
Siempre sucede lo mismo. No sé porqué, cuando es día no laborable y me acurruco en la cama demorando el momento de levantarme en mi pequeño departamento, extraño la casa paterna, grande, luminosa, como cuando éramos niños.
De un salto me levanto a bañarme, presurosa acomodo un poco y parto. Compro cosas en el supermercado de la esquina, sigo camino; tengo urgencia, quiero ver a mis viejos.
- Hola!! Me acordé que no viene la empleada, hoy cocino yo…
Se ríen festejan mi ocurrencia, y revolotean como chicos mientras irrumpo en el santuario de mi “mamma”…la cocina.
El aroma a tuco lo invade todo, mientras ella me alcanza unos mates, va y viene con pasos cortos husmeando lo que hago y papá lee el diario.
Tiendo la mesa, nos sentamos a disfrutar de la pasta, el vino tinto y la charla, con música de tango que llega de la radio.
La conversación fluye naturalmente, se iluminan sus ojos cansados recordando anécdotas juveniles y travesuras de los nietos. Suelto carcajadas y comentarios, pero no dejo de observar los rostros con marcas que el tiempo fue registrando en la piel de los dos ancianos. La historia vivida en común, sonrisas de felicidad y lágrimas vertidas por los golpes de la vida quedaron plasmadas allí. Rememoro la niñez.
Ambos eran jóvenes, fuertes, con la mente y el corazón puestos en proyectos de futuro. Puedo ver claramente mi pequeña imagen corriendo hacia papá cuando abría los brazos diciendo “Venga la novia del papilo a bailar conmigo!” y mamá seguía el juego colocándome en el pelo su tocado de novia –que aun guarda en una caja- para que mi padre me hiciera girar por el patio al ritmo de un tradicional vals vienés.
Después ya no me alzaba; solo murmuraba despacito el uno, dos, tres, cuatro… un giro, una quebrada. -¡Que lindo! Ya bailas tango como tu mamá. Luego fueron pasodobles y milongas. Con mi madre aprendí chacareras, escondidos, gatos y otros ritmos folclóricos. Era un juego donde me enseñaron a amar las danzas tradicionales. –Una santiagueña tiene que saber al menos bailar chacarera –decían. Y así fui aprendiendo; con la ternura que los padres ponen en cada cosa que enseñan a sus hijos.
Ahora, cuando el peso de los años los obliga a caminar lento, aun disfrutan de la música como dos adolescentes.
En la sobremesa enciendo un cigarrillo para acompañar el humeante y sabroso café negro. Los miro y por fin me atrevo…
- Papá ¿Bailamos un tango?
- ¡Pero hija! Ahora ya me canso, mis rodillas no son las de antes.
- Dale, solo un poquito, mirá la mami también quiere!
Me toma por el talle, se para erguido; se escucha rotundo el ritmo del dos por cuatro, sonríe cuando apoya su rostro contra mí, mientras mamá nos mira arrobada. Hago algunos pasos, giro y digo – Vieja, vení… quiero verlos bailar.
Él la abraza aferrándola contra su pecho y lentamente comienzan a deslizarse cadenciosamente.
El almanaque parece saltar hacia atrás, mientras desde la radio se escucha a Alberto Castillo cantando “Así se baila el Tango”…
Magui Montero
NOTA: Imagen extraida de internet