que la presión de la que soy objeto es agobiante; pero hay algo en lo que seré criteriosa; no haré algo en contra de lo que son mis propias pautas de conducta. Sé que tengo valor para resistirme a las trampas que se ubican frente a mí, pero las observo como pruebas que Dios puso en mi camino para abrirme los ojos.
Algunas veces nos vemos en situaciones en que debemos reprender a nuestros hijos, pero eso no significa que no los amemos, solo tratamos de ayudarlos. Leo y releo, cada frase, las palabras se van transformando y toman diferentes sentidos. ¿Es un juego de ideas? ¿Estoy siendo usada para expresar algo diferente? ¿Porque a nadie se le ocurrió hablarme frontalmente y decirme que es lo que sucede? ¿Soy parte de un experimento o simplemente es mi imaginación? Creo que algún día terminaré por ver todo claramente, o al menos eso es lo que espero.
Debo aceptar que estoy cambiando; tengo errores, aunque cada momento siento que es más fácil caminar sin tropiezos. La adaptación resulta difícil; pero sé que puedo llegar a lo que me propongo, esforzándome. Trato de no defraudar a las personas que creen en mí y cumplir con mis promesas; los sentimientos me hacen sufrir, tengo la certeza de que estoy haciendo lo más adecuado, pero actuaré pausadamente.
Unas frases que tengo presente son imprescindibles para cerrar estas palabras. “Hay quienes intervienen para que algo pase, hay quienes observan lo que pasa y hay quienes ni se imaginan que está pasando” Aunque dentro de mi, hay otras más valiosas: “Quizás la grandeza de un oficio consiste más que nada, en unir a los hombres. Solo existe un lujo verdadero, y es el de las relaciones humanas” es de alguien a quien admiro A. de Saint Exupery, el autor de “El Principito”.

Magui Montero

martes, 15 de abril de 2008

QUERER O AMAR Y EL VERDADERO AMOR

Tantas veces uno se pregunta ¿qué es el amor? Lo piensa, lo escribe, lo analiza, lo vive o al menos creé que lo vive, cuando es confundido con la pasión, con el afecto o la amistad.
Siempre pensé en AMAR Y QUERER como sinónimos. Nunca había analizado las diferencias intrínsecas entre ambas, y la vida me enseñaba una lección que nada tenía que ver con la lingüística ni la gramática.
El nudo de todo partía del inmenso dolor que sentía y que me hacía suspirar como una adolescente, cuando ya no lo era.
Explico el QUERER como una etapa anterior al AMOR, o quizás el camino que puede recorrerse en su búsqueda. Es ansia de llegar al AMOR, tiene vinculación con anhelar algo que se puede o no obtener. Es más material, más humano, más cercano a las apetencias y deseos de posesión. Se puede querer sin llegar nunca a amar. El querer exige devolución; es hambriento de placer, atrapa, absorbe hasta que consigue lo que busca, y generalmente si no se transforma en AMOR, luego se diluye.
Los sueños del que ama naufragan en la playa del que quiere, hasta que se muere el deseo, el placer o la satisfacción, en la eterna búsqueda de algo mejor, más nuevo o adecuado. El que quiere no sufre, solo cambia de elemento, dejando de lado lo anterior y partiendo tras lo nuevo, lo desconocido.
Pensaba el “AMOR” como un sentimiento espiritual relacionado con lo estrictamente familiar, se ama a hijos, hermanos, padres, sobrinos, nietos y abuelos; algo ideal, como el amor a Dios, a tus cóngenes, al arte. Lo tenía presente bonito y puro, relacionado con la incipiente adolescencia, cuando creemos en la perfección de las cosas y se vincula con una mirada tierna, un bello paisaje, manos entrelazadas o algún poema mal escrito pero intenso.
Al pasar los años, fui convenciéndome de la inexistencia de eso que llamábamos AMOR entre un hombre y una mujer, llevado al plano de lo material. Asimilé que al tratarse de un sentimiento, significaba algo perfecto, ideal e insustancial; se intentaba alcanzarlo pero nunca se podía. El vínculo que enlazaba la pareja tenía mucho de cariño, tolerancia, costumbre y comodidad. La gente se contentaba siempre con lo más fácil de conseguir, solo quería. Escuchaba una y otra vez de infinidad de personas parecidas respuestas “…si, lo quiero, pero…” “si, aún estoy con ella, no?” “dije que sería hasta que la muerte nos separe” Las frases tenían mucho de resignación y poco de convencimiento.
Cuando alguien se animaba a romper lazos porque no encontró lo que buscaba como sinónimo del AMOR idealizado, podía oír distintos interrogantes “¿porqué se separaron, si se llevaban bien?” “¿él tenía otra persona?” “¿está con otra pareja?” Nunca se preguntaban si se habían amado alguna vez. Todo indicaba que la gente estaba junta por lo que yo definía como QUERER; sin embargo, el AMOR es dar, entregar todo; abrir el corazón sin mezquindad. Tener un paso delante de uno mismo al prójimo, sin egoísmos. El Amor no espera retribución ni recompensa; se construye.
En realidad a mi criterio el amor es una diversidad de varios sentimientos sumados; y en la primera etapa de una pareja, esa mixtura incluye también la sensualidad y sexualidad, como una de las formas de expresar la intensidad de emociones; es espíritu, unido a lo corpóreo.
Pensemos también en lo que algunas palabras intentan decirnos, con la libertad de separar su etimología o no, observemos el significado de “sentimiento”: senti – miento; por si misma nos dice que los sentidos mienten, y al profundizar en ello elaboramos mentalmente que lo físico, lo erógeno, generalmente es falso o pasajero y hay trascendencia en aquello que tiene belleza espiritual, como comprensión, compañerismo, amistad, tolerancia. Por si mismas y aisladamente tal vez no tengan fundamental importancia, pero adquieren relevancia cada una de ellas como elemento integrador del verdadero amor.
¿Existe el amor sin pasión? Hay dos respuestas posibles, y para muchos puritanos probablemente la respuesta sea si existe. Sin embargo, al escuchar las opiniones de ellos mismos, categóricamente deberían responder en forma negativa, pues aunque lo erógeno no sea parte del juego, se pone pasión en defender la Fe, la amistad, una opinión acerca de alguien a quien se le tiene afecto; y hasta cuando somos engañados y sufrimos deslealtad o mentira, ponemos pasión en negarnos a ver un ápice de maldad en lo que nos están demostrando al quebrantar la confianza depositada.
Sea verdad o mentira, seas ganador o perdedor en la eterna lucha de los sentimientos y los sentidos, siempre serás triunfador porque saldrás victorioso sobre lo trivial, lo chabacano, lo insignificante, al creer en el AMOR.
Probablemente te destruyan y despedacen ante los ojos del mundo, escuches a tus espaldas el carcajeo sarcástico y burlón de quienes se suponen mejores, los envidiosos, los vengativos y los que no comprenden; pero para aquellos en que lo espiritual está alejado de lo banal, siempre serás un ganador. Finalmente habrá vencido en su lucha el VERDADERO AMOR, aquel del cual muchos hablan pero pocos lo reconocen. Y allí volvemos al inicio…
¿Qué debe contener en si, para ser definido como AMOR? Creo que a todo lo expresado al principio hay que agregarle perdón, misericordia, sensibilidad, una enorme proporción de ternura, verdad, esperanza y calor humano.
Debemos aceptar que no somos ángeles, pero ello no puede impedirnos la elección de elevarnos espiritualmente, de intentar volar y soñar que podemos hacerlo. Es primordial en toda vida, la intención y la búsqueda; el camino se inicia QUERIENDO. Cuando más intrincada y difícil sea la senda; cuando ya no queden pinturas, mentiras, ni máscaras, el encuentro del AMOR llega a ser perfecto, porque siempre está dentro de cada persona la esperanza.
He descubierto que el AMOR puede existir, y conlleva en si mismo algo de alegría y mucho dolor, pero la plenitud de un sentimiento tan maravilloso, tan buscado y poco conocido; me hace reflexionar y acoger con felicidad este momento, aun después haberlo perdido; porque si solo hubiese querido, igualmente hoy lloraría, por no haber amado.

Magui Montero

lunes, 14 de abril de 2008

NUESTROS AMIGOS INVISIBLES

Siempre hablamos sobre sucesos en el mundo, guerras, temas políticos, accidentes, artículos sobre espectáculos. Eso nos llega a través de de Internet, periódicos, revistas, televisión y radiodifusoras.
Se dicen muchas cosas de la prensa, algunos critican la forma de presentar las noticias, puede ser tildada de amarillista, se objeta la dureza con que tratan ciertos temas o hasta por distorsionar o modificar la información, sin embargo, hay medios respetables, que merecen ser destacados por la seriedad profesional y el nivel periodístico del personal.
He aprendido a reconocer los diversos estilos de gente y los distingo a través de su labor en diferentes medios; los hay sarcásticos, divertidos, románticos, pero ninguno de ellos en sus disímiles personalidades hace menos seria y responsable su labor. El crecimiento que tienen a través del tiempo los jóvenes periodistas, o aquellos experimentados que hicieron de su profesión un ejemplo; el conocimiento de temas deportivos, económicos, políticos, del espectáculo, según cual sea su especialidad, hacen que nos vayamos haciendo apasionados de un espacio radial, televisivo o de una página periodística, que nos identifiquemos con una voz, con la persona o una manera de conducir su programa o su página.
Quienes vivimos en soledad por diferentes circunstancias de nuestra vida, nos sentimos acompañados, incentivados y hasta podemos palpar cientos de veces afecto, ternura, calidez, crítica descarnada o el mensaje intrínseco que deseen transmitirnos.
A pesar de que los medios de periodísticos orales, escritos y televisivos, están dirigidos a una enorme masa de seres humanos, es maravilloso pensar que cada uno de nosotros podemos sentirnos como los únicos destinatarios del mensaje que nos hacen llegar; sonreímos, nos enojamos, discrepamos o estamos de acuerdo, pero lo que indudablemente no sucede es que permanezcamos indiferentes.
Las personas hemos apelado durante muchos años al periodismo como uno de los mejores elementos para sentirnos comunicados con el interior, o dentro de los centros urbanos; escuchar noticias, avisar la llegada de un familiar, informarnos de problemas climáticos, sucesos de actualidad, compartir historias y hasta permitirnos vivir la euforia de un gol del club del que somos fanáticos.
La música internacional, melódica, tango, folclore; cuentos y poemas acompañados por comentarios de quienes forman parte de nuestro mundo cotidiano y están prestando su cálida voz para decirnos aquí estamos. Hombres y mujeres, con un hogar, sencillo y tan igual al nuestro; sin embargo, para los que estamos mirándolos, escuchándolos o leyéndolos, son nuestros ídolos, compañía o consuelo, según sea la circunstancia por la que estemos pasando. Nos alegran, acompañan, emocionan o lastiman; apelan a su profesionalismo tratando de no dejar traslucir sus sentimientos, aunque muchas veces los traicione el corazón. Tratan de marcarnos el camino y quizás discrepemos con ellos, sin embargo escuchamos, sacamos conclusiones y podemos opinar.
El mundo de los medios de comunicación es maravilloso por eso; se nos da la opción a elegir y si son usados responsablemente, siempre serán respetables. Es importante que acompañen con su propio estilo a cada una de las personas que recibe el mensaje, sin menoscabar al oyente o lector. La agudeza de quien transmite un mensaje, debe ser cuidadosa para sensibilizar sin afectar.
Amo la Democracia y la Libertad, amo el derecho a opinar; por eso admiro el periodismo honesto, correcto y realizado con altura. Gracias a los miles de hombres y mujeres que trabajan para continuar viviendo en un país libre, entran en nuestros hogares y nos permiten ser parte de su mundo, como ellos del nuestro. Gracias a periodistas, comunicadores sociales, técnicos y quienes desde diferentes niveles, anónimamente forman parte de los trabajadores de radio, televisión, diarios y revistas. Ellos son nuestros amigos invisibles.

Magui Montero

sábado, 12 de abril de 2008

VALORES

¿Cuántas veces desde pequeña acostumbraba a jugar de esta forma? Ir caminando, o algunas veces corriendo, trataba de andar por el centro de la vereda; seguía la línea que percibía claramente contando a izquierda y derecha la cantidad de baldosas; buscaba mantener el exacto equilibrio, en ese juego inocente y divertido.
A veces traigo a la memoria imágenes similares de alguien intentando hacer lo mismo, hamacándose hacia uno u otro lado disimulando, de tal forma que no se pudiese percibir la inestabilidad y el esfuerzo de caminar rectamente, cuando apenas podía estar de pie.

Por supuesto que esto es una mera paráfrasis de lo que intento explicar, pero de alguna manera marca el esfuerzo con que uno trata de manejarse en el largo – o corto – camino de la vida y las apariencias.

Al cabo de cierto tiempo, esa línea, que de niño se puede percibir tan fácilmente, pierde interés; al pasar los años se va esfumando, o se torna no visible; pero a pesar de ello, quizás por costumbre o inercia uno trata de mantenerse dentro de ciertos parámetros de conducta, muy importantes, por cierto, para las normas de urbanidad y la buena imagen, que procura impostar ante los ojos de la gente.

Pero… ¿Y los valores? ¿Qué sucede con ellos? ¿Dónde quedan las cosas que aprendimos? ¿Lo que nos enseñaron? Son preguntas sin respuesta… moral, justicia, fraternidad, pudor, rectitud, verdad, humildad, decencia y quien sabe cuantas cosas más, que uno va olvidando o dejando de lado. ¿Los porque? Creo que a eso debe circunscribirse el análisis; a conocer el motivo que conlleva a quebrar ciertas reglas. Porque es antiguo, porque es ridículo, porque te ven diferente – y no quieres destacarte o ser distinto a los otros -, se burlan y te ridiculizan, te pisotean y hasta puedes ser considerado un “mal ejemplo” siendo honesto.

Y de pronto un día cualquiera, se gira la cabeza y ves tus pasos marcados nítidamente; son tan serpenteantes y alejados de la línea que te horroriza y lo sientes como un cachetazo. ¿Dónde estás? ¿Qué hiciste? Avergonzado tratas de limpiarte; finalmente terminas por aceptar que lo único que puedes hacer es recoger tus harapos y caminar nuevamente, casi desnudo, sin importar que te miren como un bicho raro.
Tal vez no sea tarde; tal vez aunque ya no sea tu tiempo, las nuevas huellas sirvan para que los niños, los jóvenes, (y algunos locos como yo) puedan andar limpiamente, sin temores, casi como un juego, por la senda de la que uno no debe apartarse nunca, la de la corrección y la franqueza, - sin que ello resulte esforzado – dejando de lado los engaños, con la honestidad de aceptar los yerros y sin renunciar a ser uno mismo.

DIGNIDAD Y RESPETO

En la guerra y en la paz, en la victoria y en la derrota lo más importante es tener dignidad.
Una victoria indigna es más humillante que la derrota. Sé honorable con tu contrincante; por muy humilde que sea el enemigo, si respetas su dignidad, siempre serás respetado. En definitiva las grandes y pequeñas batallas, los grandes y pequeños enemigos, y hasta las grandes y pequeñas personalidades dependen del respeto y la dignidad con que sean tratados. De eso se tratan las relaciones humanas.

sábado, 5 de abril de 2008

EL LAPACHO ESPECIAL


MMMmmmm, sábado a la mañana, son casi las 9,00 a.m y el parque está todavía silencioso.
Si!!, debo hacer el esfuerzo de trotar un poco y respirar aire puro; el exceso de cigarrillo y las largas horas encerrada en la oficina, me habían hecho tomar conciencia de lo que necesitaba.
Por otra parte, era maravilloso poder disfrutar del olor del césped húmedo todavía por el rocío nocturno, la inmensa gama de colores de los lapachos florecidos en esta época del año, desde el rosa pálido al morado intenso y la exquisita fragancia de los rosales que sutilmente me envolvía a medida que me iba internando en la zona del rosedal.
Mis pensamientos se vieron interrumpidos por el sonido de unos sollozos desde el costado del lago, donde los cisnes empezaban a despertar...
Era una joven adolescente, que miraba sin ver a la distancia, mientras las lágrimas corrían por sus mejillas morenas.
Me acerqué afligida y le pregunté si podía ayudarla en algo. Asustada la joven, porque no me había visto acercar, respondió con una negativa.
No obstante la respuesta, me senté a su lado, le tomé las manos y le dije:
- Dime, ¿Qué te pasa?, ¿Porqué una linda chica como vos puede estar triste? ¿Tienes algún problema?
- No tengo amigos, escapan de mi porque soy diferente, tal vez les resulte aburrida!!! La música estridente no es de mi agrado, y prefiero la calma de observar una puesta del sol y escribir poesías...
Sonreí, recordando similar sensación en esa misma etapa de mi vida y a continuación, compartí con ella algo que me dijeron una vez...
- Mira a tu alrededor, observa los lapachos florecidos, ¿Cuál es el que más te llama la atención de ellos?
- Aquel!!!, el más pequeño de todos, es de color blanco...!!!
...Es hermoso!!!
- Bueno, que eso te deje una enseñanza mi querida niña; ya ves, es el más pequeño..., pero es diferente, por eso posaste tu mirada en él.
No es importante ser grandioso ni parecido al resto, lo fundamental está dado porque tú supiste mirarlo.
Algún día encontrarás quien te valore y ame justamente porque eres distinta al resto.
Luego de lo cual, la dejé mientras ambas esbozábamos una sonrisa.
Poco tiempo después, haciendo el mismo recorrido la volví a encontrar, pero esta vez acompañada de un delgado muchacho, junto al que leía un poema; sin palabras de por medio, solo saludó con la mano y me señaló el lapacho blanco. La felicidad le iluminaba el rostro.
... Y a mi se me escapaba una lágrima de ternura.

Magui Montero
Nota: El Rosedal. Palermo. Ciudad de Buenos Aires. Año 2005. Fotografía gentileza de Néstor Miño

SOLEDAD

Silencio… solo quebrado por el chisporroteo de la brasa al aspirar el cigarrillo. Por enésima vez fijo la mirada en el techo, tratando de descubrir nuevas figuras en la vieja mancha de humedad.

El humo serpentea en suaves y voluptuosas formas sobre mis ojos, poniendo niebla al incomprensible paisaje. Permanezco quieta, solo mis párpados se mueven de a ratos en un lento aleteo.

¿Es esto la soledad? Sin embargo, en incongruencia total siento mi mente correr. Se me eriza la piel cuando un sorpresivo mechón de cabello resbala y toca mi hombro.

Ahora percibo con nitidez el tic tac del reloj que inútilmente trata de avisarme que el tiempo sigue pasando. La lámpara encendida desde quién sabe cuanto, mimetiza de amarillento el cuarto.

Mi brazo izquierdo yace a un lado como el ala quebrada de una gaviota que no puede seguir vuelo. La ceniza del cigarrillo ha pintado de gris mi pecho, pero no reacciono, sigo hipnotizada por el claroscuro del dormitorio silencioso.

De pronto… uno, dos tres… al principio suaves y mortecinos sonidos desacompasados; luego muchos, cientos, musicales. La lluvia golpea mi ventana y veo deslizarse las gotas por el vidrio, avisándome, requiriéndome, invitándome a incorporarme a la vida.

Me puse de pié trabajosamente, los músculos anquilosados por las horas de inmovilidad, y mis ojos resecos comenzaron a humedecerse en una torpe imitación de lo que veía a través del cristal.

Afuera amanecía. Es cierto que estaba gris y lluvioso, pero era un nuevo día. La vida me decía que debía continuar, paso a paso; ya vendrían nuevamente los días de sol, pero para ello tendría que pasar la tormenta que me estaba nutriendo.

Mi corazón resquebrajado la necesitaba…

Magui Montero

MI TIERRA SALVAJE


El sol es un círculo impiadoso de fuego que calcina la tierra. La siesta de verano ha convertido ese día en un horno y los pocos matorrales achaparrados que aun resisten, se retuercen sobre si mismos tratando inútilmente de esconderse de la reverberación, que semeja una caldera hirviendo.

El viento norte levanta remolinos infernales y aúlla en quejidos lastimeros parodiando una escena propia del averno. Cuando de rato en rato calma, el pesado silencio se hace sentir con mayor fuerza que los sonidos del viento.

La tierra sedienta, pide en callada plegaria, el auxilio de la lluvia y su corteza reseca está marcada por dibujos infinitos cual si fuera la superficie craquelada por un fantasmagórico artista.

Una niña pequeña, permanece de pie al cobijo de un arbusto, los cabellos enmarañados cubren parte de su rostro; el liviano vestido que alguna vez fuera blanco se ha mimetizado con el terracota del polvo en suspensión, y sus piecitos descalzos trazan torpemente algunas palabras sueltas en la tierra floja.

Sin embargo, este paisaje aparentemente desolado para un extraño, tiene la belleza y el carisma de lo autóctono; solo que hay que saber mirarlo.

El cielo es de un azul intenso, y las nubes blancas apenas alcanzan a jaspear de ovillos algodonosos su extensión que se pierde en la distancia, allí donde el horizonte traza su imaginaria línea acostándose a descansar en la mansedumbre terrena.

Los algarrobos ofrecen azucarado manjar a cuanto caminante deseoso de placer almibarado quiera saborearlo; los tunales brindan sus apetitosos frutos al sediento campesino que, sabio de las trampas que propone la espinosa planta, los escamotea al mezquino vegetal, quien custodia sus dulces bocados cual celoso amante.

Las flores silvestres ponen pinceladas de color y surgen desafiantes, a pesar de su aparente fragilidad, burlándose con sus fuertes tonos del insaciable sol que quiere doblegarlas.

Tierra agreste y reseca, dura y difícil, pero suave y amable para aquel que sepa encontrar lo maravilloso de su espíritu salvaje. Solo aquellos que te conocen en su virginal esencia pueden valorar lo maravilloso que es pertenecer a tu fraterna identidad.

a Solita Pereyra y Blanca Coronel
Magui Montero
Nota: Santiago del Estero. Año 2000. Fotografía gentileza de Gustavo Luis Tarchini

MARIPOSAS EN EL CORAZÓN

Hoy salí a comprar cigarrillos en el kiosco de la esquina. La gente pasaba apurada, empujándose, tratando de llegar no sé a que parte, con la urgencia propia del horario bancario, las largas colas o la compra diaria.
De pronto ví a una señora mayor, que se desplazaba con dificultad, esperando que disminuyera un poco la circulación de automóviles para poder cruzar la calle, en una esquina sin semáforos...
Se le acercó un niñito de pocos años, cara sonriente, descalzo, con ropas humildes e inmensos ojos negros...
- Hola abuela, necesita ayuda???
- No gracias, puedo sola, amiguito.
- De todas formas le ayudo a cruzar..., señaló el niño, y tomándola de la mano, atravesaron juntos la calle.
- Te agradezco!!, dijo la anciana con una sonrisa. ¿Quieres una moneda?
- No abuela, ya me pagó!!!
- ...pero, si yo no te dí nada!!! - dijo extrañada -- Si señora..., usted me tendió la mano, no se fijó que la tengo sucia, y no le importó hablar con un chico de la calle.La viejecita, a continuación lo apretó contra su pecho, hundió su mano en el tapado, extrajo un puñado de caramelos y los extendió hacia el pequeño, quién luego de recibirlos se alejó riendo...
Yo, que veía desde cerca todo esto, quedé petrificada ante el diálogo del que había sido muda testigo, y con los ojos muy brillantes (sería por el frío???), me puse a pensar en la tremenda lección de AMOR de ese pequeño...
...De pronto el invierno había desaparecido, el sol tenía mayor tibieza, y cientos de mariposas me llenaron el corazón.
Era cierto!!..., no todo está perdido!!!
Mientras haya alguien que se tome el tiempo para tender una mano a los que la necesitan, la primavera en el alma brotará mágicamente en cualquier estación del año!!!!

A mis queridos chicos de la Asociación Changuitos
Magui Montero

LOS RECUERDOS

Es la vejez una forma de recuperar cosas...? Quizás...Muchas veces lo había pensado o intuido; cuando escuchaba a mi abuelo contar historias maravillosas de su lejana tierra.
Ahora, tal vez, pisando los primeros peldaños de ella; cuando la sangre ya no intensifica el color de mis mejillas por la vergüenza recién estrenada, o la urgencia de mi tiempo no tiene la premura del "antes que pasen los años"; puedo reconocer que he descubierto lo maravilloso que pueden ser los recuerdos de los antiguos aromas, los sonidos cristalinos de las risas juveniles, la tibieza de unas manos acariciando mi rostro o el abrazo de oso de mi padre ¡tan grandote! desde la altura de mis apenas cinco años.
Y sueño... sueño mientras muchos creen que se terminaron para mi, la hermosa etapa de los sueños.Y vuelvo a ser niña desgajando una perfumada mandarina, sentada en el patio de la vieja casa, mientras el cálido sol se empeña en pintarme pecas en la regordeta cara.
Y vuelvo a verme empinada en puntas de pie, tratando de seguir la ceremonia diaria del mediodía, cuando papá se cepillaba pacientemente las uñas, jabonando sus manos antes de sentarse a la mesa. Y regreso al momento en que mamá con manos expertas lograba un hermoso moño intentando mantener prolija mi rebelde cabellera.
Sigo evocando distintas escenas que van cayendo, como las capas de pinturas sucesivas sobre una antigua pared, todas de diferentes colores...
Las escapadas junto a mi hermano en horas de la siesta para comer moras o hacer travesuras sabiendo que lo teníamos prohibido.
...Cuando quise hacerme la adulta a los doce años y fumé el primer cigarrillo sacado a escondidas del traje de papá, pasando la tarde tirada en la cama entre vómitos y mareos, jurando que era la última vez que lo hacía.
El beso robado en la ya lejana adolescencia, mientras me temblaban las rodillas y se cubría de rubor mi rostro, con el fondo musical de "yesterday" entonado por "The Beatles".
Las inolvidables palabras musitadas en mi oído -tan cálidas e inesperadas- "quiero casarme con vos"; el primer llanto de mis niñas, en el preciso instante de mi recién descubierta maternidad.
Y por último en un remolino interminable de acontecimientos que me golpean el corazón y humedecen mis ojos; mis hijas hechas mujeres. Su felicidad, sus tristezas, poder descubrir en sus pequeños el mismo gesto de picardía que había conocido en ellas.
De pronto, algo me vuelve a la realidad... Unas manitos rosadas, llenas de pegote almibarado me reclaman con tirones en el borde del vestido; y reflexiono... Estrecho fuerte contra mi pecho a mi nieto, sabiendo que quizás, esta enternecedora caricia que le brindo hoy, sea la chispita que encienda el caudal de recuerdos -el día que llegue a esta edad-, tal como yo los recuperé hoy.
Mis vivencias me permiten desechar lo malo, lo amargo, lo difícil; confiando en que los yerros nos educan en el crecimiento personal y con la íntima satisfacción de saber que solo quienes transitamos esta etapa, podemos gozar plenamente… de los recuerdos.

A mis padres Elena y Pepe
Magui Montero

LA GITANA


Salió como todos los días de la carpa a la calle; las ancestrales costumbres eran parte de ella, debía traer el sustento para la tribu. Junto a las otras gitanas, se encaminó a la zona céntrica de la ciudad.

Su cuerpo cimbreante se destacaba del resto de las mujeres. Las esbeltas piernas acariciadas por la suave gasa de la falda de volados, las caderas moviéndose rítmicamente, los pechos firmes temblaban al impulso de sus pasos y el cabello negro y ondeado acariciaba con suavidad su espalda.

Los hombres se volvían para mirarla, y aunque ella no parecía darse cuenta, eso era parte de su juego. Sabía despertar pasiones con solo verla; pero su cuerpo era demasiado valioso y lo entregaría cuando su padre encontrara un gitano lo suficientemente rico, para pagar por ella el derecho a hacerla su esposa.

El fuego bullía dentro de la gitana… La rebeldía propia de su raza, había nacido consigo, junto a lo que natura le proporcionara.

Llegaron a la plaza principal y luego de que le indicaran la hora de regreso, para que un vehículo las recogiera en ese mismo lugar, dirigió sus pasos con lentitud hacia cualquier parte, buscando potenciales clientes que aceptaran el ofrecimiento de “…le adivino la suerte?”.

En realidad no todas leían las líneas de la mano, pero su abuela le había enseñado los secretos de cómo hacerlo. Ella miraba decenas de manos pero les decía solo lo que sabía deseaban oír.

Alzó la vista y vio entre medio de cientos de personas que pasaban en ambas direcciones, un apuesto joven de traje oscuro que caminaba en su dirección; con voz suave pero clara le dijo el acostumbrado “te adivino la suerte, guapo!!”

El muchacho la miró sorprendido y se paró instantáneamente, no llevado por la invitación, sino apabullado por la belleza que tenía quién lo requiriera y su hermosa sonrisa.

Conocedora de su ventaja, extendió la mano y tomó la de él entre las suyas. El contacto con sus dedos y la tibieza de su piel la estremeció, pero permaneció sonriente.
Con el dedo índice recorrió la línea de la vida, y por un instante pudo ver viajes, dinero, felicidad, amor, hijos. Nada dijo… demoraba mirando esa mano, mientras su corazón latía sintiendo que ese era el hombre que ella desearía para si.

Los labios le temblaban, levantó los ojos y buscó los de quién estaba frente suyo, y encontróse con una mirada profunda de un intenso color verde. Solo pudo balbucear… serás feliz, tendrás una vida maravillosa a lado de la mujer que ames; giró sobre sus pasos y se marchó rápidamente, dejando al sorprendido joven mirándola, sin esperar que le diera las monedas que él guardaba en la otra mano.

Pasaron los días, de su mente no se iba la penetrante mirada que recordaba. En tanto, un gitano de otra tribu había aceptado lo que su padre solicitaba como dote. La indiferencia con que tomó la noticia, sorprendió a todas las mujeres de su grupo; pero ella soñaba con esos brillantes y rasgados ojos verdes que se reflejaron en el pozo oscuro de los suyos…

Le comunicaron el día en que se haría una fiesta para que conociera a su futuro esposo y se arreglarían las condiciones para la boda; pero ella siguió sin dar mayores muestras de interés por lo que sucedía a su alrededor.

Mientras al paso de los días la actividad se hacía febril, puliendo la vajilla, preparando las bebidas y comida para la llegado de las visitas.

Finalmente, el día domingo despertó con el trajín de su madre y de las otras gitanas que iban de un lado al otro ayudándole, y la música comenzaba a sonar.

Su hermana mayor la ayudó a vestirse, cepillándole el pelo con vigor para que brillara más y lo dejó caer sobre su espalda. Debía quedar dentro de la carpa hasta que le indicaran cuando debía presentarse ante su padre y la familia del novio si todo salía bien.

De acuerdo a la tradición debía bailar una danza ella sola, dedicada a su novio, para que la pudiese observar en todo su esplendor. La música continuaba; cansada de esperar, la gitana se había recostado sobre los mullidos almohadones de brocato, mientras la fiesta seguía afuera, y el sol comenzaba a declinar… Se escuchaban risas, aplausos y el tintinear de las copas, signo inequívoco de que todo había salido bien.

Entró su madre, recriminándola porque arruinaría su falda de volados y le dijo que debía bailar como nunca, anticipándole que su novio era joven y bien parecido; la beso en la frente y con una afectuosa palmada en las nalgas la empujó hacia el círculo de sus hermanos de raza, que la recibieron entre gritos de alegría y brindis por su belleza.

Cerró los ojos y levantó los brazos hasta que sonaron los primeros compases de “Concierto de Aranjuez”. Comenzó a danzar; ya nadie hablaba, su belleza increíble resaltada por el resplandor del fuego que parecía acariciarla, solo daba lugar a la contemplación.

En su interior, sabía que era su sino, y debía aceptarlo hasta el fin. Bailaba con toda la rabia y la fuerza que tenía dentro, sonriendo para todos pero mirando solo hacia su interior. Danzaba para “él” despidiéndose para siempre de su recién nacido y secreto amor adolescente. En tanto, su rostro reflejaba en marcada dicotomía una hermosa sonrisa húmeda por las lágrimas que brotaban a raudales.

Con los últimos acordes de la música giró repetidas veces, para finalmente hincarse a los pies de quién sería su marido para siempre, y que se había negado a mirar, hasta el final de la danza. Esto era una señal inequívoca de respeto y sumisión, y el final de todos sus sueños. Se quedó quieta, con el cabello revuelto y la mirada baja, mientras todos irrumpían en vivas y aplausos… los había cautivado con su baile.

Percibió una caricia en su rostro aún mojado y la voz varonil más hermosa que hubiese escuchado, le dijo dulcemente: ¡Hola, bella hechicera! Te vine a buscar para saldar la deuda por haber adivinado mi suerte… la vida será maravillosa, a tu lado.

Magui Montero
Nota: Año 2005 - Fotografía Magui Montero.

Amo el mar

Amo el mar
fotografía tomada en la costa de Chile por Luis A. Gallardo Cortéz.