Algunas veces pienso...

Algunas veces pienso...
Fotografía tomada por Gustavo L. Tarchini

miércoles, 13 de agosto de 2008

ELEGIA PARA UN SUICIDIO FRUSTRADO

A mi amigo John Médico Salcedo

Pensar… analizar y decidir…
Tanto tiempo erguida! Diferentes razones fisuraron la pétrea estampa que la gente veía, sin percibir que se trataba de una fachada creada a tal efecto; pero la obra teatral estaba llegando al final, la urdiembre que lograra tejer Silvia, ahora mostraba sus agujeros aquí y allá. Marcas de resentimiento silencioso, dolor, rencores escondidos y soledad habían hecho mella.
Del mismo modo, sabía, porque no era tonta, que existían hechos que estaba en condiciones de catalogar o juzgarlos como “sus triunfos”. Más bien eran pequeñas conquistas y satisfacciones personales, que quizás hubiesen pasado desapercibidas tanto para allegados como gente extraña, pero significaban nutrir el ego con la dosis necesaria de esa droga que alimenta la estupidez del orgullo humano, aunque personalmente, no se llamaba al engaño.
Luego de meditar la situación a la luz de una crisis por la que pasaba, decidió que su vida no era necesaria; poco y nada su presencia – o ausencia – modificaría o afectaría la vida de otros. Cada uno construía el propio camino como mejor lo consideraba, o como podía… quizás incluso, estaba en condiciones de solucionar muchos inconvenientes si simplemente se esfumaba de la vida terrenal, y por fin acabaría todo. No más problemas ni molestar a nadie. No demostrar a diario que era una mujer que trataba de hacer las cosas bien y honradamente; - o al menos nunca se enteraría de los comentarios mal intencionados y de las elucubraciones de aquellos que conseguían trepar sobre los restos del decente – estaba diciendo basta!! De la mejor forma que se le ocurría; si no podía ser feliz, al menos conseguiría que los que estaban detrás de si lo fueran, o eso era lo que intentaba…
Y lo decidió…, tranquila, muy tranquila después de largo tiempo. Escribió dos cartas, donde explicaba razones, dejaba paz sobre la conciencia de aquellos que le importaban. Se bañó y perfumó, eligió un lindo camisón, llevó las cápsulas y la botella de whisky con el vaso, que acomodó cuidadosamente en la mesa de luz.
Miró la hora, era demasiado temprano, alguien podría llamar o golpear la puerta y sospecharía que las cosas no estaban bien; mejor esperar el momento de dormir…
Encendió la computadora y puso música suave. María Marta Serra Lima le regalaba “A mi manera”, tema que le trajo recuerdos, pero los desechó de inmediato. Sin embargo las palabras también reflejaban su historia.
Finalmente, decidió curiosear en Internet, dejar que transcurrieran los minutos. Las caritas de los contactos estaban grisadas, dormidas, nadie conectado… y aun faltaba media hora para la medianoche. Estaba por apagarla cuando una de ellas se coloreó de anaranjado y sonrió…
A un lado del icono se leía “Andree - Deco” y se esforzó por recordar de quién se trataba. Buscó por un momento en su memoria. Era un tímido jovencito del Perú con el que conversaba algunos días, le gustaba jugar fútbol y estaba enamorado de una chica de Buenos Aires.
Cliqueó sobre la imagen y le dijo hola! De inmediato, él respondió y hablaron un rato: también estaba triste por algún motivo.
Cuando puso nuevamente los ojos sobre el reloj, marcaba las 00,30 a.m. y se despidió de Deco.
- Hasta mañana, amiga.
- Adiós Deco.
- ¿Cómo adiós?? No entrarás mañana?
- No, no entraré.
- Espera… que pasa?
- Nada, no sucede nada, adiós.
Silvia apagó la computadora, y se fue a la cama, sacó las píldoras del blister, y las ordenó prolijamente. Puso la bebida de ambarino color en el vaso, se sentó en la cama y apagó la luz. La luna daba un tenue color celeste a la habitación cubriéndola de paz, cuando tomó las primeras dos cápsulas y un sorbo de la bebida. Respiró hondo, tenía tiempo… lo iría haciendo poco a poco. Levantó otras dos cápsulas, cuando el sonido del teléfono la sobresaltó.
¿Qué sucedía? ¿quién podía ser? A esta hora solo la llamarían si hubiese algún problema… Levantó el tubo,…sonido de ocupado. Seguramente alguien se había equivocado de número; pero nuevamente sonó…
- Hola, quien habla?
- Soy yo, Deco. No lo hagas amiga!! Sé lo que estás intentando, te lo ruego no lo hagas!
La sorpresa la dejó callada un instante, mientras pensaba… como podía saber el número? ¿Cómo intuía lo que intentaba hacer? ¿Por qué se había comunicado con ella?
El muchacho no dejaba de hablar, decía que debía seguir adelante, que la vida era bonita y no importaba lo que tuviera que afrontar. Las palabras le salían a borbotones, trataba de calmarla y darle fuerzas. Conversaron durante muchos minutos, hasta que le arrancó una promesa…
- Quédate tranquilo, no lo haré. Mañana conversaremos. Gracias por tus palabras, yo también te quiero mucho, amigo…
Ha pasado el tiempo, Silvia sigue fluctuando entre buenos y malos instantes, pero este incidente le dejó una enseñanza…
Nadie está tan solo como para que no le importes a alguien, todos tienen momentos difíciles. La vida es un largo y escabroso sendero, pero siempre merece la pena transitarlo (*).
Si no quedan esperanzas, fe y sueños, igualmente hay motivos para seguir; aunque más no sea tenderle una mano al amigo, a ese que en algún instante puede estar dirigiéndose hacia el abismo; lugar del que ella pudo escapar, porque hubo quién la volviera al camino.

(*) “La vida tiene sentido y vale la pena siempre de ser vivida” Víctor E. Frankl
NOTA: La imagen que ilustra el cuento fue extraída de internet

Magui Montero

miércoles, 6 de agosto de 2008

ARRANCARSE EL CORAZÓN

Ya estaba hecho. Todos los momentos felices y los recuerdos bonitos, los había destruido en un solo instante que no duró más de veinte minutos.
Ahora estaba satisfecha. Se había arrancado el corazón de un solo tirón y en el lugar quedaba un cuenco vacío.
Rondaban en su cabeza los versos de aquel viejo tema “ódiame” que reflejaban palmariamente lo que su sensibilidad gritaba “…odio quiero más que indiferencia, porque el rencor hiere menos que el olvido.” Simplemente había precipitado los acontecimientos.
Pertenecían a mundos distintos, ciudades diferentes y el azar los reunió enlazando de forma extraña sus vidas. Desde que se enamoraron, se habían amado durante casi dos años y la distancia solo lograba acrecentar los sentimientos que tenía por ese hombre-niño. El amor los desbordaba en los pocos días en que podían encontrarse y cada separación significaba un nuevo suplicio para ambos. Luis fue el bálsamo que curara su maltrecho espíritu en los días más difíciles que le tocó atravesar. Tan dulce, protector; con algunos miedos, pero inmensamente maduro en la plenitud de su juventud.
Ella? Exactamente al revés; terca, orgullosa, aunque igualmente temerosa de lo que la obligada lejanía física, pudiese hacer con ese amor tan extraño y silencioso a causa de las trabas que imponía la diferencia de edad y una despiadada sociedad pueblerina.
El paso del tiempo hizo mella en la soledad de ambos, que habían luchado contra eso. Eliza se volvió absorbente y desconfiada. Luis era joven, su sangre corría demasiado rápido. Finalmente, el amor escapó tras una mujer cercana a él, que le brindaba calor y pasión en el instante que lo deseara, sin esperas ni postergaciones. Sin embargo, internamente necesitaba de su primer amor, como una droga a la que volvía una y otra vez.
La mujer madura lo supo; sin que le dijera una sola palabra, se dio cuenta del cambio. La experiencia que guardaba dentro de sí, le permitía obtener respuestas durante las conversaciones que seguían sosteniendo a través del teléfono, aunque él se obstinara en negarlo y ella se hiciera la desentendida.
Inicialmente Eliza lloró mucho, dolía profundamente; había jurado conservar ese amor, aunque para ello tuviera que esconderse, humillarse o perder su dignidad, pues lo amaba demasiado. Cuando estuvo al borde de la desesperación, en lugar de buscar refugio en sus fuertes brazos y aferrarse a él, optó por viajar muy lejos; necesitaba un poco de paz para aclarar sus pensamientos y tomar una decisión, sin la presión de los llamados telefónicos y la locura de ese sentimiento tan fuerte que rayaba en lo indecente, borrando en ella cualquier viso de decoro o mesura.
Pasó un largo mes… regresó y se encontró nuevamente con frases cálidas y afectuosas, con su requerimiento de siempre, pero ella ya estaba decidida. Trocó la dulzura por acíbar y se comunicó con Luis.
Las palabras duras, hirientes y ofensivas fueron su arma; sabía que él nunca hubiese esperado algo así, pues siempre la relación transcurrió sin problemas.
Quien hablaba no era la mujer que Luis conocía; la agresividad y el sarcasmo en las expresiones sorprendieron y lastimaron profundamente al joven. Optó por retirarse de la conversación anonadado, persuadido de que era distinta a lo que suponía,…había sido un iluso.
Terminado el diálogo, Eliza suspiró; lágrimas amargas surcaban el rostro; pudo lograr hacerlo. Luis la odiaría para siempre… pero construiría su futuro sin lastres; la pesada cadena del amor lejano no estaría poniendo dudas dentro suyo, porque rechazaría su recuerdo.
Eliza, que íntimamente lo quería solo para si, que lo amaba más que a la vida, renunciaba a ese Amor, para que él pudiese ser feliz.
Por propia elección, quedaría como un triste remedo de la mujer de Lot, convertida en estatua de sal; por haberse atrevido a volver la vista hacia donde no debía; por ansiar nutrirse de la juventud de Luis que la había llevado a beberse los vientos como una adolescente. Ahora debía pagar por su osadía; era el precio que la vida le cobraba a cambio de dos años de buen amor.
Cuando se sacó el corazón del pecho, Eliza vio con sorpresa que manaba lentamente, dorada y cristalina miel desde el lugar lacerado en su lado izquierdo. La dulzura de Luis había dejado su huella para siempre, aunque se quedara irremediablemente sola.
Aprendería a vivir así, alimentándose del maravilloso AMOR que permanecería endulzando con su recuerdo, la soledad definitiva de Eliza.

Magui Montero
NOTA: Imagen extraída de internet

domingo, 3 de agosto de 2008

Adios

Mordí tus labios jugosos,
con hambre desenfrenada,
y el deseo dejó impronta,
jalándome hacia la nada

Cada encuentro enloquecía,
cada cita desgarraba.
Tenías prohibido quererme
yo te enlodo y tú me manchas.

Me vestiste de ilusiones
y desnudaste mis ansias.
¡Qué fácil te fue tenerme
Que difícil fue tu marcha!

Magui Montero

lunes, 21 de julio de 2008

FUI UNA FIERA HASTA AYER

En homenaje a mis amigos, los que me dan diariamente lecciones de fraternidad y amor desinteresado.

Fui animal salvaje, y como tal herí y recibí desgarrones. Lastimé y me desgarraron; aunque a veces me enternecieron las caricias, de igual modo hice daño, porque esa era mi naturaleza bestial.
En otras oportunidades de nada sirvió mi ternura, pues me rasgaron la piel y sangré, pero las laceraciones van cicatrizando, aunque las marcas persistan…
Siempre estuve al acecho tratando de defenderme, cuando me sentí acorralada. Aun no sé como actuar, voy aprendiendo, cometo errores, pero trato de corregirlos, ir por el rumbo correcto; sigo desconfiando de todos, esperando agresiones, sin saber de donde vendrán; pero poco a poco me voy amansando, ya no tiro zarpazos, me contento con esperar. Aguardo, sé que en la cercanía o en la distancia hay caricias, ya no agresión.
Un animal herido es peligroso, eso lo reconozco. La paciencia y el afecto mientras sana, es importante; el cariño surge poco a poco, lentamente se transforma en un amor distinto, un sentimiento más profundo.
No hay mayor fidelidad que la del animal salvaje, hacia quien le brindó protección, lo curó y le enseñó a vivir diferente. No extraño el entorno selvático, aprendí a trocar brutalidad por un sentimiento menos excitante, pero mucho más intenso y duradero, la AMISTAD.
Doy las gracias a quienes son mis amigos y me enseñaron que es posible confiar.

Magui Montero

DESAMOR

Sangrando de dolor el alma desnuda
despechada corre el miedo en las mañanas
y camina susurrando quejas mudas
escondiendo lo que guarda en las entrañas.

Buscaba al despertarse cálidas sonrisas,
encontraba siempre miradas hurañas
¿acaso es desamor con su gélida brisa?
O ella fue culpable de ser tan extraña?

La vida pintaba, cual prado florido
colores brillantes, jolgorio y canciones,
ahora trocó a gris y desvaído
quizás son los años, quizá otras razones.

Observó su rostro, y está distraído
¿Qué quedó del joven de mirada ardiente,
por el cual cien veces se hubiese perdido?
¿Qué fue de sus besos, su aliento candente?

Tan solo conversa, cuando tiene ganas,
un beso obligado que le da en la cama…
Por noches enteras, lo abrazó aterrada,
tratando volviese a brotar la flama.

No es cuestión de sexo, ni emociones fuertes
solo ansiaba al hombre que fue su elegido
ese que aun comparte su vida y su suerte,
aquel que fue amor, y ahora es enemigo.


Magui Montero

martes, 15 de julio de 2008

EXQUISITA LUJURIA

Los susurros estremecen la piel afiebrada
y roces de labios hambrientos
discurren palabras calladas.

Cuerpos enlazados en vital abrazo
reniegan del candor, ensalzan la lujuria
con sonidos guturales y gemidos ahogados.

En el fragor de la batalla diastólica
la espada presta, busca carne ansiada,
torbellino sublime de golpes y estocadas,
revoltijo incomprensible de piernas enredadas
suspiros y caricias largo tiempo anheladas.

Acompasado galope erótico marcan
los senos rotundos como tambores vibrantes
una mujer liberada sacude cabellos al viento,
amazona nocturna ebria de amor y deseo
cabalgando el potro loco de la ilusión y los sueños.

Magui Montero

lunes, 14 de julio de 2008

CELOS

Ramiro estaba con los labios apretados, los surcos de sus mejillas semejaban dos paréntesis circundando la boca, los ojos se habían convertido en dos ranuras pero aun así se podía notar el brillo afiebrado de la mirada.
Dorita, había renunciado a todo lo que significaba ataduras de su vida anterior. Dejó el pueblo y la familia para irse con él; las comodidades que le permitieran sus buenos ingresos, los había trocado por el amor a lado de ese hombre, que tenía un humilde empleo. Les alcanzaba para vivir con lo imprescindible; a ella no le importaba, no se quejaba, era feliz.
Ramiro veía la aflicción reflejada en el rostro de su amada desde hacía un tiempo; cuando servía la comida o conversaban, escondía la cara y evitaba mirarlo.
Los feroces celos se fueron clavando cual espinas dolorosas en lo profundo del joven, más aun pensando que todas las noches la dejaba sola para ir a trabajar como sereno de una empresa. Imaginaba que quizás hubiese conocido a otro; tal vez cansada de esa vida simple, habríase reencontrado con los amigos de antes, cuando no le faltaba nada.
Cansado de hacer conjeturas, un día pidió permiso, alegando dolor de estómago y regresó rumbo a la humilde casita que compartía con Dora. No llegó, quedó en la esquina esperando; algo le decía que esa noche sabría la verdad.
Pasó más de media hora, ya estaba por abandonar su idea, cuando la vio salir con un abrigo impermeable negro; la capucha le cubría el cabello ensortijado, alcanzó a distinguir los jeans y las zapatillas blancas, llevaba un paquete que apretaba en los brazos.
Estaba lloviznando, el empedrado sacaba ecos mortecinos del rápido andar. Ramiro trataba de mantenerse a la distancia, pero sin perderla de vista. Quizás iba a encontrarse con un amante y llevase ese hermoso conjunto de encaje que guardaba para las noches que él descansaba y ella se convertía en una gata sensual. Tal vez otro hombre tocaría esa suave piel y despertara su ardiente temperamento como cuando estaban juntos.
A medida que transcurrían los minutos, mientras la seguía, la rabia fue encegueciéndolo. Dora giró repentinamente en una calleja angosta, su andar fue haciéndose más lento, mientras Ramiro apresuraba el paso hasta alcanzarla justo cuando posaba la mano en un picaporte.
Allí debía estar ese maldito hombre con quien su mujer se revolcaba cada vez que iba a trabajar para traer el jornal!! Sin pensarlo dos veces, sacó el cortaplumas que llevaba apretado dentro del bolsillo, la llamó y alcanzó a ver la mirada sorprendida. Dora abrió la boca para decir algo, pero las palabras fueron ahogadas por un borbotón de sangre, cuando hundió el arma en su pecho.
Ahora acabaría también con ese ricachón que seguramente la estaba esperando!
Abrió la puerta, y encontró una mujer sentada hamacándose con las piernas cubiertas con una frazada. Rosa le sonrió, el fuego de la chimenea marcaba más aun las ojeras oscuras.
– Hola Ramiro – dijo – te conozco porque Dorita me mostró una fotografía donde estaban juntos. ¿Por qué no vino mi ahijada? ¿Acaso se enfermó?
Ramiro sintió que algo le oprimía el pecho, giró la cabeza y miró hacia la puerta entreabierta. Las zapatillas blancas se veían nítidamente con la luz de la calle, destacando los lunares carmesíes de la sangre que las manchaba. La muerte se reía a carcajadas de sus celos infundados.
Magui Montero

jueves, 3 de julio de 2008

LA CASA DE NERUDA (II)

Partí rumbo a la última etapa de mi viaje. Había escuchado tantas cosas de Isla Negra!! El amanecer me encontró caminando por las calles silenciosas rumbo a la Terminal de Valparaíso. El viento de la madrugada fría castigaba mi rostro con su hálito marino, mientras la tenue luz rosada del alba pintaba los cerros de claroscuros.
Me arrellané con la nariz pegada al vidrio, tratando de percibir el paisaje que apenas podía divisar, a través del cristal empañado; pero aun las sombras estaban espesas. Sentí la tibieza de unas manos amigas en las mías, infundiéndome parte de su calor y confianza, pero aun así, temblaba…
La emotividad de los últimos días era demasiado perceptible, trataba de mantener la mesura para no ser catalogada de demente. Cada pequeñez que sucedía hacía brotar mis lágrimas, para sorpresa de las personas que me rodeaban. Nadie podía saber lo que por dentro bullía y dolía como una herida quemante. La percepción de sentimientos de tal intensidad me había golpeado íntimamente.
El panorama que observaba, comenzó a definirse a medida que corría el tiempo. El sol tintaba las suaves colinas a los lados de la carretera de un intenso color verde, pero a medida que la luz crecía y el vehículo avanzaba; iba desapareciendo, dando lugar a vegetación más agreste, jalonada de manchones marrones y grises de piedra. A la distancia o en algún recodo, de pronto, el mar se anunciaba y volvía a esconderse. Los pueblos se sucedían, aumentando mi ansiedad, con el trayecto.
Al fin escucho las ansiadas palabras: “próxima parada: Isla Negra”, y nuevamente el golpeteo ya conocido del corazón pugnando por salir del pecho… me acercaba paso a paso a la casa de Neruda.
Era un pequeño poblado, de casas bajas y humildes, que se extendía a ambos lados de la carretera, dividiendo lo que eran suaves colinas de pastizales duros, del pronunciado declive que llevaba a la costa. Callecitas de tierra, algunas posadas, ventas de artesanías y cafeterías, anunciaban que ese lugar estaba cambiando sus costumbres ancestrales de vivir de la pesca por el beneficio que dejaban los turistas, quienes en reducidos grupos, caminaban curioseando y tratando de registrar todo con sus cámaras.
Mi joven y silencioso compañero, disfrutaba escuchando los comentarios propios de una extranjera que ignoraba los hábitos y las palabras usuales de la zona; soltando una carcajada, cuando decía algo inconveniente o de dudoso significado para los habitantes chilenos.
Me tomó la mano, mientras con el otro brazo extendido señaló un cartel que indicaba el camino. La calle bajaba custodiada por grandes árboles y minúsculos jardines cubiertos de flores; para mi asombro éstas brotaban aquí y allá abigarradas, entre macizas rocas en un bello desorden que parecía el capricho de un loco pintor. Una cerca de madera, puso fin a nuestra caminata.
El limitado jardín con algunas esculturas e indicaciones para el turismo, me puso casi en alerta, Un amplio vestíbulo de madera, piso cerámico, chimenea, restaurante, agencia de turismo, venta de recuerdos. ¿Dónde estaba? ¿Qué habían hecho? Quedé silenciosa, miraba alrededor, con un creciente malhumor, hasta que se acercó un guía y explicó… La casa de Neruda, estaba un poco más atrás. Se podía ir en grupos de no más de diez personas, respetar las indicaciones y no sacar fotografías. Recién ahí suspiré aliviada… Nadie había roto la magia que el poeta creara en su entorno.
Y fuimos entrando en su mundo; la sala apenas dejaba lugar para estar de pie. Alrededor de una gran chimenea rodeada de cómodos sillones y poltronas, se apiñaban los mascarones de proa de diferentes barcos. Bellas mujeres de cabellos al viento, angelicales criaturas de brazos extendidos que antiguamente se sumergieran en mares lejanos, hoy estaban custodiando esa sala, formando parte de los caprichos del hombre que quiso tener el mar dentro de su hogar.
Pasábamos de una a otra habitación sin poder definir si era el interior de un barco o de una casa, las puertas pequeñas, los corredores angostos y de piso a techo, cientos y cientos de cosas recogidas en sus viajes. Caracolas, máscaras indígenas, tallas de madera y piedra, instrumentos de música, pipas, etiquetas, chapas con grabados antiguos. Llegamos a una sala más alta que el resto de la casa, y para mi sorpresa, me encontré frente a un inmenso caballo de madera, con su montura y brida, listo para ser montado; una muestra más del buen humor y las bromas que el artista se acostumbraba a hacer con sus compañeros de andadas.
El comedor tenía dos de sus paredes, íntegramente transparentes, hacia un lado se veía el jardín y los setos con flores, hacia el otro el mar. La casa daba el aspecto de haber sido construida de a pedazos, pero llevaba su marca, gritaba la personalidad del antiguo dueño.
Una habitación grande, decorada, como si fuera fonda marinera, con mesas y sillas, mostrador, bebidas y propagandas, daba también hacia la costa. Allí recibía a sus amigos, tomaban grandes cantidades de alcohol y luego… se subían a la barcaza que nunca navegaba, colocada a tal propósito frente al mar, cantaban y solía decir que la marea los mecía según el alcohol que bebían.
Giros y contra giros, escaleras que subían y bajaban, ¿Desde adentro?? Madera lustrada y barniz. ¿Desde afuera? celeste y blanco los colores del mar y la espuma que coronaba las olas; pero también piedras formaban la torre, donde el dormitorio parecía estar flotando en la brisa, en una réplica de todo lo que era propio del lugar. Esa casa respiraba alegría, el sol se colaba por los vidrios, y casi se podían escuchar las risas.
Finalmente salimos al jardín trasero; pude comprobar que la casa estaba en la parte alta de la costa. Desde allí se podía bajar hasta la playa, unos veinte metros más abajo, donde el agua de un turquesa profundo rompía con fuerza contra las rocas en rugidos rabiosos de espuma.
A pocos pasos, se extendía una terraza que daba al océano; en el medio un mástil, los bordes rodeados de cadenas, todo construido en piedra sacada de ahí mismo. Simulaba la proa de un barco, en actitud de navegar hacia el infinito. En el centro, un rectángulo de tierra cubierta de flores y la placa de mármol negro. Allí descansaba, con su amada Matilde, la última esposa y compañera final. Él mismo pidió que estuvieran juntos en ese viaje a la eternidad.
Contemplé la belleza bravía del Pacífico, que se extendía a mis pies; temblaba y las lágrimas caían entremezclándose con el agua que salpicaba mi rostro. Sin haber siquiera intentado, ese peculiar hombre, extraordinario hasta en su patriotismo, a quien solo conociera por sus escritos, me estaba indicando el camino. Sentí la calidez de un abrazo protector que cubría mis espaldas, del frío intenso de la tarde.
El regreso a mi patria sería duro, debía colocarme nuevamente la máscara de férrea voluntad, hacer lo que el destino había marcado. ¿Volar? Solo con la mente y el corazón. No tratar de hacer realidad lo que los sueños me gritaban; pero a cambio, podría darle alas a quienes aún tenían fuerzas y juventud para hacerlo por mi; para concretar lo que yo había ansiado siempre… Volar en busca de un mañana en libertad.
Magui Montero

Nota: Fotografía tomada en la parte trasera de la Casa de Isla Negra, donde se encuentra la tumba del poeta.
Relato dedicado a Luis Gallardo Cortéz.

domingo, 29 de junio de 2008

LA CASA DE NERUDA (I)

El alma de viajera incansable me había llevado a recorrer innumerables lugares.
Los paisajes se sucedían a lo largo del tiempo; buscaba un sitio, un nido, un hogar que me cobijara, que pudiera sentir propio. Mis ojos devoraban con avidez ciudades, playas, montañas, y campo.
¿Dónde debía guarecerme? ¿Cuál era mi destino? Los años pasaban, y este espíritu inquieto no hallaba la ansiada paz. La travesía se prolongaba, cuando ya creía encontrar lo más adecuado para mi indómita y aventurera esencia, nuevamente partía…
Estaba insatisfecha, el hastío se había apoderado de mí; solo los buenos libros, la poesía y la música lograban por momentos calmar la sensación.
Seguían volando las hojas del calendario, ya casi había abandonado mi sueño, solo quería descansar. En una de esas largas noches vacías, cayó en mis manos nuevamente un poema de Pablo Neruda. Recordé que había leído con avidez su exótica vida de aventurero, entonces lo decidí; deseaba conocer donde había morado aquel maravilloso poeta, que admiraba tanto. Sentía un especial fervor por la intensidad con que expresaba el amor, la pasión, y su obsesión por los ambientes marinos. Sabía que su vida había estado marcada por tres mujeres importantes, a pesar de las muchas que pasaron por su existencia. Una de ellas, la segunda, había sido argentina.
Levanté nuevamente las maletas; llevada por el impulso crucé las montañas, casi sin haber definido a ciencia cierta lo que buscaba… y llegué a su casa de Santiago, dedicada a la tercera mujer. “La Chascona” estaba impregnada del indómito espíritu nerudiano, la poesía brotaba por doquier, tenía su marca a cada paso, pero era demasiado mediterránea, a pesar del sonido del agua que corría y la visión de la cordillera; no encajaba en lo que yo suponía anidaba y emanaba a borbotones de sus versos.
Continué mi travesía y me encontré en Valparaíso, la mágica y antigua ciudad de los extraños ascensores, con sus viejos edificios recubiertos de afiligranados sobrerrelieves, las casitas de madera de innumerables y vivos tonos colgaban cual caireles de sus cuarenta y dos cerros hacia la concavidad que se extendía como una hermosa cuna, coronando la bella bahía. La gente, agradable, sencilla, pescadores con la piel curtida por el sol y el duro trabajo; hermosas mujeres de sonrisa franca y andar leve.
Trepé por sinuosas calles, con curvas tan pronunciadas como las gráciles caderas de las chilenas. A medida que ascendía en medio de la fría brisa de esa tarde gris, los colgajos de niebla se disipaban y el mar se veía matizado de guiños irisados en aquellos sitios donde el sol lograba herirlo con su dorada espada.
…Y llegué a destino. Agitada, con el corazón latiendo en mi pecho como el tam tam de un tambor que anunciaba ese momento tan importante para mí. …Allí estaba, imponente y en todo su esplendor “La Sebastiana”, asomándose desde lo alto hacia el océano.
Parada frente a la reja que me separaba de la residencia, pude observar los caminos de piedra que llevaban a la casa, sólida, orgullosa. En el jardín, los malvones estallaban con sus matices de rojo entre el verdor de las hojas, el perfume de los árboles embriagaba la tarde, largas guías de flores colgaban de una enredadera meciéndose al compás del viento marino, llamándome cual si fueran pequeñas manos que invitaban a entrar al mundo de los sueños.
La construcción no tenía ángulos para mí. Curvas y escaleras que serpenteaban y giraban hacia uno y otro lado descubriendo o presagiando sorpresas en cada vuelta, y decenas de ventanas grandes o pequeñas que semejaban ojos asombrosamente abiertos y curiosos; mientras la voz de Neruda se escuchaba en todos los rincones recitando sus versos. Desde cualquier ambiente al que accedía podía regocijarme con la visión de las pequeñas casitas que pincelaban de infinitos colores los cerros,…y el mar, siempre el mar. ¡El sitio semejaba un barco encallado en la montaña!! No en la forma, sino por el ambiente que se respiraba en ella. ¡Era el lugar ansiado!
Toqué la cama, de bronce bruñido, donde tantas veces dejaran su huella los cuerpos del poeta y la mujer; me sentí como una intrusa, por saber de aquellas noches de lujuria tan bien descriptas por él. En el vestidor, miré sus ropas, debajo asomaban unos zapatos rojos de tacones de la que fuera su tercera compañera, emparejados a los masculinos, acordonados, de cuero negro brillante, que me hicieron pensar en lo que habían caminado por el mundo buscando nuevos horizontes, a través de extraños países.
Por fin, llegué hasta su refugio, situado en el lugar más alto de la casa, desde donde se divisaba un paisaje indescriptible. Allí el cautivante chileno, pasaba largas horas oteando hacia la distancia, descansando y volcando en papel sus sentimientos. Acaricié con ternura la mesa pequeña, aun manchada con tinta, en la que tantas veces se sentara a escribir; pasé mis dedos suavemente sobre el trozo de papel que estaba cubierto por vidrio, y pude reconocer el original de uno de sus poemas, con tachas, correcciones y letra saltarina. Allí estaban su caballo de calesita, la colección de botellas de distintas formas y tamaños, el lavatorio de porcelana, caprichosamente colocado cerca del escritorio, el sillón desde donde quizás contemplara durante horas, hacia el ilusorio punto donde cielo y mar se funden.

Quedé aletargada, ya no había turistas revoloteando, el silencio me rodeaba. Mientras permanecía olvidada del tic tac de los relojes, el sol bajaba rápidamente en el horizonte, y un camino de fuegos naranjas cruzaba el mar hacia el infinito. Pensaba… Estaba viendo el mismo paisaje que Don Pablo había mirado cientos de veces. Percibía en ese lugar una calidez que envolvía; y tuve la certeza que allí se encontraba el refugio para la inquietud que me afectara durante tanto tiempo.
Suspiré… el sueño estaba concluyendo, Valparaíso era demasiado intenso para mí; aunque su gente me tratara como una de ellos, aunque tuviese los sentimientos a flor de piel e interiormente deseara quedarme, aunque la tristeza me partiera en dos, debía seguir mi camino… La mesura indicaba que debía buscar el equilibrio y la paz en el mundo seguro y mediterráneo de mi patria y mi terruño. Era tarde para empezar de nuevo… Era demasiado tarde para todo, el ocaso avanzaba.
De pronto, me sobresaltó la voz inquisidora de una de las empleadas del museo…
- ¿Qué hace aun aquí? El museo ya está cerrando…
Y yo respondí con voz ahogada… Nada, solamente conversaba con un sueño.
Aun restaba por conocer la última etapa de la vida de mi amado poeta Neruda; la casa dedicada a una mujer argentina, veinte años mayor que el seductor escritor. Representaba el amor de la mujer madura con un Pablo Neruda, joven, impulsivo, vigoroso. Sin embargo allí estaba enterrado, junto a la joven mujer con la que vivió hasta el final. Matilde significaba toda la intensidad del amor pleno. Debía visitar Isla Negra.
Magui Montero
Nota: Casa Museo "La Sebastiana" Valparaíso Chile. Instántanea realizada por un turista. Año 2005

miércoles, 25 de junio de 2008

El espíritu del cambio

¿Cual es el momento exacto en que la vida cambia?
Cuando a través del tiempo las cosas se van dando de una manera suave, casi sutil, parece que nada puede mover las estructuras fuertes y de pronto el viento surge, con fuerza huracanada, sopla cada vez con mayor ímpetu; golpea arrasando lo que se construyó con paciencia y amor.
No hay forma de cubrirse, una se siente zarandeada y arrastrada, te golpea y te lastima. Tratas de refugiarte, pero nada parece seguro. Llega el momento en que te sientes superada por los golpes demoledores de ese torbellino. En ese instante como iluminada, solo piensas en una opción.
Volver a tus fuentes, a lo que ya creías olvidado, el único lugar posible donde sabes que encontrarás abrigo; partes desesperada buscando quien restañe tus heridas. Algo te dice: "vé hacia aquel que habías abandonado"- suponiendo que nunca más ibas a necesitar.
Vagas por las calles sin sabes exactamente el rumbo, pero intuyes que te espera con los brazos abiertos. Tropiezas, caes, pero continúas en tu desesperada búsqueda.
Encuentras un templo y está cerrado, te diriges a otro con igual resultado; cuando crees que ya no quedan esperanzas, encaminas tus pasos hacia el único que permanece esperando por tu llegada. Ingresas al atrio mientras una mujer solitaria te mira pasar y vuelve a su misión de vender periódicos; casi no reparas en ella, pues tienes demasiadas ansias de consuelo. El lugar está silencioso, finalmente llegaste.
De rodillas, con la cabeza inclinada, pides perdón por tus acciones, lloras y es como agua límpida que lava el corazón y las penas. Sientes el confortable abrigo de Jesús; su presencia calma y consuela, es un nuevo inicio donde puedes respirar mejor; aunque quede mucho por hacer. No es el final, se abre un camino que intuyes tiene tropiezos, pero percibes que estás en la senda correcta.
Te apoyas a través del vidrio en la imagen de la réplica del manto que lo cubrió. Él está de alguna forma allí; te protege, nunca se fue. Esperaba que lo necesitaras, abre sus brazos con ternura para ampararte. No puedes explicarte porque antes no pudiste ver los signos, los llamados. Quizás se necesitaba que recorrieras ese camino, para tener la fortaleza suficiente y no irte más de su lado, quizás las heridas que recibiste en tu largo andar fueron solo pruebas para demostrar tu lealtad, y en su infinito Amor, todo lo ve y todo lo perdona.
Definitivamente sabes que es el camino. Te debes liberar de todo aquello que te marcó profundamente y eso solo podrá lograrlo el tiempo.
La Navidad tiene un sentido especial para ti. Es el nacimiento del Niño Jesús, pero al mismo tiempo es un renacimiento tuyo, como mujer, como persona. Sabes que puedes hacerlo, sabes que puso una semilla de Amor en ti y definitivamente le perteneces. Estás empezando a caminar a su lado, las llagas de manos y pies fueron para que tuvieras un futuro limpio, calmo y feliz. Debes andar pocos pasos; los necesarios para no retirarte de esa senda hasta el fin; tener la fuerza suficiente para poder gritar Si! Es para siempre.

Magui Montero

Nota: Imagen del Cristo del Río a orillas del Río Dulce, Parque Aguirre - Ciudad de Santiago del Estero. Fotografía de Néstor Miño

lunes, 16 de junio de 2008

El juego del entorno y el poder

El Poder yace en el trono, encaramado en su viejo pedestal solitario. Las amistades falsas reptan a sus pies cual ávidas serpientes, ansiosas de figurar, esperando el momento adecuado para clavar los colmillos envenenados. Ruines y mezquinos intereses ponen brillo en las miradas perversas.
Sabe que es fuerte, porque llegó hasta allí con el respaldo de todo un pueblo; pero la ceguera de haber llegado a la cúspide, el ansia de notoriedad y prestigio propio o de quienes lo rodean, hace que los miserables tomen actitudes en contra del verdadero soberano.
El entorno obsecuente se humilla hasta niveles superlativos, en busca de aprobación y reconocimiento que les permita ascender un peldaño más, hacia el círculo estrecho donde transitan los audaces, los arteros y los imbéciles útiles –que siempre hay- y se maquinan las situaciones más ominosas. Corren en tropel tratando de satisfacer caprichos, pero interiormente les crece como un rugido sordo, el resentimiento. Inventan creando permanentemente incidentes y sucesos; murmullos, dimes y diretes. Transgresores eternos de la fidelidad con dignidad, se dedican minuciosamente a quebrantar la confianza que depositaron en ellos y traman estrategias junto a quienes tienen mayor vinculación.
Trepan y caen, de acuerdo al inconstante y antojadizo reconocimiento del que son objeto, en el azaroso mundo del Poder. Repiten frases, plagian discursos y tratan de emular a antiguos líderes, en payasesca caricatura obsesiva; sin saber que todo tiene un límite.
El paso del tiempo es cruel y meticuloso, carcome los cimientos del mando, si no se lleva correctamente el timón. La popularidad naufraga, la intolerancia y el despotismo van minado su autoridad, rompiendo el vínculo que lo unía con el pueblo.
Cuando el barco está zozobrando, las ratas lo abandonan en loca carrera, gimiendo y suspirando por lo que no fue. Niegan cualquier nexo, reniegan, se burlan de quien hasta hace poco, aparentemente adoraban y juraban fidelidad. Intuyen que se está construyendo un fresco trono. Quizás logren, al irrumpir la nueva etapa, vulnerar las defensas del soberano, cantarán loas a la naciente autoridad, acogerán pletóricos de gozo su llegada. Susurrarán a su oído palabras que conocen, por vieja experiencia, hasta lograr ser un destacado entre las flamantes huestes, que les permita ser influyentes, acercándose al prestigioso electo. Tal vez puedan, con tenacidad férrea, por esas vicisitudes del destino, conseguirlo. …Y una vez más girará la rueda, nuevamente se estará pariendo un Poder.
Hay límites que deben ser respetados. Cada Autoridad puede ser fuerte por si misma siguiendo el camino de la honestidad, buscando la verdadera felicidad de quienes lo eligieron para gobernar, aceptando sus errores y corrigiéndolos a tiempo.
Nunca deberá olvidar que la gente depositó junto con su voto las esperanzas. Jamás deberá nutrirse de la obsecuencia y el servilismo, pues si esto ocurriera, se irán desdibujando las virtudes, grisando capacidad y eficiencia; desacreditando la maravillosa esencia de la Democracia.


Magui Montero

Nota: La fotografía fue bajada de internet.
Nota 2: Hace mucho tiempo que había escrito esta reflexión, creo que es el momento de mostrarla. No tiene que ver con un gobernante, con un lugar o con una circunstancia. Sucede cuando se equivoca la senda. Yo no estoy en contra de nadie, estoy a favor del futuro de mi país. VIVA LA PATRIA!

viernes, 13 de junio de 2008

HOY TE VI

Día sábado, ya es más de mediodía, casi la siesta… regreso tranquila, con paso cansino desde la zona comercial, las calles quedaron vacías y la 24 de Septiembre es un camino no habitual, pero elegí volver por ahí.
Pienso en todos los proyectos literarios que hice en la mañana de hoy con amigos, hasta que algo me saca de las reflexiones.
De pronto se cruza una figura conocida; su mismo andar, remera blanca – que llamabas graciosamente “polera” - , bermudas deportivo, zapatillas. El pelo negro juega con la brisa, reconozco el ademán eterno de acomodar ese mechón rebelde cayendo sobre la frente; observo los hombros anchos, los muslos fuertes, y ese ligero balanceo de los brazos.
Concientemente se que es imposible, vives a miles de kilómetros, no es razonable verte en mi ciudad, sin embargo, caminas delante mío y hasta puedo imaginar que te diste cuenta que voy en tu misma dirección; imagino que tus negros y rasgados ojos me observan detrás de las gafas de sol cuando dos o tres veces giras la cabeza.
Apuras el paso, y maldigo los zapatos de tacón que me impiden correr tras de ti y rodearte con mis brazos; sin embargo sigo andando y nadie puede intuir que el corazón me late más fuerte.
Te perdiste a la vuelta de una esquina cualquiera. Yo sigo el trayecto hacia mi casa. La ilusión permitió que te viera y fui feliz por algunos instantes; no importa que todo haya sido un juego de la fantasía; sigues aquí, estás en mi mundo, transitas mis calles, vives en mi interior, allí continúas, nada es imposible en los sueños.
¿Qué importa la murmuración de la gente! ¿Qué importa lo que digan? Se que te amo y soy capaz de gritarlo. A pesar del tiempo, a pesar de la distancia, de todo lo que nos separa; tu intensa juventud y mi naciente vejez, no serán aceptadas por la sociedad pueblerina, no podremos andar juntos en la senda de la vida. ¿Me amas o no? ¿Alguna vez me amaste? No sé, no importa… Nadie elige el momento, el motivo, el porqué, ni de quién enamorarse.
Hoy te vi, puedo moldear tu rostro con mis manos, pude vislumbrar tu sonrisa luminosa; hace tiempo que volviste a tu país, pero te quedaste en mis sentimientos. Nuestras manos permanecerán unidas.
No me robaste la vida, le diste un sentido, me ofrendaste tu juventud y yo te regalé el corazón.
Magui Montero

lunes, 9 de junio de 2008

AQUELLA PERLA

Nieves eternas, en lo alto, cubren montañas oscuras. Lluvia y rocío. Agua pura y cristalina, que el viento frío compacta, presiona, estruja y fractura; forma hielo silencioso, lívido, ajeno a los sucesos del llano.
Endurece su textura y es casi piedra, igualando la montaña que lo sostiene. Un cálido aliento de primavera besa la superficie. El hielo se torna poroso, frágil, se fisura. Por los huecos internos el agua escurre en finas y cosquilleantes gotas.
Desborda la minúscula vertiente, se une y entrecruza en saltos, cascadas y torrentes. El agua vuela, se expande en el aire, trepa en búsqueda del sol, vapor tenue, golpea las nubes con música celestial se posa recostándose en los bloques de piedra. Roce de agua puliendo agudas aristas, redondea bordes.
Piedras que se desmoronan transfórmanse en arena suave, son lecho del río de aguas dulces, mansas. Descanso y laxitud, aparente paz superficial.
Por dentro van gestándose oscuros remolinos, restos de tenebrosas y sórdidas rocas, enturbian las cristalinas aguas, arrastran todo a su paso.
Tierra, raíces, basura. Turbulencia, espuma oscura en los remansos.
Horizonte, horizonte intensamente azul, golpes de agua salobre se mezclan apaciguando al sombrío y contaminado río en su llegada. Profundidades marinas lavan los restos sucios.
La valva yace en el fondo se abre hambrienta de alimento sano que nutre. Calma, satisfecha y feliz, no intuye que también la traspasaron restos de arena; las impurezas enferman su interior… y reacciona, se protege.
Anticuerpos generados cubren la basura, capas y más capas una sobre otra aíslan del veneno que hiere. Se torna dura, tan dura como la primigenia roca, la perla nacida sorbió colores irisados del agua de torrente como aquellas gotas tocadas por el sol.
Duerme!! duerme tu sueño singular, gema engendrada con dolor; en un camino de golpes y caídas, rodaste de la cumbre hasta la sima marina, mixturando agua dulce y salina. Es hora de la mesura. Descansa!! Madura!!
Espera al pescador de perlas que se atreva a llegar a las profundidades. Él redescubrirá tu cuenco de nácar. Nuevamente la luz del sol arrancará destellos refulgentes de tu interior lacerado, resucitada a la vida…

Magui Montero
Nota: Fotografía de Magui Montero - Febrero 2007

martes, 3 de junio de 2008

EL INMIGRANTE


Un lugar lejano de Europa, apenas comienza el siglo XX. El chiquillo delgado, de ropas sencillas está sentado en una roca de la playa. El viento despeina su corto cabello claro, mientras achica los ojos tratando de otear el horizonte y suspira en silencio…
La guerra se cierne sobre el país y hacia donde gira la cabeza, encuentra restos de maderos, trozos de hierros retorcidos, guiñapos sanguinolentos esparcidos, rodando en tétrica danza llevados por el arremolinado soplo marino. Parece permanecer ajeno al escenario dantesco, si bien sus labios están apretados en un rictus de amargura. Recuerdos del hogar rodeado de gigantescos olivos, el aroma de pan recién horneado por la madre, las risas cascabelinas de los hermanos, lo han transportado a otro paisaje donde la dulzura y el amor cubrían su mundo placenteramente. Ahora, el horror del presente solitario y amargo cae sobre él, estrepitosamente.
Nada hay que haya quedado en pie, solo negruzcos muñones que tiñeron la otrora luminosa casa, enlutando para siempre el futuro.
Con furia seca lágrimas que dejan surcos húmedos en el rostro. Si tan solo hubiese estado presente… si no hubiese ido en búsqueda de la cabra extraviada que les brindaba la leche diaria, tal vez la propia muerte le habría evitado el dolor de dar cristiana sepultura a sus seres queridos y ser testigo de la espantosa visión que lo golpeara.
Ya no existe que lo ate a este lugar; quiere huir lejos, donde la distancia lo ayude a cubrir con un manto de olvido todo lo que sus ojos vieron.
Lenta y trabajosamente se puso de pie y comenzó a caminar por la costa, no vuelve la cabeza ni por un instante, tiembla repetidamente aun pasmado por la intensidad de lo vivido.
Anduvo por la húmeda arena durante horas, hasta llegar al pequeño pueblo de pescadores, donde no hace mucho, venía la familia a compartir la misa dominical o un lindo paseo.
Hoy ya no se escucha el eco de música saliendo de la taberna. Explosiones, gritos de órdenes, civiles y soldados corriendo hacia uno u otro lado han modificado la tranquila fisonomía pueblerina.
La cala donde acostumbraba a ver ancladas barcazas pescadoras de multicolores gallardetes ondeantes, está cubierta de lanchones de desembarco y a la distancia puede divisar grandes buques que transportan tropas y vituallas para la guerra.
Sus ojos turquesa se empequeñecen para atisbar mejor, pues el sol de la tarde lo hiere. Los reflejos rojizos sobre el agua golpean el corazón cuando le recuerdan otro rojo bermellón injustamente vertido.
Nadie parece reparar en su presencia, está agotado y el ardor de su piel le recuerda que ha caminado todo el día, pero eso no lo hace cejar en su intento de irse para siempre.
Mordisquea el trozo de pan que llevaba en el bolsillo, y continúa caminando. A un centenar de metros observa un buque de carga del que siguen bajando provisiones hacia barcas más pequeñas, que van y vienen al fondeadero como hormigas obreras acarreando comida.
Finalmente las sombras lo ayudan; puede esconderse dentro de una que regresa hasta la nave mayor. Confundido entre los portadores asciende a ella y
se introduce en las entrañas del navío. Un lugar húmedo, sombrío, le da cobijo detrás de cuerdas y toneles vacíos; por fin se deja caer y rato después el acompasado sonido de los motores se hace sentir.
El movimiento del inmenso monstruo de acero lo acuna en su vientre hasta que poco a poco el sueño llega.
Siente de pronto un tirón en las ropas; seguramente es su madre despertándolo porque se ha dormido… pero, al abrir los ojos, la realidad lo golpea como un mazazo. El tosco marinero de piel morena, le habla en una lengua desconocida…
Se hace un ovillo, temeroso de recibir castigo, aunque el inmenso hombretón solo le acaricia el pelo con ternura, lo toma de la mano y tira de él, obligándolo a seguirlo. Caminan por estrechos pasillos, suben y bajan escaleras, finalmente abre una puerta donde hay dos literas; le alcanza una toalla, jabón, señala un pequeño lavatorio, luego sale dejándolo solo.
Cuando el marino regresa, encuentra al casi niño envuelto en la toalla, aun con el pelo húmedo, sentado en un rincón; las ropas sucias dobladas a su lado y una expresión de angustia pintada en el rostro.
Comprensivamente el hombre sonríe, indicándole que se pusiera las prendas que le traía. En una bandeja, colocó una jarra con agua, queso, galletas y dos manzanas que el muchacho hizo desaparecer en instantes, mientras lo seguía mirando.
Pasaron los días, quién sabe cuantos! Giusseppe aprendió a decir: hola, buen día, gracias, no comprendo, en español. Diariamente esperaba la llegada del hombre que lo protegía; supo que se llamaba José, y lo sorprendió la coincidencia, pues llevaban el mismo nombre en distintos idiomas.
Algunas veces, durante la noche José se sentaba cerca cuando lo oía llorar y le murmuraba palabras que no comprendía pero lo calmaban.
Los oídos de Giusseppe se habían acostumbrado al sonido de las máquinas, hasta que un día escuchó que su ritmo cambiaba, se hacía poco a poco más lento, y finalmente quedó todo en silencio.
Risas en el aire, gritos en español. El barco había llegado a destino. Pasaron las horas, cuando ya bajaba el sol, José levantó su bolsa marinera y la puso al hombro, invitando al joven a que lo siguiera.
Subieron a cubierta, el marinero saludó con la mano en alto a un solitario compañero que hacía guardia, quien le respondió de igual modo, dirigiendo al mismo tiempo un gesto amistoso al jovencito.
Giusseppe miró a su alrededor… el agua tenía un color gris amarronado que desconocía. Hacia occidente, donde sus ojos siempre vieron azul mar, ahora se recortaba el perfil de una ciudad con altos edificios y luces que comenzaban a encenderse en el atardecer. Había cruzado el Atlántico, un marino, decente y bueno le había ayudado; ahora dependía de sus ganas de seguir viviendo y del propio esfuerzo para forjarse un futuro.
La vida estaba brindándole una nueva oportunidad del otro lado del océano, en un país desconocido. Argentina le estaba abriendo los brazos.

Magui Montero

Nota:3º PREMIO Cuentos.
Concurso SALAC. 2007 “Nenúfar Niró”3º Provincial, 2º Nacional y 1º Internacional.
Fotografía gentileza de Luis A. Gallardo Cortéz. Costa de Chile. Año 2005

sábado, 24 de mayo de 2008

NUESTROS PADRES

NOTA ACLARATORIA: He decidido copiar las palabras que encontré en un power point que me enviaron. Hace algunos días se festejó el Día de la Madre en algunos países, y en el próximo mes de Junio es el Día del Padre.
Esto es para que aquellos que aun tenemos la dicha de tenerlos entre nosotros sepamos valorarlos y comprender muchas cosas que nos negamos a asimilar.
El archivo del que copié las palabras que están a continuación dice en las propiedades del documento
Sic: “el Texto es de Autoria de Marha Medeiros, formatado por Paulo Benites, em Piracicaba-SP, em 18 de outubro de 2005, ás 07:42 horas.”
Magui Montero

NUESTROS PADRES

Padres héroes y madres heroínas del hogar. Pasamos buena parte de nuestra existencia cultivando estos estereotipos. Hasta que un día el padre héroe comienza a pensar todo el tiempo, protesta bajito y habla de cosas que no tienen ni pie ni cabeza.
La heroína del hogar comienza a tener dificultades en terminar las frases y empieza a enojarse con la empleada.
Que hicieron papá y mamá para envejecer de un momento a otro?
Envejecieron... Nuestros padres envejecieron. Nadie nos había preparado para esto. Un bello día ellos pierden la compostura, se vuelven más vulnerables y adquieren unas manías bobas.
Están cansados de cuidar de los otros y de servir de ejemplo: ahora llegó el momento de ellos de ser cuidados y mimados por nosotros.
Tienen muchos kilómetros andados y saben todo, y lo que no saben lo inventan. No hacen mas planes a largo plazo, ahora se dedican a pequeñas aventuras, como comer a escondidas todo lo que el médico le prohibió. Tienen manchas en la piel. De repente están tristes. Mas no están caducos: caducos están los hijos, que rechazan aceptar el ciclo de la vida.
Es complicado aceptar que nuestros héroes y heroínas ya no están con el control de la situación. Están frágiles y un poco olvidadizos, tienen este derecho, pero seguimos exigiendo de ellos la energía de una usina. No admitimos sus flaquezas, su tristeza. Nos sentimos irritados y algunos llegamos a gritarles si se equivocan con el celular u otro electrónico, y encima no tenemos paciencia para oír por milésima vez la misma historia que cuentan como si terminaran de haberla vivido.
En vez de aceptar con serenidad el hecho de que adoptan un ritmo más lento con el pasar de los años, simplemente nos irritamos por haber traicionado nuestra confianza, la confianza de que serian indestructibles como los super -héroes.
Provocamos discusiones inútiles y nos enojamos con nuestra insistencia para que todo siga como siempre fue. Nuestra intolerancia solo puede ser miedo. Miedo de perderlos, y miedo de perdernos, miedo de también dejar de ser lúcidos y joviales.
Con nuestros enojos, solo provocamos más tristeza a aquellos que un día solo procuraron darnos alegrías.
¿Por que no conseguimos ser un poco de lo que ellos fueron para nosotros? Cuántas veces estos héroes y heroínas estuvieron noches enteras junto a nosotros, medicando, cuidando y midiendo fiebres!!
Y nos enojamos cuando ellos se olvidan de tomar sus remedios, y al pelear con ellos, los dejamos llorando, tal cual criaturas que fuimos un día.
El tiempo nos enseña a sacar provecho de cada etapa de la vida, pero es difícil aceptar las etapas de los otros...
Mas cuando los otros fueron nuestros pilares, aquellos para los cuales siempre podíamos volver y sabíamos que estarían con sus brazos abiertos, y que ahora están dando señales de que un día irán a partir sin nosotros.
Hagamos por ellos hoy lo mejor, lo máximo que podemos, para que mañana cuando ellos ya no estén mas... podamos recordarlos con cariño, de sus sonrisas de alegría y no de las lágrimas de tristeza que ellos hayan derramado por causa nuestra.
Al final, nuestros héroes de ayer... serán nuestros héroes eternamente...
Gracias!!

LA SEÑORITA ALEJANDRA

La anciana se encontraba de pie, destilaba dignidad y orgullo, mientras escuchaba el Himno Nacional Argentino. Regresaba a ese lugar querido después de muchísimos años; sus ojos azules estaban húmedos por la emoción, El viejo Hogar Escuela del que en su lejana juventud había sido docente hoy festejaba las Bodas de Oro.
Las imágenes antes tan borrosas, comenzaron a volverse nítidas y se vio de nuevo en aquel mes de mayo de 1949, joven, con el delantal prolijamente planchado entonando ese mismo himno, con el cabello suelto en doradas ondas, rodeada del abigarrado grupo de niños morenos y asustados ojos. El edificio adornado con banderas argentinas y las autoridades presentes. Las tejas rojas brillaban, los pisos estaban relucientes, aun percibía nítidamente las galerías con inmensos dibujos infantiles, el castillo de Blancanieves, la señora Osa con su delantal de cocina, rodeada por pequeños ositos en la casita del bosque. Olor a pintura, madera nueva y cera. Los dormitorios infantiles lucían alegres con una alfombra de estera, camas prolijamente arregladas, coloridas cortinas, En la parte central de la galería, estaba el inmenso cartel con las palabras “Los únicos privilegiados son los niños”
Una sonrisa se dibujó en el rostro apergaminado. Tenía 26 años cuando comenzó la maravillosa tarea en aquel sitio. Debía ayudar a forjar el futuro de esos pequeños que la vida había maltratado tanto. Todos ellos provenían de hogares con problemas estructurales, padres alcohólicos, madres solteras, maltratados, abusados, o tan pobres que era imposible su crianza y educación. Su misión no era estrictamente docente, pues debía formar, educar y contenerlos, darles cariño, enseñarles a jugar. Temía no poder cumplir con todo lo que esperaban de ella. Los niños habían pasado demasiadas dificultades y desconfiaban de quien se acercaba; estaban en todo su derecho.
Se propuso entregarles un poquito de alegría. En las horas que pasaran juntos, les enseñaría poco a poco a demostrar sus sentimientos; ella tenía Amor para brindarles y hacer que olvidasen en parte, el resentimiento, las carencias materiales y afectivas que siempre habían tenido.
Y así fue; la señorita Alejandra acompañaba a sus chicos a lo largo de las jornadas, les enseñaba a leer y escribir, a sumar y restar, compartía la hora del almuerzo, jugaba con ellos, solucionaba pequeños inconvenientes y les ayudaba a soñar.
Muchas veces decía: “me gustaría que cuando sean grandes puedan tener un título que les abra las puertas del futuro”. Solía preguntar que les agradaría estudiar y sonreía con las diferentes respuestas que recibía.
Su jornada concluía en el Hogar – Escuela al atardecer, luego que los chiquillos recibían la cena, les daba un beso y regresaba a su casa, donde aun tenía muchas responsabilidades y tareas que realizar.
Pasaron los años; la señorita Alejandra fue viéndolos crecer, los chiquitines se hacían adolescentes, algunos volvían a visitarla una o dos veces, mientras continuaba con su labor.
Algunos años después, por razones políticas del país, la castigaron arrancándola de la maravillosa tarea que tanto amaba, para cumplir funciones administrativas, pero ella nunca olvidó a los traviesos infantes que fueron casi sus hijos.
Ahora, no sabía de que lugar habían rescatado su nombre y el de algunas otras compañeras, que orgullosamente estaban en la primera fila del homenaje a quienes fueron pioneros en ese maravilloso lugar, donde los niños, de alguna forma, podían tener algo que les había sido negado en la vida.
Los aplausos al término del Himno Nacional, la sacaron rápidamente de las cavilaciones; hubo palabras alusivas, entrega de pergaminos, canciones interpretadas por el Coro de la Provincia y algunas danzas folclóricas. Se dio por concluido el acto; saludó viejos amigos que había perdido de vista hace algún tiempo, y comenzó a dar los primeros pasos, aferrada al brazo de su nieta, mientras se apoyaba firmemente en el bastón con la otra.
De pronto, un grupo de personas se acercó y la hizo detenerse; los miró extrañada, no creía conocerlos, y aunque sus ojos no la ayudaban demasiado, dudó, porque sus rostros tenían algo familiar.
- Señorita Alejandra! ¿Cómo está? ¿Se acuerda de mí? Fui su alumno cuando tenía 9 años, dijo el hombre con la voz entrecortada.
La anciana abrió sus brazos y apoyó su cabeza, en el pecho de ese caballero maduro, con el pelo corto entrecano, vestido de impecable traje gris, mientras las lágrimas corrían por su rostro.
- ¡Hola mi chiquito! ¡Nunca más te vi! Estás tan grande!
El hombre se rió un poco turbado por las palabras. Le recordó que habían pasado muchos años, que hacía más de 30 años se fue de la provincia, pero había aprovechado la oportunidad para cumplir una promesa que le hiciera cuando era su alumno y venía a mostrar lo que eran sus logros.
- Me costó mucho, es cierto que tuve que esforzarme, nada fue fácil, pero aquí estoy, soy profesor de Literatura. Trabajo en la docencia, porque usted me enseñó a amar lo que hacía, ella es mi esposa, y estos son mis hijos, la más chica tiene 16 años y se llama como usted. He cumplido; nunca olvidaré las palabras que nos dijo el día que terminé la escuela primaria. “Si uno de todos ustedes lo logra, mi misión estará cumplida y podré saber que lo aprendido dio sus frutos”.
La ex docente sonrió, tratando de mantenerse serena, le agradeció por haberla recordado y por permitirle saber como había concretado sus sueños, lo abrazó nuevamente con ternura, y se despidió de la familia.
Mientras caminaba hacia la salida reflexionaba; hay cosas que no les había enseñado a los pequeños alumnos; …debían buscar dentro de si mismos.
Era parte de cada ser humano; sin saberlo, ese niño lo había encontrado. Pensó que de nada hubiese servido sembrar miles de semillas, si el terreno no era fértil. Ella solo había ayudado a educarlos. Aquel pequeño tuvo dignidad, tenacidad, había puesto sacrificio y esfuerzo, pero tenía el sabor del triunfo, de lo conseguido por propio mérito.
Era cierto, se sentía satisfecha; aunque fuera mínimamente había logrado cumplir con la consigna que leyera en las paredes del viejo Hogar – Escuela: “Los únicos privilegiados son los niños”. No sabía si alguno más lo había conseguido, pero al menos “la señorita Alejandra” había colaborado, dándoles la oportunidad de serlo.
Magui Montero
Nota: Dedicado a mi madre en su cumpleaños. ¡Felices 85 años, mamá!

miércoles, 21 de mayo de 2008

BRUMA

Bruma blanca, algodonosa, donde se concentra el silencio. Los ruidos se tornan suaves, desaparecen; el entorno se envuelve con pinceladas fantasmagóricas. En un grito inaudible, pero presente, la boca nubosa absorbe los sonidos.
El paisaje es grisado como si un gnomo travieso hubiese pasado un esfumino. Las figuras se tornan lejanas, vagas, casi intangibles, tragadas por el vaho.
Fantástico mundo de niebla, asfixiante, húmeda; textura de gasa que aletarga y libera. Bocanadas tenues de un místico cigarrillo invisible cuyas volutas se expanden sutilmente.
Caminantes rutinarios oyen el eco de sus pasos diluyéndose, apagado roce en la mullida alfombra de grava de la plaza. El motor de los vehículos resuena a través de una sordina, amortiguando el rumor a la distancia.
Caricias con aleteos de ángel desvaneciéndose alrededor de la edificación urbana. Hálito vivificante y suspiro infinito, brisa apenas perceptible lamiendo la piel que se estremece con la frescura del amanecer.
El manto silente empieza a rasgarse, los rayos mágicos del sol comienzan a esgrafiar los árboles, las casas, las flores de los jardines.
La neblina que asciende girando en espirales, se esconde tímidamente. Poco a poco, pausadamente, la bruma va disipándose. Respiro hondo, nuevamente la ciudad comienza a recuperar sus colores.

Magui Montero
Nota: Fotografía tomada por Magui Montero en noviembre de 2005 - Cielo santiagueño

lunes, 19 de mayo de 2008

LA POMPA DE JABÓN

Caminaba dando pequeños saltitos mientras miraba las vidrieras iluminadas con luces multicolores. Llevaba en su mano una paleta dulce que saboreaba con deleite y la carita sonriente mostraba restos de “melcoche” almibarado.
Las calles se veían bulliciosas, melodía alegre salía de algún lado; el vendedor disfrazado de arlequín soplaba una cañita de la que surgían innumerables burbujas brillantes de distinto tamaño que se esparcían por el aire, flotando y elevándose al compás de la brisa mañanera.
La pequeña quedó parada mirándolo con asombro, mientras el arlequín sonreía y nuevamente comenzó a soplar pompas de jabón. Una de ellas grande e irisada, giraba alrededor de la nena acercándose cada vez más, hasta que la curiosidad le hizo apoyar los deditos en la burbuja. De pronto se encontró sentada en el interior y su risa estalló en pequeños gorjeos, mientras se elevaba suavemente sobre la gente.
El sol entibiaba el rostro risueño, en tanto ella miraba con curiosidad las copas de los árboles que se hamacaban graciosamente a su paso; los ocasionales espectadores señalaban el cristalino globo que jugaba con el viento elevándose.
El arrobo y la sorpresa ponían chispitas en los ojos de la pequeña, mientras observaba el paisaje que cambiaba de colores, a medida que la ampolla transparente recorría distancias, alejándola de la ciudad. Vio la carretera como cinta plateada que refulgía con la luz, un serpenteante río mostraba en sus lados manchones verde azulinos de vegetación costera, casitas rurales parecían pequeños recortecitos rectangulares, y a lo lejos vislumbraba montañas salpicadas de nieve.
Bandadas de golondrinas en vuelo emigratorio acompañaron el trayecto por un rato, retomando nuevamente su rumbo y ella reía ante los vaivenes juguetones de esa burbuja que la llevaba con rumbo desconocido. Los picos parecían inmensas parvas de chocolate, cubiertos de merengue, vistos desde arriba, la fronda era celofán jaspeado donde pastaban pequeñas ovejitas. Se fueron sucediendo pueblos y comarcas, hasta que comenzó a definirse la costa del mar.
Olas rugientes rompían fuertemente en las rocas, mientras la pompa de jabón seguía las formas costeras. Barcos veleros agitaban sus coloridas telas saludándola en su recorrido, que se hacía lento. Nuevamente estaba sobre una ciudad; una bahía mostraba naves de gran porte y la esfera flotaba suavemente. Llegaron a una plaza, donde fue descendió hasta rozar el césped.
La niña tocó nuevamente la cristalina y suave cápsula y esta se abrió dejándola bajar. Un árbol enorme extendía sus ramas y daba fresca sombra protegiéndola de la intensa luz solar; allí se sentó a descansar, en tanto admiraba ese lugar maravilloso y aspiraba con fuerza el aire marino.
Parpadeó repetidas veces porque el sol se filtraba entre las hojas del inmenso gomero, hasta que abrió de nuevo los ojos y se encontró en el dormitorio. En las manos no tenía ya la dulce golosina, estaba abrazando su querido osito de peluche. Había sido un hermoso sueño.

Magui Montero
Nota: Fotografía realizada por Antonio Flores en el año 1959. La niña es Magui a los 6 años

lunes, 12 de mayo de 2008

LA PIEDRA

Era un sueño largamente postergado. Había pasado diferentes etapas de mi vida hilvanando proyectos, que pensé no llegarían a hacerse realidad. Estaba en un momento crucial en que debía tomar decisiones, necesitaba reflexionar sobre cual sería el camino a seguir; la experiencia me decía que para ello debía irme lejos, el contacto con la naturaleza y los restos de una civilización por la que sentía profunda curiosidad, orientó mis pasos hacia el centro espiritual de los primigenios sacerdotes de Macchu Picchu.
Mi camino fue pausado, los ojos y el corazón se inundaban de colores, perfumes y sensaciones que superaban en mucho las expectativas que llevaba. El conocimiento de seres parcos y piel color bronce, paisajes diferentes, ciudades antiquísimas, ríos caudalosos, lagos de plácidas aguas, islas de increíble belleza fueron plasmando hitos en mi espíritu, preparándome para el momento trascendental.
A medida que transcurrían los días sentía que dentro de mí, se iba produciendo una transformación, por la percepción diaria de ese pueblo extraño y aferrado a tradiciones, mientras continuaba adentrándome en el Cusco (1). La gente aun conversaba fluidamente en lengua quechua, el idioma de sus mayores; las costumbres ancestrales eran diferentes a lo que conocía hasta entonces de otras regiones; los antepasados habían logrado construir palacios, templos y fortalezas de una belleza indescriptible, con diseños y ubicación en equilibrio cósmico tan perfecto que resultaban inexplicables muchas de ellas, aun para la ciencia actual.
Con el transcurso de los días, me sentí sorprendida, por los relatos de los guías locales, sobre la destrucción y humillaciones a que se los había sometido en nombre de una catequización hecha a látigo y punta de espada, sin respeto por los que demostraban mayor sabiduría a la europea de aquel momento, solo que la cultura Tahuantisuyo había honrado la naturaleza.
Entonces entendí el dolor de un pueblo al que se obligaba a festejar el “Día de la Raza”, cuyo significado era para ellos conmemorar el martirio de los suyos en defensa de sus creencias y costumbres.
Macchu Picchu era como la coronación del espíritu de aquellos seres, una ciudadela que representaba el santuario perfecto, la demostración de que a pesar de las muchas centurias transcurridas, aun persistía tercamente, diciendo aquí estoy; este es el mundo que nosotros quisimos.
En el amanecer de Macchu Picchu, el rostro del Inca se perfilaba a la salida del sol, perfectamente dibujado por la propia naturaleza. La creencia popular decía que quien se atrevía a escalar el Wayna Picchu (2) – la nariz del Inca – para que los rayos del sol lo tocaran al amanecer en la cumbre, tendría la paz que ansiaba y la protección de sus pasos futuros. Era el momento indicado; sin estar planeado, había llegado justamente entre el solsticio de verano y el equinoccio. A las siete de la mañana, cuando aun Macchu Picchu estaba en semipenumbras y rodeada de una densa neblina, comencé a escalar.
Sabía que me llevaría más tiempo que a los jóvenes y los deportistas, mis años de fumadora empedernida, me decían que no era adecuado hacerlo, pero eso aumentaba la obstinación por emprender el ascenso. Había aceptado los consejos de guías y gente avezada con la sugerencia de no llevar mucho peso. Mi mochila tenía una provisión de agua mineral, linterna, capa de lluvia, una fruta y dos sándwiches.
El trayecto no era difícil, un sendero angosto, muy escarpado y empinado pero perfectamente delimitado llevaba a la cumbre, en algunos tramos todavía resistían el paso del tiempo escaleras talladas en la roca por los antiguos habitantes de la ciudadela. El espacio no era mayor a los sesenta o setenta centímetros, salvo en pequeños lugares, donde se ensanchaba un poco, permitiendo descansar durante la ascensión, de un lado la pared montañosa, y del otro el vacío. En medio de la cerrada vegetación podía observar por momentos el caudaloso río Urubamba, afluente del Amazonas, y la ciudadela, que iba empequeñeciéndose a medida que trepaba.
Varias personas iban escalando, algunos se ayudaban con bastones, otros tomándose de las piedras; eran pequeños grupos de risueños jóvenes en busca de aventuras y buenas fotos, que habían viajado desde distintos países y se intercambiaban bromas.
Yo seguía trepando en silencio, respiraba agitada, me temblaban las piernas, descansaba cada vez con mayor frecuencia, hasta que finalmente llegue a la cumbre. Un majestuoso entorno se extendía a mis pies, la vegetación tenía matices azulinos y realicé el rito que me habían indicado, abrí los brazos en cruz, y puse mi rostro hacia el este para que me llegara de lleno la luz del sol. Luego bajé unos pocos metros, para sentarme a descansar en un lugar resguardado del intenso viento que soplaba, me ubiqué al cobijo de una piedra, comí la fruta y tomé un poco de agua.
Permanecí con los ojos cerrados, deseando poder compartir con alguien, estos instantes tan intensos. Quedé algo adormilada, hasta que el viento se hizo más fuerte, silbaba y pequeñas gotas de agua empezaron a caer. Cuando abrí los ojos; ya nadie quedaba en la cumbre, todos habían emprendido el regreso hacia la ciudadela, ante la inminente tormenta que se gestaba, tornando peligroso el descenso.
Estaba desorientada; la lluvia y el viento ya caían con fuerza, y comencé a buscar el sendero, para volver. Giré hacia el lado derecho, vi una pequeña flecha casi desdibujada, y supuse que tomaba el camino correcto. Lenta y cuidadosamente hacía los pasos, no se veía mas allá de los dos metros de distancia, el agua bajaba con fuerza desde la cumbre formando pequeñas cascadas que corrían arrastrando piedras, tornando más riesgoso el trayecto. Noté la vegetación espesa y algunos árboles que crecían en el precipicio, cubrían con su fronda el camino, formando un túnel sobre mí, haciendo que me sintiera más protegida.
Anduve durante aproximadamente una hora, hasta que llegué a la planicie, de no más de cien metros de lado. Sobre la pared de la montaña se abría una caverna, y un poco más allá los restos de una pequeña construcción “el Templo de la Luna”, y otras edificaciones, luego solo el precipicio, rodeado de árboles y lianas, y fue allí donde me di cuenta del error. Había bajado la montaña, pero hacia el lado opuesto, no había posible retorno sin escalarla nuevamente. Estaba agotada, el agua se había colado bajo la capa de lluvia dejándome empapada y seguía lloviendo. Decidí guarecerme en la gruta que tenía un cartel indicador, decía “La Gran Caverna”, era lugar sagrado, y según antiguas creencias la Luna protegía a las mujeres.
Mordisqueé un sándwich, tome algo de agua y me senté, mientras miraba, lo que parecían antiguas catacumbas. El silencio era roto solo por el sonido de la lluvia ó el aletear de algún pájaro buscando refugio. Los músculos dolían por el esfuerzo de más de tres horas de camino desde que salí de la ciudadela, y el temor comenzó a surgir. ¿Tendría fuerzas para enfrentar otra caminata? En este último tramo había cruzado frágiles pasarelas de madera, atadas con sogas, que se balanceaban sobre el vacío, sentía que la voluntad me estaba abandonando, pero apelé nuevamente a mi tozudez.
La lluvia estaba amainando, era hora de volver. La entrada a ese sector cerraba a las cinco de la tarde, y luego se verificaba si quedaban personas registradas sin regresar, para iniciar la búsqueda. Había escuchado que pocos meses antes un extranjero se perdió y no se pudo recuperar el cuerpo.
Levanté la mochila, la puse en mis espaldas, y comencé a caminar. Cada paso significaba un esfuerzo tremendo, las botas de escalar, parecían pesar toneladas, la ropa húmeda incomodaba; pero decidí hacer caso omiso a esos detalles y continué ascendiendo. Estaba arribando a la punta, cuando encontré un jovencito, sentado en uno de los descansos donde se ensanchaba la senda, los ojos mostraban angustia, tenía el jeans y una remera sin mangas totalmente mojados, los labios morados le temblaban por el frío y pude notar su alegría en cuanto me vio aparecer.
- Hola! - le dije - ¿qué haces aquí a esta hora? ¿Necesitas ayuda, te sucede algo?
Las palabras brotaban a borbotones, no quería demostrar mi alivio de encontrar otro ser humano en esa desolada senda, pues suponía que todos los visitantes habían regresado.
- Me sorprendió la lluvia, no traje equipo y hace frío. Yo entendí que la cumbre estaba más cerca, que solo eran unos minutos, mi familia está esperándome abajo.
- Toma mi capa de lluvia, ya dejó de llover, pero vos necesitas ponerte algo encima. ¿quieres un sándwich y un poco de agua?
- Si, gracias, tengo sed.
- Bien, es hora de continuar, ya es muy tarde. Vas por el camino equivocado, debes girar hacia atrás. Tenemos que ir la cima, y descansar un rato, para iniciar el descenso.
- No se preocupe, hace una hora que estoy sentado aquí, caminaré delante suyo y aviso que ya baja, así puede volver despacio, muchas gracias por su ayuda.
- Adiós amigo, nos vemos abajo.
Cuando llegue a la cumbre, ya no se veían rastros del muchacho, me senté agotada por el esfuerzo, pero ahora más tranquila, pues esperarían mi llegada.
La niebla aun cubría todo con un manto algodonoso, el viento helado parecía acariciarme, el sol se filtraba de ratos formando un arco iris majestuoso. Bajaba lentamente y desde lejos oí el lastimero sonido del erke, acompañado de parches y cascabeles. Recordé que ese día había un acto en que Macchu Picchu se postulaba a ser elegida como una de las maravillas del mundo; la emoción me superó e hizo el resto; ya no había lluvia, pero sentí el rostro húmedo por las lágrimas. Sabía que no debía levantar nada de la ciudadela, pues estaba prohibido; pero no me indicaron nada respecto a este lugar. Me agaché y recogí una piedra pequeña, no mayor que el tamaño de mi puño, desde la montaña sagrada de Wayna Picchu. La música interpretada con instrumentos legendarios me acompañaba envolviéndome mágicamente, y se perdía a lo lejos con el eco; pensaba en lo que había ocurrido e hice una promesa, al tiempo que apretaba fuertemente el trozo de roca.
Si había logrado atravesar este escollo, no habría en el futuro situación difícil que fuera insuperable. Cada angustia, cada pena, que afrontase; con solo mirar esa piedra – que acompañó mi regreso – podría resurgir el ánimo, me infundiría valor. Tenía la más absoluta convicción, que no existirían imposibles, si en ello ponía mi esfuerzo y voluntad.
Nuevamente estaba llegando a la ciudad sagrada; las nubes iban abriéndose. Macchu Picchu se veía hermosa al atardecer y los rayos del sol hacían resplandecer la Ciudad Dorada de los Incas…

(1) Cusco: En 1933, el XXV Congreso de Americanistas opta por el nombre CUSCO con ¨S¨, tomando como base el vocablo quechua QOSQO, que significa Centro u Ombligo de la cultura Inca o cultura del Tahuantinsuyo. También Cosco. En Perú se lo escribe con s.

(2) Wayna Picchu constituye un espolón que forma parte de la montaña, cuya base está bañada por el río Urubamba. Su nombre quechua significa “montaña aguja” o montaña joven” también llamada la nariz del Inca. Desde allí se pueden apreciar las construcciones de Macchu Picchu.

Magui Montero
Nota: Foto lograda por Magui Montero durante la trepada al Waina Picchu en el año 2007

domingo, 11 de mayo de 2008

ESBOZO DE UN FANTASMA


El sol comenzaba a levantarse en el horizonte. Las nubes iban tomando un suave color rosado ruborizándose por la tibieza de los rayos que acariciaban cálidamente sus bordes. Los sauces movían la melena perezosa y cadenciosamente al soplo de esa brisa fresca que preludia la aurora.
Permanecía laxa, apoyada en el césped aun húmedo por el rocío nocturno; en tanto, las estrellas se esfumaban en el cielo brindando los últimos chispazos estertóreos en inútil rebeldía, negándose a desaparecer. Jirones de mi aura se esfuman y se concentran en ondulantes dibujos de tonos pastel y me hacen sonreír.
La belleza y el silencio de la noche quebrado por el desafinado cri-cri de los grillos, estaba dando paso raudamente al majestuoso paisaje mañanero, la claridad avanza. La luz se intensifica minuto a minuto y los pájaros inician su coro de bienvenida al Astro Rey.
Solitaria espectadora del nacimiento del nuevo día, a la orilla del río, de mi amado río; vislumbro el agua, engañosamente mansa; la misma que esconde en su vientre remolinos y concavidades, atrapando en su seno a todos aquellos que se atreven a dudar de esa bravura. De rato en rato escucho chasquidos de peces que saltan y vuelven a hundirse en el lecho, poniendo chispas de plata en la superficie del agua.
Lejos, en la semipenumbra matinal se intuyen isletas grisáceas cubiertas de matas, que recuerdo de un intenso verde a la luz solar.
El hermoso paisaje de inmensa paz me hace feliz, la naturaleza se brinda en todo su esplendor y agradezco en silencio a Dios por la posibilidad de disfrutarlo. No hay mayor goce en mi espíritu que haber podido despojarme de la vestidura corporal en este sitio tan bello, mientras dejo para siempre la tierra que me vio nacer.
Los pies de pronto adquieren levedad, ya no siento el pastizal besándome los tobillos, el contorno de lo que fuera mi cuerpo se disuelve lánguidamente y comienzo a elevarme. Enredándome en la copa de un árbol, jugueteo formando serpentina alrededor de dos palomas que revolotean haciéndome cosquillas.
Por fin, mientras Santiago se despereza, me recuesto en la algodonosa nube que me sustenta, cobijándome en este viaje de eternidad.
Soy y no soy. Mixtura de nube y alma, de sentimientos y sentidos que se van evaporando. Fluyo hacia el infinito. ¿Dónde voy? ¿Hay trascendencia en la muerte – vida? Ahora tengo la respuesta. Solo que cada ser deberá encontrarla en el preciso instante en que deje de ser fantasma para transformarse en luz.


Magui Montero
Nota: Fotografía de Néstor Miño - Cristo Blanco del río - Ciudad de Santiago del Estero - Argentina

viernes, 9 de mayo de 2008

LA CAJA DE CUBIERTOS

Los recuerdos se entremezclan. ¿Quién sabe que es verdad o fantasía? pero gran parte de mi relato ocurrió hace ya muchos años y nos dio una lección de vida a mis hermanos y a mi.
Si vuelo en el tiempo, aun puedo ver la mesa tendida de nuestra casa y los reflejos que el tibio sol invernal ponía sobre los vasos prolijamente ordenados, a un lado la servilleta y el pan oloroso y crujiente colocado en la panera, esperando la hora del almuerzo.
Nosotros, jugábamos a los tirones, mientras aguardábamos la llegada de papá, quién exactamente a las 13,15 bajaba de la bicicleta con el mameluco enrollado en el porta-equipajes.
Corríamos a su encuentro, peleándonos sobre quién recibiría el primer beso (por supuesto, se las ingeniaba, para que llegáramos juntos). Mamá observaba el cotidiano juego, sonriendo, y comenzaba a servir humeantes platos de la infaltable sopa.
Desde pequeña sentí un especial orgullo por el trabajo de mi padre en los talleres de la vieja Usina de Agua y Energía; me agradaba el olor de su mameluco y de sus manos, mezcla de gasoil y otros desconocidos elementos para mí. Yo siempre decía “olor a trabajo”; sentía que su labor era importante. En mi inocencia, imaginaba que si mi padre no cumplía con su tarea, toda la ciudad quedaría a oscuras, pues los motores de la Usina, nunca debían dejar de funcionar. Al paso del tiempo, llegué a comprender que ese sentimiento me lo había transmitido él mismo, por la alegría y responsabilidad con que hacía su trabajo de mecánico tornero.
Fue durante la conversación de un almuerzo, (en la cual no debíamos hablar y solo escuchábamos lo que se decía) que comentó acerca de la ruptura de la maquinaria en una hilandería que había en la provincia.
Se lo notaba preocupado, la fábrica estaría parada y allí trabajaba mucha gente humilde, que necesitaba ese jornal.
La pieza debía ser traída desde Alemania (donde había sido adquirida la máquina hilandera) o hacerla en Buenos Aires, pero debían desmontarla y no había elementos con que llevar a cabo algo tan complicado, por las dimensiones que tenía.
Los días pasaban hasta que alguien comentó que Santiago contaba con personas capacitadas para desmontar y hacer la nueva pieza, pero solo había una pluma adecuada y un torno capaz de construirla, y pertenecían a Agua y Energía Eléctrica de la Nación.
Llamaron a mi padre para preguntarle; y les respondió que él mismo podría hacerla, fuera de su horario habitual, pero era solo un obrero y se necesitaba permiso de la máxima autoridad del Organismo.
Los responsables de la Hilandera hicieron los trámites, y la autorización llegó. Mi padre pidió a otro compañero que lo ayudara y se abocaron a la difícil labor.
Durante dos semanas, lo veíamos llegar cuando ya había oscurecido, agotado por las largas jornadas, con la vista enrojecida, porque era un trabajo de precisión y debía salir perfecto. Hasta que una tarde llegó feliz y dijo – ¡Ya está! ¡La hilandera funciona nuevamente!
Supimos por mamá que le preguntaron cuanto cobraría por esa labor, y con su humildad de siempre respondió que no correspondía, porque lo había realizado con herramientas del Estado.
Algunos días después, estábamos sentados tomando de merienda, nuestro mate cocido, cuando golpearon la puerta.
- ¡Papá, te buscan dos señores de traje! Papá fue a recibirlos y luego llamó a mi madre. A los pocos minutos pasaron al comedor. Mis hermanos y yo curioseábamos desde la cocina y escuchamos estas palabras… - Señor, sabemos que no quiso cobrar por su trabajo, pero la Hilandera y muchísima gente está en deuda con usted; permítanos al menos hacerle un presente a su esposa. Mi padre aceptó, y los hombres pusieron en manos de mamá una caja grande, envuelta en papel de seda, con un lindo moño dorado y tarjeta.
Cuando se retiraron, mis padres colocaron el regalo en la mesa y rompieron la envoltura; era una caja con cubiertos labrados prolijamente y colocados en su lugar sobre gamuza azul.
Mamá abrió muy grandes sus hermosos ojos azules y murmuró – Es bellísimo, muy fino, no sé si alguna vez tendremos oportunidad de usarlos… Durante años, la caja estuvo guardada arriba del ropero de mis padres. Ya adultos, cuando se casó la menor de mis hermanos, mis padres resolvieron regalárselos, pues nunca los habían sacado del estuche. Era como una fina joya en las manos de un obrero, algo demasiado lujoso para nuestra sencilla mesa.
Hoy vi la caja en casa de mi hermana, la abrí y pasé los dedos suavemente por el labrado que tan bien recordaba. Aun sigo creyendo que nunca serán usados. Para nuestra familia no es un estuche con vajilla; es un diploma al honor, una medalla a la hombría de bien, la humildad y la decencia de un obrero santiagueño.


Magui Montero

miércoles, 7 de mayo de 2008

LA TORRE


Caminaba de regreso, la jornada había transcurrido llena de tensiones. El trabajo se estaba acumulando; las fuerzas y la voluntad le jugaban una mala pasada, sutilmente todo se volvía poco a poco anodino, gris, descascarado. Era el mediodía, la gente se agolpaba en las paradas de colectivos, los automóviles pasaban rápido y tocaban bocina nerviosamente, cada uno con el apuro de llegar a su casa.
Tenía los pasos cansados; se dejaba besar por el viento y el sol, sin tener conciencia de que la rozaban. Miraba las vidrieras sin verlas, los cristales parecían azogados; en ellos, podía observar su propia figura reflejada, erguida, con un toque de orgullo, para quienes se cruzaban en el camino, porque no conocían el peso que cargaba en las alforjas invisibles de su espíritu. No había urgencia por llegar, nadie esperaba, solo el pequeño perro negro, que olfateaba y movía la cola cada vez, que abría la puerta de la casa, dando su bienvenida.
La vida se deslizaba, seguía su curso, sin embargo, parecía que ella había quedado a un lado. Nada lastimaba demasiado, ni la alegraba más allá de lo razonable. Seguía un ritmo marcado por las horas que continuaban pasando y la rutina calcaba, reiterando iguales mañanas, tardes y anocheceres.
En su eterna búsqueda de equilibrio, fue abandonando poco a poco todo lo superfluo, ni mucho llanto, ni mucha risa, hasta trastocarse en una caja de pocas aristas, pequeña, hueca y vacía. Su otrora brillante mirada se había opacado, manejándose a tientas, llevada solo por la intuición.
Ya no existían los suspiros, ni los gemidos; el nexo con las personas que amaba y estimaba se iba diluyendo, pero aun estaba. Cada vez un paso más atrás, seguía al alcance de sus brazos; tratando de mantenerse cerca cuando tropiecen, y así poder evitar que se lastimen.
Era un difícil destino, signada a ser apoyo de todos; palabra amiga, compañía, consejera en momentos angustiosos, pero ella también necesitaba respaldo; el bastión de la entereza estaba cayendo.
Los cimientos iban perdiendo sustento y poco a poco ganaba la tristeza. La suficiencia y el meticuloso prestigio de ser la más fuerte, fueron aislándola, como una torre que se yergue en el desierto.
Su soledad era arena de un páramo que la rodeaba y estaba sorbiendo el agua de la vida; la torre podría derrumbarse y no quedarían vestigios de lo que alguna vez fue.
Hasta que la mujer comprendió con el paso del tiempo que no estaba sola, había personas, que ella no supo percibir… Después de largas cavilaciones y dudas, descubrió que en realidad todos esos seres formaban su basamento; no debía caer, la estructura de la torre aun tenía fortaleza, a pesar de los vaivenes de la vida, debía mantenerse intacta.

Magui Montero

Amo el mar

Amo el mar
fotografía tomada en la costa de Chile por Luis A. Gallardo Cortéz.