Algunas veces pienso...

Algunas veces pienso...
Fotografía tomada por Gustavo L. Tarchini

domingo, 28 de diciembre de 2008

La enamorada del muro

Filigranas exquisitas tejen la luz y la sombra,
cuando un rayo de sol filtra e ilumina la penumbra.
De un lado, todos son libros, del otro jardín aromado,
En el medio la más bella, cristal y encaje enramado.

Enamorada del muro, te abrazaste a la ventana
quizás para espiar poemas, si fluye la rima hilada.
Vitreaux en verde ambarino, la enredadera ha formado
y en el refugio de Alfonso, sus versos ha susurrado.

Es la casa del poeta, son las letras mixturadas,
o quizás es la ternura, que él esconde en la mirada,
lo que produjo el milagro, de quedar allí aferrada.

Cadenciosa se somete al viento si es acunada,
enamorada persiste, tras del cristal adosada,
y el soñador la acaricia, al terminar su jornada.

Magui Montero
NOTA: Dedicado afectuosamente al poeta Alfonso Nassif
NOTA 2: La imagen fue extraída de internet

martes, 23 de diciembre de 2008

Partida

El aroma de su piel quedó adherido en mis manos,
la boca guardó resabios de aquellos momentos largos.
Su perfil tan masculino a contraluz reflejado
se fue alejando con ecos insolentes y malsanos.
Mi alarido silencioso no aceptaba el desengaño
y aterrada por su adiós caí en un mutismo helado.
Se fue escapando despacio de los instantes gozados,
cuando pedí explicación mirando ese rostro ansiado,
dijo tener otro amor, aunque le estaba vedado.
Yerma de besos candentes, vacía de sus abrazos,
al frenesí puse brida, fragmentada en mil pedazos.
El orgullo me impedía demostrarle mi quebranto
y lo dejé que partiera sin aferrarme a sus brazos.
Con el pasar de los meses el dolor se fue aplacando
Y en la línea que divide lo importante de lo vacuo
fingiendo calma pensaba de un modo descabellado
Si mis celos desmedidos yo los hubiese acallado,
si hubiera esperado un poco y aquel engaño olvidado,
ese hombre hoy sabría que aun así… lo había amado.
Magui Montero
NOTA: Imagen extraída de internet

miércoles, 17 de diciembre de 2008

CUENTO DE NAVIDAD

En el silencio nocturno la mujer permanecía con los ojos abiertos, mirando a sus dos hijos dormir plácidamente. La luz de la luna le permitía observar con claridad sus cuerpitos, durmiendo en el catre, bajo el alero del rancho.
Suspiró mientras pensaba, que faltaba solo un día para la Navidad. Al menos, la venta de la manta tejida en el telar, le había proporcionado el dinero necesario para tener una cena con pan dulce incluido para la Nochebuena; pero los niños no tendrían regalos, aunque nunca los había escuchado quejarse.
Oía de a ratos el ruido de los vehículos que pasaban y frenaban, cuando tomaban la curva, en la ruta cercana y se fue durmiendo, acunada por los sonidos del monte.
Amaneció, los pequeños murmuraban y soltaban risitas de complicidad. Iban y venían corriendo entre los cabritos que jugueteaban con ellos.
-Oye Manuel, quizás el Niño Jesús no nos trae juguetes porque no adornamos nuestra casa.
- Si Alicia, busquemos cómo decorarla, esta noche a las doce nacerá, debemos pensar en algo.
Los hermanitos corrieron al monte, trajeron un gajo de garabato(*) y lo pusieron en el costado de la galería, fijándolo dentro de una lata que llenaron con tierra húmeda y apretaron, para que quedara erguido.
Juntaron flores del campo amarillas, azules, blancas y rojas que fueron incrustando en cada una de las espinas; con restos de lana que su mamá teñía para luego tejer las mantas anudaron frutos de algarroba y mistol que colgaron de las ramas. Un grupo de arañitas se sumo a la fiesta; tejieron su trama hacia uno y otro lado ayudándolos en la decoración.
Al caer la oración el rocío nocturno fue depositando pequeñas gotas en las flores y en la tela de araña; la luz del candil las hacía brillar como cientos de caireles de cristal. Las luciérnagas se posaron sobre las ramas encendiendo y apagando sus linternas formando una visión maravillosa.
Como broche final Alicia y Manuel limpiaron un muñequito, lo envolvieron con trapitos de colores, lo colocaron sobre un puñado de yuyos recién cortados y pusieron arriba la estrella tejida con hojas de chala. (**)
La madre sirvió la cena, mientras su angustia crecía. Los niños jugaron y rieron divertidos; agradecieron a Dios por la dicha de tener un plato de comida y rogaron por aquellos que no podían tenerla.
Los grillos hicieron coro con su cri-cri acompañando las voces infantiles que junto a la mamá entonaron villancicos.
Se acostaron felices, con la ilusión de que el Niño Jesús les dejaría un presente, pues habían vestido de fiesta la casa en honor de su nacimiento.
La madre siguió acomodando platos y cubiertos, mientras los niños dormían plácidamente. Luego se alejó un poco, quería caminar, pensar como les explicaría cuando despertasen, porqué no había regalos.
Sus pasos la llevaron hacia el camino, la claridad nocturna le permitía ver la ruta como una cinta plateada, miró hacia arriba mientras oraba, y miles de estrellitas parpadeantes convirtieron el cielo en un terciopelo cubierto de lentejuelas. Una bella Nochebuena terminaba y se iniciaba la Navidad.
A la vera del camino le llamaron la atención las cajas diseminadas cerca de la curva. Seguramente habían caído de algún vehículo que pasara. Las levantó y volvió en dirección al rancho.
En el firmamento, la Cruz del Sur brillaba, mientras unas lágrimas surcaban el rostro de la mujer. Nítidamente pudo percibir en la cara de la luna, esa imagen del Nacimiento que su madre le enseñara a ver cuando era niña. Sus hijos tendrían regalos de Navidad! El Niño Jesús se los había traído…
La mujer comenzó a cantar suavemente “Noche de Paz, Noche de Amor, todo duerme en derredor…”

Magui Montero
NOTA: Imagen extraída de internet
(*) garabato: especie de arbusto espinoso (**) chala: hojas que recubren el choclo, se usan para hacer artesanías vegetales.

sábado, 6 de diciembre de 2008

Niñez sola

Callada sombra de niño
te escondes en el abismo oscuro
de esos ojos mansos.
Los caireles cristalinos de la risa
volaron al mutismo perturbante
de una madurez forzada.
El pelo lacio juega sin fin
en remolinos de viento y mariposas
ajeno al rastro de lágrimas amargas
La manita pequeña busca refugio
cobijándose en el hueco de la mía
inundándome de cálida ternura.
No hay golosinas sabrosas en la boca
que mitiguen la tristeza de tu alma
cual una flor deshojada.
Sigo llenando los mustios silencios
con historias de mundos felices,
mientras cargo la pesada mochila
de tus sueños rotos por la vida amarga
en atardeceres grises de niñez tronchada.
Magui Montero
NOTA: Imagen extraída de internet



lunes, 24 de noviembre de 2008

Te marchaste

…Te marchaste
Se murió contigo mi sueño bello y fecundo
De los vuelos largos y del mar profundo.
De perla elegida y lo que me ofrendaste,
marcabas posesión con tu hombría constante.
…Así me ganaste

… Y partiste
Tu perfil se esfumó, enmascarando otro rumbo.
Te escondiste de mis ojos, en el ocaso del mundo.
Trocando en ausencia las noches de amor borraste.
Sin volver la cabeza, con tu orgullo a cuestas,
seguiste adelante.

… Me dejaste
Te extraño, te busco, camino a los tumbos
No encuentro salida, me callo, arrogante.
Cohibida estoy presa, de lo que demuestras.
Me duele decirlo, no logro asumirlo
pero…me olvidaste.

Magui Montero

NOTA: Imagen extraída de internet

lunes, 17 de noviembre de 2008

El Amante

Deprisa va el segundero
cuando se alarga la dicha
la tarde se torna en noche
entre gemido y sonrisa.

Tus tobillos se me enredan
en las piernas indecisas,
tratando de detenerme
con la caricia precisa.

Intuyo que estos apremios
tienen mucho de malicia,
requiriendo de mi cuerpo
lo que tus ganas codician.

Brota la intensa pasión,
enfaustado te deslizas
hacia los pechos turgentes,
y jugueteando me erizas.

Yo disfruto de esas horas
de amante que se eterniza,
en este lecho revuelto
húmedo de lascivia,
oculta tras de un disfraz
que en tus brazos es ceniza,
y aletargando el pudor
lo deshaces entre risas.

Magui Montero


NOTA: Imagen extraida de internet

miércoles, 12 de noviembre de 2008

La Paloma

Inclina el testuz despacio,
suelta la rama de olivo,
comienza un arrullo ronco,
guarda actitud inquietante.

Inicia la ceremonia
arrancándose el plumaje
dejando desnudo el pecho
en hierático homenaje.
El pico rudo lastima
carne viva y rojo sangre.

Un corazón de torcaza
lacerado y palpitante
se ofrece hacia los pichones
que la aguardan expectantes.
Hambre, maldad e injusticia
la circundan con mal arte
nuestra Paz se está muriendo
y no encuentra quien la salve.

Es vorágine de sueños
que se durmieron distantes,
pan, trabajo y armonía
se fueron en un instante.
La ceguera de este mundo
quebró su vuelo rampante.
Las miserias la desangran
el pobre espera anhelante.
En tanto la indiferencia
clavó su garra angustiante.

Magui Montero
NOTA: La imagen fue extraída de internet

miércoles, 5 de noviembre de 2008

Mi vicio

Placer, seducción,
consume por dentro.
Es claro el hechizo
sin par de poseerlo.

Resuelve las ansias,
expande mi pecho.
Locura nocturna,
si falta en el lecho.

Rozando los labios
satisface mi ego,
de ser su querida.
En él me pertrecho.

Tomando el café,
me acompaña un trecho.
En horas de enojo,
suaviza el mal genio.

Martirio exclusivo,
deseo insatisfecho.
Sin el no soy nada,
me falta el aliento.

Mi amante, mi todo,
mi vicio y veneno.
Es el cigarrillo…
¡qué dicha tenerlo!

Magui Montero

NOTA: La imagen fue extraída de internet.
NOTA 2: He insertado una poesía pasatista, como una manera de divertir a mis amigos, que quedaron preocupados por mi estado de ánimo. Trato de mostrarles que no solo con la tristeza y el amor se pueden escribir versos y coplas.

sábado, 1 de noviembre de 2008

Recuerdos

La tarde estaba cayendo, yo crispada frente a un jaque,
tratando de escribir algo que me surgiera al instante.
Jugueteando con un lápiz garabateo hojas blancas,
nada sale, nada brota, que no contenga su marca.

Quiero sacarlo de adentro, arrancarme las entrañas,
está fundido en mi sangre, su sello me dejó llagas.
Quizás quedara sin sueños si yo olvidara aquel hombre
pero caló muy profundo, tengo incrustado ese nombre.

Su pecho me contenía, olvidando las distancias
mi aliento guardó su aroma y él diluyó mi arrogancia.
Continúo la rutina de escritora solitaria,
terminó mi primavera… llanto quemante desgarra.

Magui Montero

NOTA: Imagen extraída de internet

sábado, 25 de octubre de 2008

TIEMPO DE RONDAS (en el Barrio Centenario)


Dedicado a mis amigas de la infancia

Tiempo de juegos y ronda, tiempo sin dolores y sin penas, tiempo de candor e inocencia. Tardes de verano, en que regar la calle de tierra era un rito, para corretear al ponerse el sol, divertirse con “el pisa pisuela”, “las estuatas”, “la pilladita” o “la panadería”. Nuestros padres jóvenes, sentados en las amplias veredas en busca de un respiro a las jornadas agobiantes, mientras se entretenían mirándonos y algunas veces participando en los juegos del “al don pirulero” y “la prenda escondida”.
Fines de semana en la calesita de Don Marcaccio y licuados en “El Rey del Tutti” o paseos a la plaza San Martín, donde unas pocas y muy osadas nos sacábamos los zapatos para mojar los pies en la fuente de la Casa de Gobierno.
Tiempo de faldas almidonadas, muñecas de trapo y moños en el pelo, de excursiones para el campo a comer empanadas en la casa de la “abuela Pura”, del café con leche y tostadas con manteca en casa de “la Chelita”, de las mandarinas jugosas en la casa de “tía Zoila”. De la yapa de maní florcita en el almacén de Don Zarco, de las rodillas con raspones y palmadas en el trasero por llegar cinco minutos después del horario establecido.
Tiempo en que se tenía miedo al “cuco”, al fogonazo de una cámara de fotos de magnesio y al castigo de quedarse sin postre, si cruzábamos la calle Rivadavia, o nos metíamos a jugar en la acequia de avenida Belgrano.
Tiempos de dar vueltas un ratito cada una en la bicicleta, compartiendo lo que solo una de nosotras tenía, porque así era más lindo. De ver el pesebre reflejado en la luna –porque ahí estaba Diosito- o un eclipse tras una radiografía vieja –sino te quedarás ciega-.
Tiempos de salir corriendo para no llegar tarde a la escuela del barrio, quedarnos en la cama calentita un día de invierno y disfrutar cuando escuchábamos cantar “Aurora” en la escuela Centenario.
Tiempos de inexistencia tecnológica, nada de Juegos cibernéticos, DVD, ni Compact Disc ¿Cómo hubiesen hecho para tenernos sentadas más de diez minutos? Éramos un grupo de ardillas inquietas que escuchábamos música en la radio o los tocadiscos.
¿Hamburguesas? Nunca hubiésemos cambiado los tallarines amasados con el espeso y aromado tuco que comíamos los domingos, en las largas mesas familiares, por semejante cosa extraña.
¡Ah! Si tan solo pudiese mágicamente regresar al tiempo de puertas sin llave, de racimos de uvas cortadas en el parral de las casas y tomar nuevamente la mano de mis amigas, todas de mejillas rojas y sonrisa ancha, para hacer la ronda allí, justo en la esquina, debajo de la vieja tala y cantar de nuevo… juguemos en el bosque mientras el lobo no está!!


Magui Montero

NOTA: Imagen extraida de internet

sábado, 18 de octubre de 2008

MADRAZA

En el Día de la Madre dedicado a una amiga y a todas las madres solteras

¡¡Eras tan niña!! Dieciséis años descubriendo sensaciones de mujer. Delgada, espigada, de pechos incipientes, carita dulce y un lunar pequeño en el pómulo que ponía mayor belleza en tu rostro. Alguien dijo que tenías el cuerpo ideal para modelar, y así fue… Quienes te conocíamos, soñábamos con que nuestra amiga, la pequeña muñequita pudiese lograrlo. No sabías de la ferocidad del mundo, pero bebías los vientos a raudales, deseabas volar y el barrio ya era poca cosa… Querías ser una estrella, de esas que juntas mirábamos parpadear en las noches de verano. Y los hombres! Ah los hombres, que estaban al acecho, e intuían tu inocencia disfrazada, bajo la apariencia de mujer mundana. Uno de ellos, - después nos contaste – te decía palabras bellas al oído, susurraba que eras “su princesa”, que te haría su mujer, que eras lo más hermoso que conociera… y te rendiste.
Al paso de los meses, un día, que aun tengo muy presente, buscaste refugio en nosotras, las que seguíamos aferradas al barrio, a las cosas simples, y aun no sabíamos mucho de la vida; te vimos llorar y nos confesaste temblando que esperabas un bebé. La familia no te había dado muchas opciones…
Elegiste lo que gritaba tu corazón, porque por dentro seguías siendo la colegiala de rodillas lastimadas; solo que está vez la herida estaba en el centro del pecho. Decidiste irte…, ser madre, a costa de alejarte de familia, compañeras de colegio y amigas de la infancia. Pero nunca sospechaste que esas lágrimas amargas que derramabas, se convertirían en perlas de felicidad y orgullo al paso de los años.
Te levantaste con toda la estatura de los valientes, y seguiste adelante, con tu orgulloso vientre apuntando al futuro. Respondiendo preguntas mirando a los ojos de quienes te inquirían - ¿te casaste?
- No, no me casé, pero espero un hijo y es solo mío.
Y continuaste… terminaste la secundaria con el guardapolvo desprendido, pues el cuerpo delgado se te había llenado de redondeces, por un hijo que crecía en tus entrañas. La escuela nocturna tampoco fue un estigma, trabajabas duramente en las mañanas forjando un futuro para ese pimpollito por la que serías responsable el resto de tu vida.
Renunciaste a ser mujer, para ser un proyecto de madre, con más hombría que algunos que se las daban de “machos”. Forjaste un hogar siendo padre y madre al mismo tiempo de esa bella hija producto de tu empecinada tozudez por defender la vida. La pequeña niña fue haciéndose mujer; tan mujer como su madre, sin que le faltara ni cariño ni contención.
Y tú??... Seguiste creciendo, si es que se podía más, la dama admirable en que te convertiste, aun pudo mucho… dio cobijo y abrió sus brazos a quienes la hicieron a un lado, tuvo espacio para todos. Sí, tenías mucho amor para dar, tu corazón no había envejecido, ni se había amortiguado, trabajaste duro; te abriste camino, desafiante y rebelde.
Hasta que conociste un hombre bueno, que te dio respeto, amor y el lugar que siempre debiste tener, lo que merecías, como ser maravilloso.
Hoy eres feliz, completa, íntegra!! En mis recuerdos, guardaré siempre el ejemplo que dejaste: niña, mujer, MADRAZA!!
Magui Montero
NOTA: La imagen fue extraída de internet

martes, 14 de octubre de 2008

CONFESIÓN

Autor: Enrique Santos Discépolo
Intérpretes: Andrés Calamaro - Enrique Bunbury


Década del 30, la pequeña adolescente de blondos cabellos y ojos turquesa, cumplía con su rito. Como todas las tardes puntualmente, a las 17,00 abría el balcón del comedor y se paraba allí. Sueño de adolescencia, a la hora que las comadres tomaban mate con bollitos dulces,
Esperaba ver al moreno que cortésmente se tocaba el borde del sombrero, cuando pasaba por la vereda del frente y le dedicaba una sonrisa.
Así corrieron los meses, mientras la niña aguardaba al joven de sonrisa seductora, hasta que llegara la ansiada fiesta; el acontecimiento social de gala al que anualmente concurrían las niñas de sociedad, acompañadas por sus padres. Los jóvenes aprovechaban la oportunidad para bailar y elegir a la mujer que al paso del tiempo podría llegar a ser su esposa, si contaba con la aprobación familiar.
Josefina preparó para la fiesta un vestido de celeste intenso que hacia resaltar su piel rosada, los ojos parecían brillar más aun, cepilló el cabello arreglándolo con una sencilla cinta de raso y lo dejó caer suelto sobre la espalda, finalmente se perfumó con agua de azahar. Sonreía cuando partió junto al grupo familiar rumbo al evento. Subió las escaleras del salón, teniendo especial cuidado de no pisar el borde del vestido y arruinarlo. Estaba nerviosa, era su primera fiesta, había venido preparándose durante mucho tiempo; con ayuda de los hermanos aprendió en la intimidad del hogar unos pasos de vals y tango que la ayudarían a salir airosa de la prueba.
El salón parecía una colmena por su actividad, la orquesta en vivo interpretaba música selecta y las mesas estaban repletas de comidas sabrosas.
Josefina sintió una mirada posada en ella. Desde la distancia los ojos del joven moreno la observaban con intensidad. Se inició el momento del baile, un hermano la tomó de la mano, conduciéndola hacia la pista, bailaron por un rato y volvieron a sentarse. Su madre la reprendió afectuosamente –Niña, un poco más de recato! La gente comentará, al ver tanta sonrisa…
Pocos minutos más tarde se acercó el dueño de sus sueños y con respeto se dirigió a su madre –Disculpe señora, sería tan amable de permitirme bailar con Josefina? La dama sonrió forzadamente y respondió: sí caballero, pero solo dos piezas, es demasiado joven aun para bailar tanto.
La orquesta interpretó dos tangos. Mientras la tenía enlazada por el talle, le susurró: Josefina, me gustas mucho, estás hermosa. La muchacha sintió que el rubor cubría su rostro, no respondió, las rodillas le temblaban. Volvieron a la mesa, dijo muchas gracias y se sentó.
Su hermana mayor se veía enojada, y ella no sabía el motivo. ¿Acaso se había comportado imprudentemente? No lo creía, pero el resto de la noche habló poco hasta la hora de regresar.
El domingo, como todas las tardes, se dirigió presurosa al balcón, pero la detuvo la voz del padre a sus espaldas. ¡No quiero que vuelvas a estar en el balcón! Anoche me dijeron que te miraba en el baile ese “negro”, que se atrevió a bailar contigo. No permitiré que mi hija se enrede con un criollo, menos aun porque es de familia pobre. Debes pensar en buscar el hombre adecuado, un gringo que te haga feliz y te brinde todo lo que corresponde.
Josefina bajó la cabeza, se retiró a la habitación, esforzándose por contener el llanto.
Pasó el tiempo, los hermanos se fueron casando, ella continuaba sus días en la vieja casona, aprendió a cocinar y ser anfitriona en reuniones familiares, cuando sus padres ya no estuvieron. Todos la oían cantar muy bajito algunos tangos mientras diligentemente hacía las tareas de la casa. Había dos que eran sus preferidos “el pañuelito blanco” y “confesión”.
Cierta tarde, cuando yo era pequeña, tía Pepita se encontraba jugando con nosotros en el jardín. Un distinguido señor de cabellos blancos se acercó a la reja y le dijo, hola Josefina, estás tan hermosa como siempre, que sigas bien. Mi tía temblaba, ruborizada, los ojos claros cubiertos de lágrimas pugnando por salir, quedó mirándolo en silencio; mientras el caballero se tocaba el ala del sombrero como saludo y se alejaba.
Ella siguió soltera, rodeada del afecto de sus sobrinos, cocinando manjares sabrosos y prodigándose en mimos. Recuerdo haberla escuchado cantar esos dos tangos hasta que el día en que murió anciana, aun bella en su dignidad.

Magui Montero
Nota: Dedicado con todo mi cariño a mi tía Pepita.

domingo, 12 de octubre de 2008

VACACIONES PARA HELENA

Helena había empezado precozmente a tomar responsabilidades demasiado grandes… y estaba harta. Su vida estuvo enmarcada en una sucesión de hechos que fortuitamente o no, la hicieron arrogarse obligaciones muy joven, apenas concluida su carrera.
El prematuro retiro del padre por efectos de la enfermedad coronaria, hizo que tomara para sí el titánico esfuerzo de llevar adelante la compañía, con toda la obstinación que le permitía su carácter, impulsada por el ejemplo del tesón paterno, para dar a la familia lo mejor.
Es cierto que vivía confortablemente. Los negocios, les permitían realizar distintas actividades sin presiones económicas. Los hermanos menores continuaron yendo a la universidad, luego dedicaron el tiempo a corretear chicas y divertirse; sus padres iban a eventos sociales o recorrían paisajes. Helena había optado por comprar un confortable piso, a pocas cuadras de la empresa, para tener su propio espacio, no pasar largo tiempo conduciendo en la autopista por las mañanas, o al término de la jornada; pero ya era una mujer adulta, percibió que estaba renunciando a mucho.
Hacía algunas semanas que se reuniera con sus compañeras de promoción; todas en mayor o menor grado, comentaban acerca de los logros de sus pequeños hijos, de la última disco que se había inaugurado, o lo bien que la pasaban en compañía de su pareja, según fuese la situación personal. Ella escuchaba con una sonrisa, pero se comparaba con sus compinches de la etapa adolescente. ¿Cuales eran los momentos más agradables? ¿Acaso los fines de semana, comprando cosas en un shopping? ¿Las cenas a que se veía obligada a concurrir, para no afectar la sensibilidad del personal de la empresa? ¿Los viajes por negocios, que apenas le dejaban tiempo para conocer aeropuertos de otras ciudades? Es cierto que había tenido oportunidades, aunque siempre las desechaba; el temor de que algo no funcionara bien en la compañía, era más fuerte que las ganas de darse un descanso.
Por fin, luego de que la idea diera vueltas en la cabeza durante algunos días; llamó a reunión gerencial, escuchó el informe periódico confirmando que las cosas se encontraban encausadas y les dijo a los asombrados miembros de la junta: - El médico me aconsejó tomar un descanso -cosa que era mentira, pero necesitaba dar una explicación lógica –, permaneceré alejada por un tiempo, espero que continúen con responsabilidad sus tareas y sigan adelante, pues conozco de su capacidad, sé que sabrán responder a la confianza depositada.
Dicho esto, se retiró sin girar la cabeza, sabiendo que muchos pares de ojos la observaban, levantó las cosas personales, dio órdenes a su secretaria, dejando indicado que solo fuera molestada en caso de una situación imposible de resolver; habló por teléfono con la familia para explicarles y despedirse; a lo que su padre respondió:
- ¡Mira hija, ya hace largo tiempo que tendrías que haberlo hecho! Con tu madre nos sentíamos culpables por no haberte permitido una oportunidad de disfrutar. Vete tranquila, la gente que trabaja con nosotros es de absoluta confianza; todo irá bien. Es hora de que tengas tu descanso.
Respiró hondo, ahora más calmada, sin un atisbo de culpabilidad se dedicó a preparar sus maletas. Desechó la ropa que acostumbraba a llevar cuando viajaba por negocios, eligió zapatillas, jeans, remeras y sweeters de vivos colores, trajes de baño, camisas livianas; vestimenta que no era habitual, salvo en aquellos días, en que iba con los hermanos al campo.
Y partió. Había elegido como destino, un pequeño pueblo de pescadores, lejos de la ciudad. Después del aterrizaje en el aeropuerto viajaría varias horas más, para llegar hasta donde la esperaban, con todo dispuesto. Las indicaciones que le dieran, resultaron suficientes. Bajó en la parada del bus, cuando aun era de madrugada. El silencio era impresionante, solo rasgado de rato en rato, por algún vehículo que pasaba.
Por fin, apareció el automóvil que la trasladaría hasta la cabaña que alquilara. Aun tenía un poco de temor, porque no conocía nada más que las fotografías que había visto en la propaganda que encontrará en Internet. Cuando llegó al lugar, el resquemor se evaporó mágicamente. Los dueños del predio eran un matrimonio maravilloso; pequeñas construcciones se sucedían aquí y allá, en medio de un césped lleno de flores. A poca distancia se adivinaba el mar, que a esta hora solo era una mancha aceitosa en la penumbra, con picos de espuma más claros lamiendo la arena.
Rosa, le entregó las llaves, pasó junto a ella, mostrándole la hermosa terraza que daba al mar, le dio indicaciones acerca de adquisición de provisiones, horarios, comodidades, transportes y se fue, dejándola sola.
La cabaña era pequeña, confortable, construida en madera, dos habitaciones, un lindo baño, cocina con todo lo necesario, decorada con buen gusto y calidez.
Desarmó la valija, ordenó la ropa, tomó un suculento desayuno que Rosa le había dejado preparado y se sentó a hacer la lista de cosas que debía comprar en el pueblo, distante a tres kilómetros siguiendo la costa, según le indicara Francisco, el esposo de Rosa.
Se calzó zapatillas, jeans, camisa de algodón y gorra de visera. De pronto se había transformado en una de las tantas jóvenes que estaban de vacaciones. Tomó un bolso que cruzó en bandolera, para traer con comodidad la mercadería y partió hacia el pueblito, caminando a la vera de la carretera. Tenía a su derecha la costa, aspiraba con fuerza el frío viento salobre. Sus ojos, acostumbrados al paisaje metropolitano, se perdían en la inmensidad, tratando de llegar al horizonte. Frente a ella, se levantaban suaves lomas y serranías salpicadas de casitas que miraban hacia el mar.
Llegó al pueblito de Guanaqueros, a pocos kilómetros de Coquimbo y La Serena, quizás mucho antes de lo que esperaba. Las barcazas pesqueras habían regresado de su labor diaria, permanecían hamacándose al compás de las olas en el pequeño muelle, mientras algunos pescadores rezagados, aun acomodaban redes y canastas en cubierta.
Se detuvo a respirar el aire marino que le inundaba el pecho, vio en una de las barcas al joven que fumaba, con el torso desnudo, apoyado en uno de los mástiles, el rostro vuelto hacia el horizonte.
Sabiendo que no era observada, pudo disfrutar de la hermosa figura que se recortaba en el paisaje matinal. Espaldas anchas, morenas por el sol marino, pantalón de jeans ajustado en la cintura, enrollado en las piernas a la altura de las pantorrillas y el pelo moviéndose con el viento. Helena percibió dentro de si, el llamado de los sentidos que creía dormidos hace tiempo. Le hubiese gustado estar en los brazos de ese hombre.
Sacudió la cabeza, miró hacia otro lado y siguió con rumbo a la proveeduría. Allí compró todo lo necesario, encaminandose nuevamente hacia el lugar donde se alojaba; pero el sol a esta hora, castigaba con fuerza, las bolsas pesaban demasiado y a pesar de su buen estado físico, sintió un poco de cansancio. A escasa distancia, leyó un cartel algo despintado que decía “cantina” , sin pensarlo demasiado, abriendo la puerta pasó al reparo de la semipenumbra del bar.
Una veintena de pares de ojos miraron hacia ella, cuando el tintinear de los caireles de la puerta anunció su entrada. Quedó parada, tratando de acostumbrarse a la mortecina luz que filtraba desde la calle; luego avanzó, murmurando un - buenos días – a los sorprendidos parroquianos reunidos de a dos o tres en pequeñas mesas de madera.
El cantinero, algo turbado por la entrada de una mujer en ese lugar que era casi exclusivamente visitado por los pescadores locales, la recibió con una sonrisa y el consabido - ¿Qué se va a servir señorita? mientras intentaba limpiar inexistentes manchas del mostrador, con un trapo húmedo.
- Una cerveza fría, por favor, respondió en voz alta, propia de su acostumbrada autonomía. El hombre rápidamente levantó un jarro grande de vidrio desde la fila que estaba al costado y comenzó a verterlo desde la máquina que expendía el ambarino líquido.
Helena dejó las bolsas a un lado, se sentó en el taburete vacío, mientras observaba a los clientes; con rostros apergaminados por el agua y el sol, nervudos, de manos curtidas; si, la mayoría eran hombres de mar. Hacia un costado, a pocos metros, encontró al pescador que admirara en la mañana; éste, tomaba cerveza mientras fumaba con los ojos entrecerrados, ahora llevaba puesta una camisa a cuadros suelta. Helena sintió que el rostro se le arrebolaba, tomando el mismo color de sus rojizos cabellos, como si el distraído hombre pudiese saber lo que ella había experimentado al observarlo.
Se concentró en beber la espumosa cerveza, o comer maníes desde un pequeño recipiente, tratando de calmar su inquietud. La música, alegre, se entremezclaba con las risas de ese puñado de hombres que todos los días arriesgaba la vida para traer el pan al hogar. De pronto, fue sobresaltada por un saludo que sonó a sus espaldas.
Giró la cabeza, se encontró con los ojos oscuros del pescador, que la miraban fijamente – perdón, me llamo Joaquín, creo que no me oíste. ¿Te molesto? - dijo mientras extendía su mano hacia las de ella, en actitud amistosa.
- No, no me molestas, soy Helena, no te escuché acercar – respondió mientras estrechaba su mano.
- Vivo aquí desde hace cuatro años y nunca te vi. No eres del lugar?
- Efectivamente, vengo desde Argentina a descansar, llegué hoy.
- Mmm, debes estar alojada en lo de Rosa y Francisco, o en alguna de las casas de la zona, pues no hay un hotel cómodo en este pueblo.
- Si, estoy en las cabañas, vine a comprar provisiones; me cansé, no estoy acostumbrada al sol tan intenso – respondió.
- Bien, entonces, te acompañaré, pues veo que estás con demasiada carga encima – comentó mientras reía.
- ¡¡No, por favor, no te molestes!!
Joaquín siguió riéndose como si no hubiese escuchado, cargó las bolsas sin esfuerzo y caminó hacia la salida, luego de pagar la consumición de ambos.
Iban uno al lado del otro, como si fueran viejos conocidos, Helena miraba de reojo el perfil de Joaquín; pudo observar que a pesar de lo alta que se consideraba, el le llevaba por cerca de una cabeza. Hablaron durante el camino, así pudieron saber lo mucho que tenían en común. El se había cansado de la vida de la ciudad, había dejado todo, para comprarse una pequeña barcaza donde pasaba sus días alimentándose del producto de la pesca y consiguiendo lo necesario para vivir con la reventa del excedente. Sintió una sana envidia por la libertad que él había logrado de esta forma y comentó que ansiaba tener la valentía de tomar una decisión similar. Llegaron a la cabaña más pronto de lo esperado, lo invitó a tomar algo fresco en la terraza que daba al mar, debajo de la amplia sombrilla, como forma de retribuir su actitud.
Con el correr de los días, Joaquín se fue convirtiendo en una compañía habitual para Helena; quien pasaba las jornadas entre el sol, el agua, la lectura de libros, la música y las visitas del joven pescador.
Una tarde, cuando regresaba de la playa, el viento comenzó a hacerse más fuerte, las altas olas lanzaban cataratas de agua y espuma casi hasta la carretera, y la tormenta se abalanzó con furia sobre la costa. Llegó corriendo a la cabaña, se quitó la ropa mojada y luego de tomar una ducha tibia se tiró en la cama, donde quedó dormida hasta el amanecer. Se despertó asustada oyendo a lo lejos el ulular de sirenas. El viento había amainado, pero las olas eran altas, seguían rebeldes tratando de quedarse en la playa. La mañana estaba gris, se vistió rápidamente y fue a averiguar que sucedía.
Rosa le contó, con los ojos muy abiertos por la angustia, que a pesar del mal tiempo, muchos pescadores se habían hecho a la mar y algunos de ellos no regresaban aun. En ese instante Helena pensó en Joaquín… Una punzada de terror se le instaló en el pecho y se dirigió corriendo hacia el pueblo. Cuando llegó, buscó entre las barcazas aquella tan conocida, que llevaba en la popa pequeñas banderitas de vívidos colores; esforzó la mirada, pero no la pudo encontrar.
Temiendo lo peor, se dio paso entre la gente amontonada en la pequeña cala, buscaba entre los pescadores algún rostro amigo. Cerca de ella, abrazado a su mujer, se encontraba un compañero de Joaquín. Estaba mojado, agotado por las penurias, con el rostro cubierto de lágrimas; repetía incesantemente perdí mi barca, perdí mi barca… Ella se acercó, temblorosa y preguntó: ¿Viste a Joaquín?
El hombre con la voz quebrada, le dijo: lo vi hoy en la madrugada, se rompió el timón de Juan; él trataba de llegar para ayudarlo, luego no lo volví a encontrar. Murmurando unas palabras de agradecimiento, se alejó, parándose con la mirada perdida en el mar, rogó que estuviera bien. Tomó conciencia que en el tiempo que compartieran, su afecto por Joaquín se había transformado en algo más intenso. ¿Es posible que ahora, cuando descubriera el amor ansiado, la naturaleza lo arrancara de su lado?
La gente seguía esperando, los vehículos se cruzaban llevando y trayendo noticias, pero ella no escuchaba, lloraba sin parar con el rostro vuelto hacia el horizonte. Hasta que sintió unas manos que la tomaban fuertemente de los hombros y la ronca voz tan conocida -¿Qué estás haciendo aquí? Helena giró y colgándose de su cuello comenzó a sollozar, sin responder nada.
¿Lloras por mí? ¿Tuviste miedo por mi? - Le preguntaba sin pausa mientras la abrazaba pegándola contra su pecho todavía húmedo.
-Preferí no volver a esta cala, ayudé a Juan, y nos dirigimos a un puerto seguro, algunos kilómetros más alejado pero fuera de la zona de tormenta. Tomó con sus ásperas manos la barbilla de la joven e inclinándose, la besó suavemente en los labios, hasta que Helena respondió al llamado de sus sentidos y el tierno beso se convirtió en un grito de gloria largamente esperado por ambos.
Aun recuerda cuando llamó a la familia, para avisar que se quedaría a vivir allí, lejos de la ciudad. Uno de sus hermanos, tomó las riendas de los negocios; era lo suficientemente maduro para hacerlo y la carrera que estudiara le había dado la formación adecuada.
Ha pasado el tiempo, ella está más quemada por el sol y camina descalza en la terraza de la casa, mientras prepara el desayuno. El chiquillo de pelo rojizo, juguetea a pocos pasos, le sonríe con ternura. Helena espera el regreso de su hombre. Ya nada queda de la dura ejecutiva de antaño, tan solo es una mujer enamorada. La mujer de un simple pescador de pueblo.

Magui Montero

Nota: Dedicado con especial afecto a Rosa y Francisco propietarios del Complejo Cabañas Nenita - Guanaqueros - Chile.
Las fotografías que ilustran el cuento fueron tomadas en la localidad de Guanaqueros - Chile

lunes, 6 de octubre de 2008

SUEÑOS DE FUTURO

Polvaredal, tierra reseca, verano ardiente. Caminos desdibujados por la sequía, el viento levanta polvo semejando niebla pardusca y oscurece las hojas de garabatos y yuyales. Algunos algarrobos resisten a la dura naturaleza, esperan volverse leña para los hogares, aplacar con sus frutos el hambre del pobre y ofrecen sus ramas, cual brazos extendidos, para dar generosa sombra.
En medio de la nada, surgen aquí y allá los techos de ranchos, humildes casitas de nuestro monte, cobijo de los campesinos de piel curtida y reseca, de manos duras, forjadas a golpes de hacha; de mujeres valientes que pelean por la subsistencia de sus hijos. Acostumbrados a la lucha diaria por tener un trozo de pan, elevan su voz al cielo pidiendo agua, ansían un mejor camino en el intento de llegar hasta el pueblo más próximo.
Paridos por la misma tierra, con la esperanza latente, buscan su vida. Hijos de igual esencia; siguen ahí, en el mundo que los vio despertar, férreamente empecinados en crecer, limpios de mezquindades, ofrecen lo poco que tienen a quien se asoma a conocerlos; demuestran que su riqueza es grande, pues la tienen en el alma.
No poseen ojos tristes, guardan el brillo de la inocencia y la fe en que hay alguien que piensa en ellos, el don de creer que existen personas con el corazón abierto y las manos pródigas, no para las dádivas; sino para enseñarles que el trabajo honrado abre el camino hacia un futuro hermoso y cierto. Ser humilde no es sinónimo de vivir vencido; la riqueza es algo que se construye unidos, para la felicidad de nuestro prójimo y la propia. Saben que hay hermanos dispuestos a brindarse por enteros; extendiéndoles las manos, para levantarlos de su postración.
El agua y la tierra son fecundas. El futuro está aquí, depende de los pasos que demos, sin peleas, pacientemente aferrados en cada instante a la lucha de la vida, que no debemos abandonar. Trabajar codo a codo, haciendo las cosas bien, con el esfuerzo unido a la honradez.
Esa es la consigna irrenunciable, la impronta de todo un pueblo, confiar en que el mañana está llegando y la certeza de que se irá convirtiendo en una realidad palpable.
Magui Montero

viernes, 26 de septiembre de 2008

Tristeza

Partida en dos, resignada,
mascullando mi amargura,
voy buscando una salida
suspirando en la penumbra.

Los ayeres se olvidaron,
el presente ya no importa.
Camino entre las cenizas,
avanzando hacia las sombras.

La desdicha va ganando
su batalla sin cuartel
¡qué difícil es la vida
si el hastío está en la piel!

Disfruta! Camina! Sale!
Me dicen todos sin pausa,
pero las ganas se pierden,
cuando se va la esperanza.

Es difícil de entender,
si no sabes en verdad,
interpretar la tristeza
del que vive en soledad.
Magui Montero
NOTA: Imagen extraida de internet. Título: soledad y tristeza by Magdalena

martes, 23 de septiembre de 2008

El Poeta

Sentimientos arraigados,
amor, erotismo, cismas
o solo un paisaje pleno
hacen brotar en su esencia
el vuelo fecundo creador de líneas
versos de intenso latido
Escucha, percibe, se queja, ironiza
Dejando el alma desnuda
Entre el papel y la tinta.

Va hilvanando las palabras
cual ofrenda en filigrana,
y teje guirnaldas escritas,
de ilusiones que desangran,
muchas veces contenidas.
La poesía brota intensa,
arde con flama dolida,
enciende versos fastuosos,
o solo gime escondida.

¿Qué tiene el poeta adentro?
¿Quién puede entender su prisa,
por explicar lo que siente,
sin tapujos que resistan?

Tal vez es fuego del alma,
o tiempo de golondrinas,
vertiendo luz en lo opaco,
desmadrando las sonrisas,
retando a muerte lo vacuo,
cuando ensalzando eternizan,
todo lo puro y lo noble,
que guarda un poema en su rima.

Magui Montero
NOTA: "El poeta y la musa" de Auguste Rodin, escultor francés (1840-1917) fotografía extraida de internet

sábado, 20 de septiembre de 2008

Si pudiesen verlo

Descarnada, isabelina,
se yergue mi estampa sola
Como un infranqueable claustro
de gozo mi alma desborda.

La risa yace olvidada
crisol de niñez perdida
La vejez no viene sola
escucho amarga y dolida.

¡Ah, si pudiesen verlo!
Si tan solo me atreviese
a decir este secreto
guardado bajo canceles.

Que aquel hermoso muchacho
que se disputan las lobas,
fuerte, noble y educado
espera siempre en las sombras
Clamando un poco de amor
que a mí en reserva me sobra.

Pero no deben saberlo
el gozo es para mi sola
Ese perfume tan fino
lo disfruto sin las normas
y lo mantengo en resguardo
¡no importan chanzas y bromas!

…Que me crean casi loca
…que de vivir yo me olvido
…que con el pasar del tiempo
tengo libido dormido.

¡Ah si pudiesen verlo!
Si tan solo me atreviese
A decirles que ese hombre
Solo a mí me pertenece.
Magui Montero
NOTA: Imagen extraida de internet

martes, 16 de septiembre de 2008

El encuentro

Que mácula en el prestigio
puso tamaño incidente!!
Si supieran los que opinan
que fue solo un accidente…

Pasabas por la vereda
buscando no sé que cosa
Y de pronto en un segundo
tropezaste con mi sombra

Azaroso es el destino
que te puso así, de frente
y con solo una mirada
dejaste fuego candente

Independiente y segura
yo le esquivaba a la vida
Era cuestión de complejos?
O timidez escondida?

Y tú con esa mirada
que es un candil si me toca
Irrumpes en mi armonía
aumentando la zozobra.

Crece el fuego de mis ansias,
brasa ardiente son mis labios,
Suspiro por unos besos
y me muero por tus brazos.

Ese lazo que nos une
en silenciosa cadencia
va creciendo con el tiempo
mesurando mi impaciencia

Soltero y muy disputado
prestigio también te sobra
estás golpeando la puerta
mi cuerpo espera y te nombra
Magui Montero

NOTA: Imagen extraída de internet

miércoles, 10 de septiembre de 2008

SABER BAILAR

Siempre sucede lo mismo. No sé porqué, cuando es día no laborable y me acurruco en la cama demorando el momento de levantarme en mi pequeño departamento, extraño la casa paterna, grande, luminosa, como cuando éramos niños.
De un salto me levanto a bañarme, presurosa acomodo un poco y parto. Compro cosas en el supermercado de la esquina, sigo camino; tengo urgencia, quiero ver a mis viejos.
- Hola!! Me acordé que no viene la empleada, hoy cocino yo…
Se ríen festejan mi ocurrencia, y revolotean como chicos mientras irrumpo en el santuario de mi “mamma”…la cocina.
El aroma a tuco lo invade todo, mientras ella me alcanza unos mates, va y viene con pasos cortos husmeando lo que hago y papá lee el diario.
Tiendo la mesa, nos sentamos a disfrutar de la pasta, el vino tinto y la charla, con música de tango que llega de la radio.
La conversación fluye naturalmente, se iluminan sus ojos cansados recordando anécdotas juveniles y travesuras de los nietos. Suelto carcajadas y comentarios, pero no dejo de observar los rostros con marcas que el tiempo fue registrando en la piel de los dos ancianos. La historia vivida en común, sonrisas de felicidad y lágrimas vertidas por los golpes de la vida quedaron plasmadas allí. Rememoro la niñez.
Ambos eran jóvenes, fuertes, con la mente y el corazón puestos en proyectos de futuro. Puedo ver claramente mi pequeña imagen corriendo hacia papá cuando abría los brazos diciendo “Venga la novia del papilo a bailar conmigo!” y mamá seguía el juego colocándome en el pelo su tocado de novia –que aun guarda en una caja- para que mi padre me hiciera girar por el patio al ritmo de un tradicional vals vienés.
Después ya no me alzaba; solo murmuraba despacito el uno, dos, tres, cuatro… un giro, una quebrada. -¡Que lindo! Ya bailas tango como tu mamá. Luego fueron pasodobles y milongas. Con mi madre aprendí chacareras, escondidos, gatos y otros ritmos folclóricos. Era un juego donde me enseñaron a amar las danzas tradicionales. –Una santiagueña tiene que saber al menos bailar chacarera –decían. Y así fui aprendiendo; con la ternura que los padres ponen en cada cosa que enseñan a sus hijos.
Ahora, cuando el peso de los años los obliga a caminar lento, aun disfrutan de la música como dos adolescentes.
En la sobremesa enciendo un cigarrillo para acompañar el humeante y sabroso café negro. Los miro y por fin me atrevo…
- Papá ¿Bailamos un tango?
- ¡Pero hija! Ahora ya me canso, mis rodillas no son las de antes.
- Dale, solo un poquito, mirá la mami también quiere!
Me toma por el talle, se para erguido; se escucha rotundo el ritmo del dos por cuatro, sonríe cuando apoya su rostro contra mí, mientras mamá nos mira arrobada. Hago algunos pasos, giro y digo – Vieja, vení… quiero verlos bailar.
Él la abraza aferrándola contra su pecho y lentamente comienzan a deslizarse cadenciosamente.
El almanaque parece saltar hacia atrás, mientras desde la radio se escucha a Alberto Castillo cantando “Así se baila el Tango”…

Magui Montero
NOTA: Imagen extraida de internet

domingo, 7 de septiembre de 2008

Soy

Soy apenas brisa suave
besando un río de llanura,
viento fuerte de montaña
cabalgando con bravura,
torbellino avasallante
encaramada en tus olas,
huracán que se somete
con frenesí en pocas horas.
Magui Montero
NOTA: Imagen extraída de internet

sábado, 6 de septiembre de 2008

GLOBALIZACION, ROBOS E INSEGURIDAD

He escuchado y leído muchísimo de los avances tecnológicos y las maravillas de la globalización, pero para quienes no tenemos los conocimientos de metodología o elementos necesarios para protegernos de delincuentes y piratas informáticos; todo lo bueno es solo una utopía.
Creo que muchas personas cuentan actualmente con teléfono fijo, celular, computadora o televisión por cable. Hay una alta probabilidad de poseer al menos uno de estos elementos de “confort”. Indudablemente esto ayuda y agiliza las comunicaciones. Conocemos noticias, nos informamos de sucesos ocurridos en cualquier lugar del mundo, etcétera; pero al mismo tiempo ha aumentado el riesgo dentro de los hogares que tienen esa posibilidad.
Actualmente, los niños caen en redes de personas enfermas por distorsiones de su sexualidad, aprovechándose de la ingenuidad; las mujeres somos sometidas a extorsión, o amenazadas. Nuestro derecho a sostener conversaciones privadas o escribir mails en la intimidad son coartadas. ¿Por qué? Porque hay locos y delincuentes en cualquier parte del planeta, que están un paso delante de nosotros. Los Organismos que deben protegernos de estas situaciones, no nos escuchan o se divierten a expensas nuestras, suponiendo que es una exageración o que imaginamos cosas.
El dinero ya no está a salvo aun dentro de una entidad bancaria, pues se realizan estafas violando sistemas de seguridad. Se hacen reemplazos de identidad; no cuentas con la certeza de sostener un diálogo con alguien que es quien dice ser. Se roban segundos de conversación que pagas para usar tu móvil, se envían o reciben mensajes en tu nombre, usan tu número o te conviertes en receptor de imágenes no deseadas. Graban conversaciones telefónicas y pueden observar lo que guardas dentro de tu pc, (que tiene esas dos letras porque “supuestamente” es una personal computer)
Entonces, ¿En qué o en quién creer? ¿Debemos volver al siglo XIX? ¿Es preferible una carta enviada por correo aunque tarde mucho más tiempo; pero tiene menos riesgo? ¿Dónde estamos parados? ¿Qué nos asegura una protección mínima? No deseo ser obsesiva, ni me niego a reconocer todo lo bueno que se ha conseguido con los últimos avances de esta ciencia. Es verdad que las investigaciones en el campo médico; el compartir descubrimientos dentro del mundo científico nos está ayudando muchísimo, contribuyendo al mejoramiento de las condiciones sanitarias y sociales; pero…
¿Qué sucede con los delincuentes que tienen un teléfono celular con acceso a Internet, o aún dentro de las cárceles, pueden usar una computadora? ¿Alguien se ocupa de monitorear o llevar un registro de la salud mental de quienes tienen acceso a la informática?
Tengo muchísimas preguntas y aun no obtengo respuestas. Cómo me aseguro que lo escrito no será robado o usado aunque sea en parte, para la construcción de artículos, manipulado y distorsionado? ¿Quién garantiza que las tareas habituales de un usuario de Internet, no sufrirá modificación de datos o pérdida del material en que trabaja? ¿Quién da la certeza que las fotografías propias o del grupo familiar que se envían a alguien de confianza o colocas en tu página de Internet no serán utilizadas con otros fines? ¿Cómo se tiene certeza de que el número de identidad o la clave de seguridad no son usurpados?
Es evidente que desde que el sistema de conexión remota, láser y otras innovaciones tecnológicas ha irrumpido en nuestras vidas, las ha modificado sustancialmente, acercándonos increíblemente con seres de diferentes lugares del planeta; pero individuos con perversidad y malas intenciones ha existido siempre, lo lamentable es que la tecnología en lugar de librarnos de estos seres hipócritas y llenos de bajezas, ha contribuido simultáneamente al incremento del delito organizado, bajo características diferentes.
…Y lo más penoso aun es que las personas comunes, nos veamos afectados por este tipo de alimañas que azotan el universo en todos los sectores.

Magui Montero
NOTA: Imagen extraída de internet

lunes, 1 de septiembre de 2008

La tormenta

Señales transitan el cielo nuboso
Serpientes furiosas reptantes que caen,
Vuelan, se retuercen, emiten bramidos,
Despiertan del sueño gárgolas que saben.

Viene la tormenta se respira el aire
Eolo gimiente en su boca la trae,
lanza refucilos, retumba los parches,
árboles que ondulan sus brazos de encaje.

La tierra sedienta grita por su oprobio
El campo aquietado se encuentra expectante
Tintineantes gotas calman el agobio
Cantan las acequias, la lluvia se abate.

Corceles salvajes galopan al viento
Inundan las pozas estrellas brillantes
Cortinas de plata se mecen sedosas
Y juegan en charcos mojando el paisaje.

Magui Montero

NOTA: Imagen extraída de internet. Nombre de la fotografia "tormenta en el campo_3"

martes, 26 de agosto de 2008

Callejera

Atrevida y orgullosa,
lujosamente ataviada,
el pelo lánguido cae,
cual si fuese una cascada.

Sus pasos son de felino,
la figura es agraciada.
Sonríe con insolencia,
si le clavan la mirada.

La boca es fresa madura
Que se brinda con descaro
Contornea las caderas
Bajo el vestido ajustado.

Los hombres la compran caro,
Ella esconde su desprecio
Y se ríe a carcajadas
Si le discuten el precio

Nadie sabe aquel secreto
de angustia, miseria y rabia
cuando pasea por las calles
asqueada de piel prestada.

Ha transcurrido la noche,
la prostituta descansa.
En la casa un niño duerme
y su inocencia la cambia.


Magui Montero
NOTA: la imagen que ilustra esta poesía fue extraida de internet



viernes, 22 de agosto de 2008

NUESTRA ESTRELLA

Recordar, recordar… parece que fue hoy…
Siempre lo mismo!!! Había que pagar derecho de piso… Por fin había encontrado un trabajo razonablemente remunerado, pero tan lejos de la familia!!!
Desde hace varios meses que estaba en esta ciudad y me había resignado a no tener vacaciones. La Nochebuena hice guardia en el Sanatorio de 22,00 a 6,00 horas. ¿¿Y ahora?? ¿Que hago?? Sola.. ¡¡Ni loca pasaría el Año Nuevo brindando frente al televisor, y mirando el minúsculo arbolito de Navidad parpadear desde la mesita rinconera!
¡Ya sé! Me regalaré una noche distinta. Reservaré mesa en un lujoso restaurante con espectáculo, al menos estaré rodeada de gente, habrá música, cenaré bien… y todo será menos deprimente.
Y llegó el día 31 de diciembre… Listo!! Salí del trabajo, estoy desocupada. En unos minutos vendrá a buscarme el remisse. Miro por última vez la imagen que me devuelve el espejo. Si, este vestido de fiesta que me puse era el adecuado. Sugerente, marcaba un poco la figura y dejaba ver lo necesario. El maquillaje hizo su tarea y mis ojos resaltan y parecen más brillantes; un toque de perfume detrás de las orejas y en el nacimiento de los senos.
Ja ja, ja!! Estoy loca! Me preparé como si fuera a una cita de amor… pero me siento mejor, estoy bien!! … gastaré parte del aguinaldo; si no tengo vacaciones, al menos tendré la ilusión de que me sobra el dinero… Una noche como La Cenicienta.
Suena el timbre y me saca de los pensamientos, es el chofer… - Ya bajo!!!
Aquí estoy, todo es como lo había pensado; hermosa decoración, gente bulliciosa, buena música. Me siento una “Lady”, mientras saboreo el sorbo de champaña frío, con la copa en la mano, aprovecho para mirar a mi alrededor.
¡Qué tipazo el de la mesa cercana al jardín, y está solo! ¡Uy!! ¡Se dio cuenta que lo observaba! Está mirando y viene hacia aquí. ¡Qué papelón! ¡Glup!!
- Perdón por el atrevimiento, pero veo que está sola. ¿No quiere compartir la mesa y cenar conmigo? No piense nada extraño, las circunstancias me obligan a pasar esta Fiesta también solo, y pienso que a usted le sucede algo similar.
- Hum… bueno… no hay problema, muchas gracias por su ofrecimiento.
¡Que noche maravillosa! Champaña, comida deliciosa, confituras riquísimas… y el mejor regalo: una buena compañía en la cena.
- ¡Feliz Año Nuevo! – musitó en mi oído y me besó en la comisura de los labios, como al descuido. Yo sonreía mientras giraba en sus brazos al ritmo de la música, un poquito mareada por el efecto del alcohol y apoyé mi cabeza en su hombro.
Bailamos casi hasta el amanecer. Cuando la gente comenzó a retirarse, levantó dos copas y la botella de champaña, invitándome a seguirlo.
- ¿Te parece si antes de volver a nuestras vidas, hacemos un brindis a la orilla del río?
- Está bien, es una buena idea… la noche está preciosa.
Acodados en la costanera, mirábamos las luces desdibujándose con el amanecer. La brisa de la madrugada arremolinaba mi cabello y acariciaba su rostro, mientras bebíamos las últimas copas y se iban apagando las estrellas.
- Sabes? Tal vez nunca volvamos a vernos – me dijo luego de besarme apasionadamente – pero, mira esa estrella… estemos donde estemos, piensa que yo también la estoy mirando, no puedo darte más, tengo ataduras. Seré un tonto romántico, pero tampoco te pediré nada, es mejor así… No hay pasado, ni futuro, vivamos el presente; este momento perfecto…
Ha pasado el tiempo. La vorágine de la ciudad está en todo su esplendor, decorada en dorado verde y rojo, por la cercanía de las fiestas. Solo conozco su nombre, nunca lo volví a ver; sin embargo, veo en las noches claras esa estrella, y conservo la ilusión de que en algún lugar, está “él”. Quizás, ciertas veces cuando mira el cielo estrellado, aun se acuerda de mí...
Magui Montero

sábado, 16 de agosto de 2008

VOLVER DEL INFIERNO

Dedicado a todos los que luchan por salir de su propio infierno.
Es el momento de hacer una evaluación. Sí, como cada etapa, cuando está cerrando el ciclo del año viejo. Lo que pensaba, iba más allá de lo que podía analizar en cada período que transcurría.
Estaba decidido a desenterrar recuerdos tristes, que venían de antaño; desde la adolescencia. Un período mágico para muchos, aunque en mi caso había significado el inicio de la destrucción. Asados con los compañeros de escuela, salidas a bailar a los lugares de moda, todo parecía esplendoroso!! La fama, de chico “piola”, del que aguantaba un montón tomando alcohol, el que nunca se mareaba, jamás pasaba papelones de quedarse dormido o vomitar, como muchos amigos. Sabía comportarme, y parecía más maduro…
No negaré que veía aflicción en la cara de mis padres, cuando regresaba oliendo a vino o quien sabe que otra mezcla que me permitía ingerir. Las palabras repetidas, recomendaciones y hasta amenazas veladas, se reiteraban. Yo sonreía con suficiencia. Por supuesto!! Todavía tenían creencias de la enseñanza antigua, pero me sabía lo suficientemente adulto para controlarme.
Entré a trabajar en una fábrica, donde conocí a la mujer de la que me enamoré. Hermosa, dulce, con trinos de pájaro en la voz; sin embargo, y a pesar de todo lo que me daba, yo escapaba, cada vez con mayor frecuencia, con los amigos de la noche, en busca de placeres; marginalidad que trataba de esconder tras mentiras cada vez menos convincentes. Ella fue apagando su brillante mirada, tras los párpados caídos y su cabeza inclinada, cada ver que mi regreso tambaleante la acechaba.
Pasó el tiempo, la redondez de su vientre fertilizado desapareció tras la llegada de nuestro hijo.
Los silencios elocuentes cada vez que la cacheteaba sin un porqué al término de mis bacanales, fueron creando un abismo mayor, hasta que se esfumó de mi lado, tan silenciosamente como había permanecido, llevándose con ella al niño. En mi egoísmo, terminé por convencerme que no me amaba, que se había cansado y era una desagradecida!
Como una película de imágenes vertiginosas, mi vida pasaba en recuerdos hilvanados poco a poco. Tuve problemas en el trabajo, y terminaron por cancelarme el contrato, “solo” porque algunas veces llegaba más tarde de lo habitual; exagerada medida - conforme a mi criterio - pues no se tuvo en cuenta mis largos años en la empresa,
Empecé a malvender muebles de la casa, que no consideraba imprescindibles, para seguirme manteniendo. Había días en que me quedaba en la cama mirando hacia el techo, sin ganas de comer. Los amigos que encontraba accidentalmente rehuían de mi presencia, aunque siempre me daban unos pesos para que tuviese con que alimentarme. Hallaba en sus ojos tristeza, donde antes percibiese la admiración.
La mala suerte, parecía perseguirme. Cada momento sentía que la vorágine de las circunstancias me iba tragando. Una noche, me tiré en el revoltijo de sábanas y frazadas, casi inconsciente luego de haber gastado las últimas monedas en alcohol. Tenía una poco clara imagen de la expresión de aprensión del quiosquero cuando puso en una botella vacía, un resto de vino, pues no alcanzaba para más y la tapó con un corcho viejo…
No recuerdo cuanto tiempo pasó… abrí los ojos, y desde la cama, intenté alcanzar la botella. Estaba despierto, acuciado por el deseo, me dolía el estómago, la sed corroía por dentro. Miré mis manos, temblaban descontroladamente, sabía que debía beber un solo sorbo para que todo se calmara. Me estiré, tomé la botella sucia de tierra, quería destaparla. No tenía fuerzas para sacar el corcho, y una terrible ira se apoderó de mí. Golpeé el pico contra el piso hasta que se quebró. Lo llevé con avidez hacia la boca, y un dolor quemante surgió en mis labios. Sangre y vino, vino y sangre.
Asustado, estrellé la botella en la pared y quedé quieto mientras sentía deslizarse por la comisura el tibio líquido que provenía de mi cuerpo. Ese fue el momento en que enfrenté la realidad. Temblaba, aterrorizado por lo que me golpeaba como un mazazo! Tomé conciencia. Ese no era yo, era un títere que se había dejado tragar por las oscuras fuerzas de la tentación y había perdido todo… Necesitaba ayuda, aunque no sabía si alguien me la daría, estaba enfermo; enfermo de cuerpo y alma. Miré los restos de lo que fuera mi hogar. Mugre maloliente lo cubría todo, sillas caídas, ropas por doquier.
Me arrastré hasta el baño; el reflejo de un ser desconocido, barbudo, pelo enmarañado, ojos inyectados en sangre, miraba desde el espejo. El dolor quemante del estómago se agudizaba, pero no le hice caso. Abrí la ducha y me metí debajo. No sé que sucedió, necesitaba sentirme limpio. Me bañé, afeité, salí desnudo chorreando agua, limpie los restos miserables que me rodeaban. Lavé platos y saqué las sábanas de la cama. Era un fantasma, apenas la sombra del hombre que recordaba haber sido.
Tiraba papeles y diarios viejos, hasta que tropecé con un panfleto que alguien había olvidado quien sabe cuando en la mesa. Decía Alcohólicos Anónimos y una dirección. Miré el reloj de la cocina, que milagrosamente funcionaba aun. Faltaba media hora para el inicio de esa reunión… ¿Habría alguien que hubiese pasado por situaciones como la mía? ¿Me entenderían, o juzgarían y despreciarían por lo que había hecho? No lo sabía, pero debía terminar con esto, y no tenía donde más recurrir. Mis padres hacía muchos años que estaban muertos; a mi mujer y mi hijo los había perdido, los amigos se esfumaron por los resquicios de mis errores.
Me encaminé hacia el lugar indicado; temblaba de miedo y vergüenza. Cada paso que daba aguijones de dolor me acuchillaban en el vientre, y la sed seguía creciendo dentro de mí. La puerta estaba entreabierta, sillas de madera puestas en fila y una veintena de personas sentadas, de todas las edades y ambos sexos. Un hombre viejo les hablaba, cuando reparó en mi llegada. Caminó a mi encuentro, mientras tendía su mano y dijo: “bienvenido, hermano”.
Ha pasado más de un año. He aprendido que soy un enfermo… que debo saber vivir con mis miedos. He tropezado, caí, pero supe levantarme y continuar. Conocí seres con historias de vida peores que la mía y hoy son personas que apuestan al futuro. Ahora nuevamente trabajo, tengo un hogar humilde y decente.
En las mañanas no pienso en pasar todo el día sin beber, me enseñaron a ponerme pautas de: solo la próxima hora; y el día transcurre en la sucesión de horas con esa meta. Para darme fuerzas y no caer en la tentación rezo mentalmente la consigna que aprendí con mis nuevos amigos; los que comprendieron y supieron ponerme el hombro, porque también volvieron del infierno. La llaman “Oración de la Serenidad”, son palabras de San Francisco de Asís. “Señor, concédeme serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar; valor para cambiar aquellas que puedo y sabiduría para reconocer la diferencia.”
Esta noche se celebra la llegada del Año Nuevo. No estoy solo, siento el cálido abrazo fraterno de alguien que como yo es un enfermo, y convivimos con ello. Levanto mi copa para el brindis, tiene jugo de naranjas. Jamás algo fue tan dulce! Ha transcurrido una hora más; y aun estoy sobrio.


Magui Montero

NOTA: Imagen extraída de internet

miércoles, 13 de agosto de 2008

ELEGIA PARA UN SUICIDIO FRUSTRADO

A mi amigo John Médico Salcedo

Pensar… analizar y decidir…
Tanto tiempo erguida! Diferentes razones fisuraron la pétrea estampa que la gente veía, sin percibir que se trataba de una fachada creada a tal efecto; pero la obra teatral estaba llegando al final, la urdiembre que lograra tejer Silvia, ahora mostraba sus agujeros aquí y allá. Marcas de resentimiento silencioso, dolor, rencores escondidos y soledad habían hecho mella.
Del mismo modo, sabía, porque no era tonta, que existían hechos que estaba en condiciones de catalogar o juzgarlos como “sus triunfos”. Más bien eran pequeñas conquistas y satisfacciones personales, que quizás hubiesen pasado desapercibidas tanto para allegados como gente extraña, pero significaban nutrir el ego con la dosis necesaria de esa droga que alimenta la estupidez del orgullo humano, aunque personalmente, no se llamaba al engaño.
Luego de meditar la situación a la luz de una crisis por la que pasaba, decidió que su vida no era necesaria; poco y nada su presencia – o ausencia – modificaría o afectaría la vida de otros. Cada uno construía el propio camino como mejor lo consideraba, o como podía… quizás incluso, estaba en condiciones de solucionar muchos inconvenientes si simplemente se esfumaba de la vida terrenal, y por fin acabaría todo. No más problemas ni molestar a nadie. No demostrar a diario que era una mujer que trataba de hacer las cosas bien y honradamente; - o al menos nunca se enteraría de los comentarios mal intencionados y de las elucubraciones de aquellos que conseguían trepar sobre los restos del decente – estaba diciendo basta!! De la mejor forma que se le ocurría; si no podía ser feliz, al menos conseguiría que los que estaban detrás de si lo fueran, o eso era lo que intentaba…
Y lo decidió…, tranquila, muy tranquila después de largo tiempo. Escribió dos cartas, donde explicaba razones, dejaba paz sobre la conciencia de aquellos que le importaban. Se bañó y perfumó, eligió un lindo camisón, llevó las cápsulas y la botella de whisky con el vaso, que acomodó cuidadosamente en la mesa de luz.
Miró la hora, era demasiado temprano, alguien podría llamar o golpear la puerta y sospecharía que las cosas no estaban bien; mejor esperar el momento de dormir…
Encendió la computadora y puso música suave. María Marta Serra Lima le regalaba “A mi manera”, tema que le trajo recuerdos, pero los desechó de inmediato. Sin embargo las palabras también reflejaban su historia.
Finalmente, decidió curiosear en Internet, dejar que transcurrieran los minutos. Las caritas de los contactos estaban grisadas, dormidas, nadie conectado… y aun faltaba media hora para la medianoche. Estaba por apagarla cuando una de ellas se coloreó de anaranjado y sonrió…
A un lado del icono se leía “Andree - Deco” y se esforzó por recordar de quién se trataba. Buscó por un momento en su memoria. Era un tímido jovencito del Perú con el que conversaba algunos días, le gustaba jugar fútbol y estaba enamorado de una chica de Buenos Aires.
Cliqueó sobre la imagen y le dijo hola! De inmediato, él respondió y hablaron un rato: también estaba triste por algún motivo.
Cuando puso nuevamente los ojos sobre el reloj, marcaba las 00,30 a.m. y se despidió de Deco.
- Hasta mañana, amiga.
- Adiós Deco.
- ¿Cómo adiós?? No entrarás mañana?
- No, no entraré.
- Espera… que pasa?
- Nada, no sucede nada, adiós.
Silvia apagó la computadora, y se fue a la cama, sacó las píldoras del blister, y las ordenó prolijamente. Puso la bebida de ambarino color en el vaso, se sentó en la cama y apagó la luz. La luna daba un tenue color celeste a la habitación cubriéndola de paz, cuando tomó las primeras dos cápsulas y un sorbo de la bebida. Respiró hondo, tenía tiempo… lo iría haciendo poco a poco. Levantó otras dos cápsulas, cuando el sonido del teléfono la sobresaltó.
¿Qué sucedía? ¿quién podía ser? A esta hora solo la llamarían si hubiese algún problema… Levantó el tubo,…sonido de ocupado. Seguramente alguien se había equivocado de número; pero nuevamente sonó…
- Hola, quien habla?
- Soy yo, Deco. No lo hagas amiga!! Sé lo que estás intentando, te lo ruego no lo hagas!
La sorpresa la dejó callada un instante, mientras pensaba… como podía saber el número? ¿Cómo intuía lo que intentaba hacer? ¿Por qué se había comunicado con ella?
El muchacho no dejaba de hablar, decía que debía seguir adelante, que la vida era bonita y no importaba lo que tuviera que afrontar. Las palabras le salían a borbotones, trataba de calmarla y darle fuerzas. Conversaron durante muchos minutos, hasta que le arrancó una promesa…
- Quédate tranquilo, no lo haré. Mañana conversaremos. Gracias por tus palabras, yo también te quiero mucho, amigo…
Ha pasado el tiempo, Silvia sigue fluctuando entre buenos y malos instantes, pero este incidente le dejó una enseñanza…
Nadie está tan solo como para que no le importes a alguien, todos tienen momentos difíciles. La vida es un largo y escabroso sendero, pero siempre merece la pena transitarlo (*).
Si no quedan esperanzas, fe y sueños, igualmente hay motivos para seguir; aunque más no sea tenderle una mano al amigo, a ese que en algún instante puede estar dirigiéndose hacia el abismo; lugar del que ella pudo escapar, porque hubo quién la volviera al camino.

(*) “La vida tiene sentido y vale la pena siempre de ser vivida” Víctor E. Frankl
NOTA: La imagen que ilustra el cuento fue extraída de internet

Magui Montero

miércoles, 6 de agosto de 2008

ARRANCARSE EL CORAZÓN

Ya estaba hecho. Todos los momentos felices y los recuerdos bonitos, los había destruido en un solo instante que no duró más de veinte minutos.
Ahora estaba satisfecha. Se había arrancado el corazón de un solo tirón y en el lugar quedaba un cuenco vacío.
Rondaban en su cabeza los versos de aquel viejo tema “ódiame” que reflejaban palmariamente lo que su sensibilidad gritaba “…odio quiero más que indiferencia, porque el rencor hiere menos que el olvido.” Simplemente había precipitado los acontecimientos.
Pertenecían a mundos distintos, ciudades diferentes y el azar los reunió enlazando de forma extraña sus vidas. Desde que se enamoraron, se habían amado durante casi dos años y la distancia solo lograba acrecentar los sentimientos que tenía por ese hombre-niño. El amor los desbordaba en los pocos días en que podían encontrarse y cada separación significaba un nuevo suplicio para ambos. Luis fue el bálsamo que curara su maltrecho espíritu en los días más difíciles que le tocó atravesar. Tan dulce, protector; con algunos miedos, pero inmensamente maduro en la plenitud de su juventud.
Ella? Exactamente al revés; terca, orgullosa, aunque igualmente temerosa de lo que la obligada lejanía física, pudiese hacer con ese amor tan extraño y silencioso a causa de las trabas que imponía la diferencia de edad y una despiadada sociedad pueblerina.
El paso del tiempo hizo mella en la soledad de ambos, que habían luchado contra eso. Eliza se volvió absorbente y desconfiada. Luis era joven, su sangre corría demasiado rápido. Finalmente, el amor escapó tras una mujer cercana a él, que le brindaba calor y pasión en el instante que lo deseara, sin esperas ni postergaciones. Sin embargo, internamente necesitaba de su primer amor, como una droga a la que volvía una y otra vez.
La mujer madura lo supo; sin que le dijera una sola palabra, se dio cuenta del cambio. La experiencia que guardaba dentro de sí, le permitía obtener respuestas durante las conversaciones que seguían sosteniendo a través del teléfono, aunque él se obstinara en negarlo y ella se hiciera la desentendida.
Inicialmente Eliza lloró mucho, dolía profundamente; había jurado conservar ese amor, aunque para ello tuviera que esconderse, humillarse o perder su dignidad, pues lo amaba demasiado. Cuando estuvo al borde de la desesperación, en lugar de buscar refugio en sus fuertes brazos y aferrarse a él, optó por viajar muy lejos; necesitaba un poco de paz para aclarar sus pensamientos y tomar una decisión, sin la presión de los llamados telefónicos y la locura de ese sentimiento tan fuerte que rayaba en lo indecente, borrando en ella cualquier viso de decoro o mesura.
Pasó un largo mes… regresó y se encontró nuevamente con frases cálidas y afectuosas, con su requerimiento de siempre, pero ella ya estaba decidida. Trocó la dulzura por acíbar y se comunicó con Luis.
Las palabras duras, hirientes y ofensivas fueron su arma; sabía que él nunca hubiese esperado algo así, pues siempre la relación transcurrió sin problemas.
Quien hablaba no era la mujer que Luis conocía; la agresividad y el sarcasmo en las expresiones sorprendieron y lastimaron profundamente al joven. Optó por retirarse de la conversación anonadado, persuadido de que era distinta a lo que suponía,…había sido un iluso.
Terminado el diálogo, Eliza suspiró; lágrimas amargas surcaban el rostro; pudo lograr hacerlo. Luis la odiaría para siempre… pero construiría su futuro sin lastres; la pesada cadena del amor lejano no estaría poniendo dudas dentro suyo, porque rechazaría su recuerdo.
Eliza, que íntimamente lo quería solo para si, que lo amaba más que a la vida, renunciaba a ese Amor, para que él pudiese ser feliz.
Por propia elección, quedaría como un triste remedo de la mujer de Lot, convertida en estatua de sal; por haberse atrevido a volver la vista hacia donde no debía; por ansiar nutrirse de la juventud de Luis que la había llevado a beberse los vientos como una adolescente. Ahora debía pagar por su osadía; era el precio que la vida le cobraba a cambio de dos años de buen amor.
Cuando se sacó el corazón del pecho, Eliza vio con sorpresa que manaba lentamente, dorada y cristalina miel desde el lugar lacerado en su lado izquierdo. La dulzura de Luis había dejado su huella para siempre, aunque se quedara irremediablemente sola.
Aprendería a vivir así, alimentándose del maravilloso AMOR que permanecería endulzando con su recuerdo, la soledad definitiva de Eliza.

Magui Montero
NOTA: Imagen extraída de internet

domingo, 3 de agosto de 2008

Adios

Mordí tus labios jugosos,
con hambre desenfrenada,
y el deseo dejó impronta,
jalándome hacia la nada

Cada encuentro enloquecía,
cada cita desgarraba.
Tenías prohibido quererme
yo te enlodo y tú me manchas.

Me vestiste de ilusiones
y desnudaste mis ansias.
¡Qué fácil te fue tenerme
Que difícil fue tu marcha!

Magui Montero

lunes, 21 de julio de 2008

FUI UNA FIERA HASTA AYER

En homenaje a mis amigos, los que me dan diariamente lecciones de fraternidad y amor desinteresado.

Fui animal salvaje, y como tal herí y recibí desgarrones. Lastimé y me desgarraron; aunque a veces me enternecieron las caricias, de igual modo hice daño, porque esa era mi naturaleza bestial.
En otras oportunidades de nada sirvió mi ternura, pues me rasgaron la piel y sangré, pero las laceraciones van cicatrizando, aunque las marcas persistan…
Siempre estuve al acecho tratando de defenderme, cuando me sentí acorralada. Aun no sé como actuar, voy aprendiendo, cometo errores, pero trato de corregirlos, ir por el rumbo correcto; sigo desconfiando de todos, esperando agresiones, sin saber de donde vendrán; pero poco a poco me voy amansando, ya no tiro zarpazos, me contento con esperar. Aguardo, sé que en la cercanía o en la distancia hay caricias, ya no agresión.
Un animal herido es peligroso, eso lo reconozco. La paciencia y el afecto mientras sana, es importante; el cariño surge poco a poco, lentamente se transforma en un amor distinto, un sentimiento más profundo.
No hay mayor fidelidad que la del animal salvaje, hacia quien le brindó protección, lo curó y le enseñó a vivir diferente. No extraño el entorno selvático, aprendí a trocar brutalidad por un sentimiento menos excitante, pero mucho más intenso y duradero, la AMISTAD.
Doy las gracias a quienes son mis amigos y me enseñaron que es posible confiar.

Magui Montero

DESAMOR

Sangrando de dolor el alma desnuda
despechada corre el miedo en las mañanas
y camina susurrando quejas mudas
escondiendo lo que guarda en las entrañas.

Buscaba al despertarse cálidas sonrisas,
encontraba siempre miradas hurañas
¿acaso es desamor con su gélida brisa?
O ella fue culpable de ser tan extraña?

La vida pintaba, cual prado florido
colores brillantes, jolgorio y canciones,
ahora trocó a gris y desvaído
quizás son los años, quizá otras razones.

Observó su rostro, y está distraído
¿Qué quedó del joven de mirada ardiente,
por el cual cien veces se hubiese perdido?
¿Qué fue de sus besos, su aliento candente?

Tan solo conversa, cuando tiene ganas,
un beso obligado que le da en la cama…
Por noches enteras, lo abrazó aterrada,
tratando volviese a brotar la flama.

No es cuestión de sexo, ni emociones fuertes
solo ansiaba al hombre que fue su elegido
ese que aun comparte su vida y su suerte,
aquel que fue amor, y ahora es enemigo.


Magui Montero

martes, 15 de julio de 2008

EXQUISITA LUJURIA

Los susurros estremecen la piel afiebrada
y roces de labios hambrientos
discurren palabras calladas.

Cuerpos enlazados en vital abrazo
reniegan del candor, ensalzan la lujuria
con sonidos guturales y gemidos ahogados.

En el fragor de la batalla diastólica
la espada presta, busca carne ansiada,
torbellino sublime de golpes y estocadas,
revoltijo incomprensible de piernas enredadas
suspiros y caricias largo tiempo anheladas.

Acompasado galope erótico marcan
los senos rotundos como tambores vibrantes
una mujer liberada sacude cabellos al viento,
amazona nocturna ebria de amor y deseo
cabalgando el potro loco de la ilusión y los sueños.

Magui Montero

lunes, 14 de julio de 2008

CELOS

Ramiro estaba con los labios apretados, los surcos de sus mejillas semejaban dos paréntesis circundando la boca, los ojos se habían convertido en dos ranuras pero aun así se podía notar el brillo afiebrado de la mirada.
Dorita, había renunciado a todo lo que significaba ataduras de su vida anterior. Dejó el pueblo y la familia para irse con él; las comodidades que le permitieran sus buenos ingresos, los había trocado por el amor a lado de ese hombre, que tenía un humilde empleo. Les alcanzaba para vivir con lo imprescindible; a ella no le importaba, no se quejaba, era feliz.
Ramiro veía la aflicción reflejada en el rostro de su amada desde hacía un tiempo; cuando servía la comida o conversaban, escondía la cara y evitaba mirarlo.
Los feroces celos se fueron clavando cual espinas dolorosas en lo profundo del joven, más aun pensando que todas las noches la dejaba sola para ir a trabajar como sereno de una empresa. Imaginaba que quizás hubiese conocido a otro; tal vez cansada de esa vida simple, habríase reencontrado con los amigos de antes, cuando no le faltaba nada.
Cansado de hacer conjeturas, un día pidió permiso, alegando dolor de estómago y regresó rumbo a la humilde casita que compartía con Dora. No llegó, quedó en la esquina esperando; algo le decía que esa noche sabría la verdad.
Pasó más de media hora, ya estaba por abandonar su idea, cuando la vio salir con un abrigo impermeable negro; la capucha le cubría el cabello ensortijado, alcanzó a distinguir los jeans y las zapatillas blancas, llevaba un paquete que apretaba en los brazos.
Estaba lloviznando, el empedrado sacaba ecos mortecinos del rápido andar. Ramiro trataba de mantenerse a la distancia, pero sin perderla de vista. Quizás iba a encontrarse con un amante y llevase ese hermoso conjunto de encaje que guardaba para las noches que él descansaba y ella se convertía en una gata sensual. Tal vez otro hombre tocaría esa suave piel y despertara su ardiente temperamento como cuando estaban juntos.
A medida que transcurrían los minutos, mientras la seguía, la rabia fue encegueciéndolo. Dora giró repentinamente en una calleja angosta, su andar fue haciéndose más lento, mientras Ramiro apresuraba el paso hasta alcanzarla justo cuando posaba la mano en un picaporte.
Allí debía estar ese maldito hombre con quien su mujer se revolcaba cada vez que iba a trabajar para traer el jornal!! Sin pensarlo dos veces, sacó el cortaplumas que llevaba apretado dentro del bolsillo, la llamó y alcanzó a ver la mirada sorprendida. Dora abrió la boca para decir algo, pero las palabras fueron ahogadas por un borbotón de sangre, cuando hundió el arma en su pecho.
Ahora acabaría también con ese ricachón que seguramente la estaba esperando!
Abrió la puerta, y encontró una mujer sentada hamacándose con las piernas cubiertas con una frazada. Rosa le sonrió, el fuego de la chimenea marcaba más aun las ojeras oscuras.
– Hola Ramiro – dijo – te conozco porque Dorita me mostró una fotografía donde estaban juntos. ¿Por qué no vino mi ahijada? ¿Acaso se enfermó?
Ramiro sintió que algo le oprimía el pecho, giró la cabeza y miró hacia la puerta entreabierta. Las zapatillas blancas se veían nítidamente con la luz de la calle, destacando los lunares carmesíes de la sangre que las manchaba. La muerte se reía a carcajadas de sus celos infundados.
Magui Montero

jueves, 3 de julio de 2008

LA CASA DE NERUDA (II)

Partí rumbo a la última etapa de mi viaje. Había escuchado tantas cosas de Isla Negra!! El amanecer me encontró caminando por las calles silenciosas rumbo a la Terminal de Valparaíso. El viento de la madrugada fría castigaba mi rostro con su hálito marino, mientras la tenue luz rosada del alba pintaba los cerros de claroscuros.
Me arrellané con la nariz pegada al vidrio, tratando de percibir el paisaje que apenas podía divisar, a través del cristal empañado; pero aun las sombras estaban espesas. Sentí la tibieza de unas manos amigas en las mías, infundiéndome parte de su calor y confianza, pero aun así, temblaba…
La emotividad de los últimos días era demasiado perceptible, trataba de mantener la mesura para no ser catalogada de demente. Cada pequeñez que sucedía hacía brotar mis lágrimas, para sorpresa de las personas que me rodeaban. Nadie podía saber lo que por dentro bullía y dolía como una herida quemante. La percepción de sentimientos de tal intensidad me había golpeado íntimamente.
El panorama que observaba, comenzó a definirse a medida que corría el tiempo. El sol tintaba las suaves colinas a los lados de la carretera de un intenso color verde, pero a medida que la luz crecía y el vehículo avanzaba; iba desapareciendo, dando lugar a vegetación más agreste, jalonada de manchones marrones y grises de piedra. A la distancia o en algún recodo, de pronto, el mar se anunciaba y volvía a esconderse. Los pueblos se sucedían, aumentando mi ansiedad, con el trayecto.
Al fin escucho las ansiadas palabras: “próxima parada: Isla Negra”, y nuevamente el golpeteo ya conocido del corazón pugnando por salir del pecho… me acercaba paso a paso a la casa de Neruda.
Era un pequeño poblado, de casas bajas y humildes, que se extendía a ambos lados de la carretera, dividiendo lo que eran suaves colinas de pastizales duros, del pronunciado declive que llevaba a la costa. Callecitas de tierra, algunas posadas, ventas de artesanías y cafeterías, anunciaban que ese lugar estaba cambiando sus costumbres ancestrales de vivir de la pesca por el beneficio que dejaban los turistas, quienes en reducidos grupos, caminaban curioseando y tratando de registrar todo con sus cámaras.
Mi joven y silencioso compañero, disfrutaba escuchando los comentarios propios de una extranjera que ignoraba los hábitos y las palabras usuales de la zona; soltando una carcajada, cuando decía algo inconveniente o de dudoso significado para los habitantes chilenos.
Me tomó la mano, mientras con el otro brazo extendido señaló un cartel que indicaba el camino. La calle bajaba custodiada por grandes árboles y minúsculos jardines cubiertos de flores; para mi asombro éstas brotaban aquí y allá abigarradas, entre macizas rocas en un bello desorden que parecía el capricho de un loco pintor. Una cerca de madera, puso fin a nuestra caminata.
El limitado jardín con algunas esculturas e indicaciones para el turismo, me puso casi en alerta, Un amplio vestíbulo de madera, piso cerámico, chimenea, restaurante, agencia de turismo, venta de recuerdos. ¿Dónde estaba? ¿Qué habían hecho? Quedé silenciosa, miraba alrededor, con un creciente malhumor, hasta que se acercó un guía y explicó… La casa de Neruda, estaba un poco más atrás. Se podía ir en grupos de no más de diez personas, respetar las indicaciones y no sacar fotografías. Recién ahí suspiré aliviada… Nadie había roto la magia que el poeta creara en su entorno.
Y fuimos entrando en su mundo; la sala apenas dejaba lugar para estar de pie. Alrededor de una gran chimenea rodeada de cómodos sillones y poltronas, se apiñaban los mascarones de proa de diferentes barcos. Bellas mujeres de cabellos al viento, angelicales criaturas de brazos extendidos que antiguamente se sumergieran en mares lejanos, hoy estaban custodiando esa sala, formando parte de los caprichos del hombre que quiso tener el mar dentro de su hogar.
Pasábamos de una a otra habitación sin poder definir si era el interior de un barco o de una casa, las puertas pequeñas, los corredores angostos y de piso a techo, cientos y cientos de cosas recogidas en sus viajes. Caracolas, máscaras indígenas, tallas de madera y piedra, instrumentos de música, pipas, etiquetas, chapas con grabados antiguos. Llegamos a una sala más alta que el resto de la casa, y para mi sorpresa, me encontré frente a un inmenso caballo de madera, con su montura y brida, listo para ser montado; una muestra más del buen humor y las bromas que el artista se acostumbraba a hacer con sus compañeros de andadas.
El comedor tenía dos de sus paredes, íntegramente transparentes, hacia un lado se veía el jardín y los setos con flores, hacia el otro el mar. La casa daba el aspecto de haber sido construida de a pedazos, pero llevaba su marca, gritaba la personalidad del antiguo dueño.
Una habitación grande, decorada, como si fuera fonda marinera, con mesas y sillas, mostrador, bebidas y propagandas, daba también hacia la costa. Allí recibía a sus amigos, tomaban grandes cantidades de alcohol y luego… se subían a la barcaza que nunca navegaba, colocada a tal propósito frente al mar, cantaban y solía decir que la marea los mecía según el alcohol que bebían.
Giros y contra giros, escaleras que subían y bajaban, ¿Desde adentro?? Madera lustrada y barniz. ¿Desde afuera? celeste y blanco los colores del mar y la espuma que coronaba las olas; pero también piedras formaban la torre, donde el dormitorio parecía estar flotando en la brisa, en una réplica de todo lo que era propio del lugar. Esa casa respiraba alegría, el sol se colaba por los vidrios, y casi se podían escuchar las risas.
Finalmente salimos al jardín trasero; pude comprobar que la casa estaba en la parte alta de la costa. Desde allí se podía bajar hasta la playa, unos veinte metros más abajo, donde el agua de un turquesa profundo rompía con fuerza contra las rocas en rugidos rabiosos de espuma.
A pocos pasos, se extendía una terraza que daba al océano; en el medio un mástil, los bordes rodeados de cadenas, todo construido en piedra sacada de ahí mismo. Simulaba la proa de un barco, en actitud de navegar hacia el infinito. En el centro, un rectángulo de tierra cubierta de flores y la placa de mármol negro. Allí descansaba, con su amada Matilde, la última esposa y compañera final. Él mismo pidió que estuvieran juntos en ese viaje a la eternidad.
Contemplé la belleza bravía del Pacífico, que se extendía a mis pies; temblaba y las lágrimas caían entremezclándose con el agua que salpicaba mi rostro. Sin haber siquiera intentado, ese peculiar hombre, extraordinario hasta en su patriotismo, a quien solo conociera por sus escritos, me estaba indicando el camino. Sentí la calidez de un abrazo protector que cubría mis espaldas, del frío intenso de la tarde.
El regreso a mi patria sería duro, debía colocarme nuevamente la máscara de férrea voluntad, hacer lo que el destino había marcado. ¿Volar? Solo con la mente y el corazón. No tratar de hacer realidad lo que los sueños me gritaban; pero a cambio, podría darle alas a quienes aún tenían fuerzas y juventud para hacerlo por mi; para concretar lo que yo había ansiado siempre… Volar en busca de un mañana en libertad.
Magui Montero

Nota: Fotografía tomada en la parte trasera de la Casa de Isla Negra, donde se encuentra la tumba del poeta.
Relato dedicado a Luis Gallardo Cortéz.

Amo el mar

Amo el mar
fotografía tomada en la costa de Chile por Luis A. Gallardo Cortéz.