Algunas veces pienso...

Algunas veces pienso...
Fotografía tomada por Gustavo L. Tarchini

sábado, 16 de agosto de 2008

VOLVER DEL INFIERNO

Dedicado a todos los que luchan por salir de su propio infierno.
Es el momento de hacer una evaluación. Sí, como cada etapa, cuando está cerrando el ciclo del año viejo. Lo que pensaba, iba más allá de lo que podía analizar en cada período que transcurría.
Estaba decidido a desenterrar recuerdos tristes, que venían de antaño; desde la adolescencia. Un período mágico para muchos, aunque en mi caso había significado el inicio de la destrucción. Asados con los compañeros de escuela, salidas a bailar a los lugares de moda, todo parecía esplendoroso!! La fama, de chico “piola”, del que aguantaba un montón tomando alcohol, el que nunca se mareaba, jamás pasaba papelones de quedarse dormido o vomitar, como muchos amigos. Sabía comportarme, y parecía más maduro…
No negaré que veía aflicción en la cara de mis padres, cuando regresaba oliendo a vino o quien sabe que otra mezcla que me permitía ingerir. Las palabras repetidas, recomendaciones y hasta amenazas veladas, se reiteraban. Yo sonreía con suficiencia. Por supuesto!! Todavía tenían creencias de la enseñanza antigua, pero me sabía lo suficientemente adulto para controlarme.
Entré a trabajar en una fábrica, donde conocí a la mujer de la que me enamoré. Hermosa, dulce, con trinos de pájaro en la voz; sin embargo, y a pesar de todo lo que me daba, yo escapaba, cada vez con mayor frecuencia, con los amigos de la noche, en busca de placeres; marginalidad que trataba de esconder tras mentiras cada vez menos convincentes. Ella fue apagando su brillante mirada, tras los párpados caídos y su cabeza inclinada, cada ver que mi regreso tambaleante la acechaba.
Pasó el tiempo, la redondez de su vientre fertilizado desapareció tras la llegada de nuestro hijo.
Los silencios elocuentes cada vez que la cacheteaba sin un porqué al término de mis bacanales, fueron creando un abismo mayor, hasta que se esfumó de mi lado, tan silenciosamente como había permanecido, llevándose con ella al niño. En mi egoísmo, terminé por convencerme que no me amaba, que se había cansado y era una desagradecida!
Como una película de imágenes vertiginosas, mi vida pasaba en recuerdos hilvanados poco a poco. Tuve problemas en el trabajo, y terminaron por cancelarme el contrato, “solo” porque algunas veces llegaba más tarde de lo habitual; exagerada medida - conforme a mi criterio - pues no se tuvo en cuenta mis largos años en la empresa,
Empecé a malvender muebles de la casa, que no consideraba imprescindibles, para seguirme manteniendo. Había días en que me quedaba en la cama mirando hacia el techo, sin ganas de comer. Los amigos que encontraba accidentalmente rehuían de mi presencia, aunque siempre me daban unos pesos para que tuviese con que alimentarme. Hallaba en sus ojos tristeza, donde antes percibiese la admiración.
La mala suerte, parecía perseguirme. Cada momento sentía que la vorágine de las circunstancias me iba tragando. Una noche, me tiré en el revoltijo de sábanas y frazadas, casi inconsciente luego de haber gastado las últimas monedas en alcohol. Tenía una poco clara imagen de la expresión de aprensión del quiosquero cuando puso en una botella vacía, un resto de vino, pues no alcanzaba para más y la tapó con un corcho viejo…
No recuerdo cuanto tiempo pasó… abrí los ojos, y desde la cama, intenté alcanzar la botella. Estaba despierto, acuciado por el deseo, me dolía el estómago, la sed corroía por dentro. Miré mis manos, temblaban descontroladamente, sabía que debía beber un solo sorbo para que todo se calmara. Me estiré, tomé la botella sucia de tierra, quería destaparla. No tenía fuerzas para sacar el corcho, y una terrible ira se apoderó de mí. Golpeé el pico contra el piso hasta que se quebró. Lo llevé con avidez hacia la boca, y un dolor quemante surgió en mis labios. Sangre y vino, vino y sangre.
Asustado, estrellé la botella en la pared y quedé quieto mientras sentía deslizarse por la comisura el tibio líquido que provenía de mi cuerpo. Ese fue el momento en que enfrenté la realidad. Temblaba, aterrorizado por lo que me golpeaba como un mazazo! Tomé conciencia. Ese no era yo, era un títere que se había dejado tragar por las oscuras fuerzas de la tentación y había perdido todo… Necesitaba ayuda, aunque no sabía si alguien me la daría, estaba enfermo; enfermo de cuerpo y alma. Miré los restos de lo que fuera mi hogar. Mugre maloliente lo cubría todo, sillas caídas, ropas por doquier.
Me arrastré hasta el baño; el reflejo de un ser desconocido, barbudo, pelo enmarañado, ojos inyectados en sangre, miraba desde el espejo. El dolor quemante del estómago se agudizaba, pero no le hice caso. Abrí la ducha y me metí debajo. No sé que sucedió, necesitaba sentirme limpio. Me bañé, afeité, salí desnudo chorreando agua, limpie los restos miserables que me rodeaban. Lavé platos y saqué las sábanas de la cama. Era un fantasma, apenas la sombra del hombre que recordaba haber sido.
Tiraba papeles y diarios viejos, hasta que tropecé con un panfleto que alguien había olvidado quien sabe cuando en la mesa. Decía Alcohólicos Anónimos y una dirección. Miré el reloj de la cocina, que milagrosamente funcionaba aun. Faltaba media hora para el inicio de esa reunión… ¿Habría alguien que hubiese pasado por situaciones como la mía? ¿Me entenderían, o juzgarían y despreciarían por lo que había hecho? No lo sabía, pero debía terminar con esto, y no tenía donde más recurrir. Mis padres hacía muchos años que estaban muertos; a mi mujer y mi hijo los había perdido, los amigos se esfumaron por los resquicios de mis errores.
Me encaminé hacia el lugar indicado; temblaba de miedo y vergüenza. Cada paso que daba aguijones de dolor me acuchillaban en el vientre, y la sed seguía creciendo dentro de mí. La puerta estaba entreabierta, sillas de madera puestas en fila y una veintena de personas sentadas, de todas las edades y ambos sexos. Un hombre viejo les hablaba, cuando reparó en mi llegada. Caminó a mi encuentro, mientras tendía su mano y dijo: “bienvenido, hermano”.
Ha pasado más de un año. He aprendido que soy un enfermo… que debo saber vivir con mis miedos. He tropezado, caí, pero supe levantarme y continuar. Conocí seres con historias de vida peores que la mía y hoy son personas que apuestan al futuro. Ahora nuevamente trabajo, tengo un hogar humilde y decente.
En las mañanas no pienso en pasar todo el día sin beber, me enseñaron a ponerme pautas de: solo la próxima hora; y el día transcurre en la sucesión de horas con esa meta. Para darme fuerzas y no caer en la tentación rezo mentalmente la consigna que aprendí con mis nuevos amigos; los que comprendieron y supieron ponerme el hombro, porque también volvieron del infierno. La llaman “Oración de la Serenidad”, son palabras de San Francisco de Asís. “Señor, concédeme serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar; valor para cambiar aquellas que puedo y sabiduría para reconocer la diferencia.”
Esta noche se celebra la llegada del Año Nuevo. No estoy solo, siento el cálido abrazo fraterno de alguien que como yo es un enfermo, y convivimos con ello. Levanto mi copa para el brindis, tiene jugo de naranjas. Jamás algo fue tan dulce! Ha transcurrido una hora más; y aun estoy sobrio.


Magui Montero

NOTA: Imagen extraída de internet

3 comentarios:

Maxy dijo...

Ella fue apagando su brillante mirada, tras los párpados caídos y su cabeza inclinada, cada vez que mi regreso tambaleante la acechaba.

genial, no tiene nada que ver con el resto del texto ni con la intención ni el mensaje.
esa parte ha rozado la esfera de mis casualidades.
Linda historia, Lindo mensaje.
Saludos

Magui Montero dijo...

Muchas gracias Maxi. No creo que sea genial, es quizás la costumbre de observar las circunstancias comunes a muchísimos seres humanos y transcribirlas.
Un abrazo grandote.
Magui

helen-rossi dijo...

Genial. muy triste, pero para mucha gente esa es su realidad. Cada uno lleva el peso de su propio infierno a la espalda. Infinitas historias, infiernos y dolores. Esa es la realidad, maravillosamente contada por ti.

un beso

Amo el mar

Amo el mar
fotografía tomada en la costa de Chile por Luis A. Gallardo Cortéz.